La mañana comenzó con el zumbido constante del teléfono. Eran pasadas las siete y media, y el ambiente en la casa ya estaba en movimiento. Para poder salir sin el bebé y tener el camino libre, había recurrido a una vieja confiable: le inventé a mi mamá que tenía que ir a hacer una diligencia urgente para entregar unos papeles y postularme a una oferta de trabajo. Como era de esperarse, ella aceptó cuidarme al niño sin dudarlo un segundo.
Con la excusa montada y el corazón latiéndome a mil por hora, saqué el celular para ultimar los detalles con Gerardo a través de los mensajes.
—Buenos días... dime una cosa, ¿dónde nos vamos a ver hoy? —le escribí de entrada, sintiendo los nervios apretándome el pecho.
La respuesta de Gerardo no tardó ni un minuto en llegar, directa y precisa:
—Buenos días, hermosa. Mira, acércate hasta la Plaza de las Palomas, la que queda cerquita de Playa Mac. Pásate por ahí pasadas las 8:00 a.m. y te espero.
—Entendido, llego para allá en un rato —le contesté de vuelta.
—Perfecto. Cuando llegues a la plaza nos vemos ahí mismo, y de una vez caminamos unos metros más para entrar de una buena vez al hotel. Te espero sin falta.
Al leer la palabra "hotel", un escalofrío helado y caliente a la vez me recorrió la columna vertebral. El momento por fin había llegado. Apagué la pantalla, respiré hondo para calmar el temblor de mis manos, terminé de arreglarme y salí de casa rumbo al encuentro que iba a cambiarlo todo.
Mientras caminaba las cuadras que me separaban de la Plaza de las Palomas, los nervios me carcomían por dentro de una manera insoportable. No era solo la adrenalina de estar a punto de cruzar la línea con un hombre casado; el verdadero terror venía de mis propias inseguridades.
A medida que me acercaba, mi mente empezó a jugarme en contra y los pensamientos negativos me invadieron. Me miraba mentalmente y sentía que mi cuerpo ya no era el mismo desde el embarazo. Me sentía sumamente flaca y demacrada debido a las desveladas, los malos hábitos de alimentación y las idas y venidas con la comida. Mi abdomen y mis glúteos estaban marcados por nuevas estrías, y mis pechos, aunque habían aumentado de tamaño por la lactancia, habían perdido su firmeza y se veían algo caídos y cansados por la fuerza con la que mi bebé los tironeaba todos los días.
Me comparaba con él y me sentía poca cosa. Gerardo me parecía un hombre sumamente atractivo, guapo, con una presencia imponente y precioso, mientras que yo sentía que no estaba a su altura. Me invadía una pena terrible y una vergüenza profunda de pensar que, al desvestirme, él pudiera verme con decepción o llegar a rechazarme por cómo había quedado mi físico.
Sin embargo, en medio de ese torbellino de complejos, mi memoria me trajo de vuelta las palabras que él me había repetido en varias ocasiones a través de los chats: me había jurado que eso no le importaba, que él no me estaba buscando por un cuerpo perfecto ni por estereotipos, sino porque le encantaba mi personalidad, mi forma de ser y todo lo que yo le hacía sentir.
Agarré aire con fuerza, intentando calmar el nudo que tenía en la garganta y convenciéndome de que, para bien o para mal, ya no había marcha atrás.
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