La Amante.

Capitulo 19.

Llegué a la Plaza de las Palomas sintiendo que el corazón me iba a estallar en el pecho de tantos nervios. Apenas unos segundos después de estar allí buscando con la mirada, lo vi aparecer a lo lejos, caminando seguro y con esa presencia que siempre lograba desequilibrarme.

​Cuando estuvo frente a mí, me regaló una sonrisa cómplice y me saludó de manera muy calmada:

​—Hola, hermosa... ¿llegaste hace mucho? —me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel.

​—No, acabo de llegar ahorita mismo —le respondí intentando disimular el temblor en mi voz.

​Sin perder más tiempo y manteniendo una distancia prudente para no llamar la atención, empezamos a caminar los pocos metros que nos separaban de la calle principal, dirigiéndonos directamente hacia la entrada del hotel que estaba a la vuelta de la esquina.

​Al cruzar la puerta del establecimiento, el ambiente cambió por completo: se sintió una penumbra discreta y un silencio de pasillo que aumentó de golpe mis inseguridades. Gerardo se acercó con total soltura al mostrador donde estaba el encargado. Intercambiaron un par de palabras rápidas y él procedió a cancelar la habitación.

​En cuestión de segundos, el encargado le entregó la llave de la habitación, un juego de toallas limpias, el control remoto para la televisión y un par de jaboncitos pequeños envueltos en plástico. Tomando todo con discreción, Gerardo me hizo una seña con la cabeza y nos dispusimos a subir las escaleras que nos llevarían directo al cuarto, listos para adentrarnos por fin en nuestro propio mundo.

Abrí la puerta de la habitación y el cerrojo se pasó detrás de nosotros. Gerardo llevaba una pequeña bolsa en la mano con unas empanadas que había comprado antes de llegar. Como ninguno de los dos había desayunado, nos sentamos en el borde de la cama a comer algo rápido para calmar el estómago. Pero mi apetito era mínimo; los nervios me tenían el nudo en la garganta apretado al máximo. Estar entre esas cuatro paredes me hacía sentir una vulnerabilidad enorme, sabiendo lo que venía y sintiendo que las inseguridades con mi cuerpo volvían a atacarme.

​...

​Prendimos la televisión para disimular la tensión, pero la pantalla apagada hubiera dado lo mismo. A los pocos minutos, Gerardo se acostó a mi lado y me rodeó con su brazo para romper el hielo por completo. Se inclinó y comenzó a besarme; ya no eran besos simples, esta vez venían cargados de una pasión reprimida y una lujuria que teñía el aire de la habitación. Sus manos comenzaron a recorrer mi espalda con soltura y, con una delicadeza increíble, tomó mi pierna y la montó sobre la suya, pegando mi cuerpo al suyo. Sentir su calor me encendió al instante; una corriente caliente empezó a recorrerme desde los pies hasta la cabeza con cada roce. Mi excitación aumentó al ritmo de su respiración y, a pesar de la vergüenza que aún me rondaba, me dejé llevar por el deseo.

​Nos sentamos un momento sobre el colchón. Con manos decididas pero suaves, Gerardo me quitó la franela. Luego comenzó a desvestirse él: se sacó la camisa, la camiseta y el pantalón. Sentada frente a él, no pude evitar deleitarme detallando cada movimiento de sus brazos, su torso y su piel. Quedó únicamente en bóxer y, sin esperar más, se impulsó hacia adelante y cayó encima de mí para volver a besarme.

​Sentir su peso me tensó un poco por la timidez de tenerme al descubierto, pero él lo notó al instante. Para aflojarme, empezó a hacerme cosquillas por los costados. Me eché a reír a carcajadas, tratando de zafarme entre risas y juegos, pero cada toque de sus dedos sobre mi piel desnuda rápidamente dejaba de ser un juego para volverse una caricia caliente e intensa que me aceleraba el pulso.

​En medio de esa atmósfera cargada de calor y suspiros, Gerardo se acomodó a mi lado, mirándome directo a los ojos con la respiración entrecortada.

​—Hazme lo que te pedí en los mensajes... —me susurró al oído.



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En el texto hay: engano, lujuria, amor.

Editado: 21.08.2026

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