Aquel beso fugaz en la puerta de la plaza terminó siendo, sin que yo lo supiera en ese momento, el detonante de una nueva etapa en mi vida. Después de meses de soledad, de afrontar el final de mi relación con el padre de mi hijo, de un embarazo en solitario y de dedicarme por completo a la maternidad durante casi un año sin saber de intimidad ni de hombres, ese roce de labios con Gerardo rompió el hielo que me había envuelto por tanto tiempo.
Los meses siguientes pasaron volando, y con ellos, la dinámica entre Gerardo y yo cambió por completo. Los chats se volvieron cada vez más frecuentes, pero sobre todo, mucho más intensos, cargados de una complicidad y una intimidad verbal que rozaba el peligro. Cada conversación era una chispa que nos iba quemando por dentro.
El punto de inflexión llegó en pleno mes de mayo. En uno de esos días en los que la tensión acumulada ya no cabía en una pantalla de teléfono, dimos el paso definitivo: nos atrevimos a cruzar la línea y empezamos formalmente una relación clandestina.
Para mí, dar ese salto no fue nada fácil. Estaba aterrorizada, con los nervios a flor de piel y el miedo respirándome en la nuca. Por un lado, pesaba el hecho de que él era un hombre casado y lo arriesgábamos todo; por el por otro, estaba mi propia vulnerabilidad, con casi un año de abstinencia y temiendo no estar a la altura o dejarme llevar demasiado por un fuego que sabía que podía consumirnos a los dos. Pero el deseo, la conexión y las ganas acumuladas pudieron más que el miedo, marcando el inicio de nuestro secreto mejor guardado.
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