Mientras la buseta avanzaba traqueteando por las calles de regreso a casa, yo iba completamente perdida en mis pensamientos, reviviendo una y otra vez cada segundo de lo que acababa de pasar. A pesar de haber sido un beso simple, un roce de labios pequeño, se sentía cargado de una provocación inmensa. De repente, mi mente comenzó a volar imaginando escenarios más intensos: ¿qué tal si no se hubiera limitado a un besito? Me atrapé fantaseando con un beso mucho más profundo, de esos donde se atrapan los labios con fuerza, donde hay pequeñas mordidas y un juego apasionado de lenguas que nos encendiera por completo. Pensar en esa posibilidad hizo que una ola de calor me recorriera el cuerpo por unos instantes, dejándome embriagada de deseo.
—¡Parada final, bajamos todos! —anunció de pronto la voz del chófer, rompiendo de golpe mi burbuja mental.
Parpadeé desconcertada al ver que las demás personas empezaban a levantarse. Estaba en la última parada. Salí rápidamente de mis pensamientos, tomé el cochecito con el bebé y bajé de la buseta para caminar el último tramo hasta la casa.
Al llegar, la rutina me arropó de inmediato: lo primero que hice fue quitarle la ropita al bebé, prepararlo para descansar y apurar la cena. Con el silencio ya instalado en la casa, me senté un momento a respirar y decidí revisar el celular.
En la pantalla brillaban varios mensajes de Gerardo que habían llegado hacía más o menos una hora. Los abrió curiosa: preguntaba si ya habíamos llegado bien, cómo nos había ido en el camino y, para cerrar, un último mensaje que decía: "Por cierto, ese beso estuvo muy divino".
Al leerlo, sentí que una punzada de emoción me sacudía el pecho. A pesar de haber sido cortito, me había dejado completamente flechada. Aunque sentía algo de pena, no pude evitar responderle a pesar de que ya marcaba desconectado:
—Hola, perdón por no escribir antes, es que llegamos directo a cambiarnos, acomodarnos y cenar. Ya estamos bien y listos para descansar. Y sobre lo último... tienes toda la razón, el beso estuvo superdivino, aunque qué lástima que fue tan corto. ¡Me dio pena y todo! —le tecleé con una sonrisa inevitable en los labios.
Dejé el teléfono a un lado, apagué las luces y me dirigí directo a la cama para acurrucarme junto a mi bebé y dormir, con la imagen de Gerardo y el eco de ese beso rondándome la cabeza.
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