Aunque la vergüenza amenazó con frenarme por un segundo, la calentura y el deseo acumulado por tantos meses fueron más fuertes. Con el corazón en la garganta y las manos temblorosas, me deslicé despacio por la cama para complacerlo.
A pesar de que al principio sentía un poco de pena e incomodidad, los nervios se evaporaron en cuanto me dejé llevar por el fuego del momento. Me acerqué a él y comencé a hacerle el oral, sintiendo el sabor y la textura mientras Gerardo me devolvía la atención con un oral simultáneo hacia mí. La habitación entera se llenó de jadeos, de una lujuria desbordante y de una urgencia que no nos daba tregua.
Estábamos tan calientes y excitados que bastaron pocos minutos para que la tensión estallara. Gerardo fue el primero en llegar al clímax, acabando dentro de mi boca, mientras que yo, atrapada en las embestidas de su placer sobre mí, también alcancé el orgasmo casi al mismo tiempo.
Nos apartamos un momento para recuperar el aliento. Cuando Gerardo me miró a la cara, se dio cuenta de que en la comisura de mis labios había quedado una pequeña gota de su líquido blanco. Al verla, se le ensanchó una sonrisa cargada de un morbo intenso y de un deseo voraz que le pedía más. Sin embargo, decidimos levantarnos para ir al baño a asearnos: él lavó su miembro y yo me enjuagué la cara y las manos.
Al volver a la habitación, nos acostamos en la cama, pero la calma duró apenas un par de minutos. El cuerpo nos pedía más. Gerardo me atrajo hacia él con fuerza y me dio un beso hambriento, cargado de un deseo que ya no se guardaba nada.
Ese beso encendió de inmediato la mecha. La calentura volvió a recorrerme desde los pies hasta la cabeza, haciendo que cada rincón de mi piel ardiera con sus caricias. Gerardo se montó encima de mí y comenzó a besarme por todo el cuerpo, sembrando pequeños chupetones cálidos por la piel sin llegar a marcarme, mientras su respiración se volvía cada vez más agitada.
De repente, buscando en medio de sus cosas, Gerardo sacó un preservativo de mi bolso, lo abrió con los dientes y se lo colocó con rapidez.
Se acomodó entre mis piernas y comenzó a introducir su miembro en mi cuerpo de forma lenta y muy delicada, cuidando de que no me doliera tras tanto tiempo de pausa. Con cada centímetro que entraba, la fricción y el calor aumentaban, y mis manos se aferraban a su espalda. Cuando sentí que estaba por fin completamente dentro de mí, un gemido de puro placer se me escapó de los labios.
Empezó a entrar y salir con un ritmo constante, mientras con una mano acariciaba mi piel y con los dedos de la otra comenzaba a masajearme el clítoris con una suavidad extrema. La combinación de sus caricias, el ardor delicioso en mis partes íntimas y sus embestidas hicieron que la excitación me nublara la razón. Era lo más divino que había sentido en mucho tiempo.
Los gemidos llenaban el espacio entre besos intensos y caricias desesperadas. Nos movíamos al unísono, alimentando el fuego hasta que el punto máximo nos alcanzó a los dos de golpe, haciéndonos estallar en un nuevo orgasmo compartido.
Con la respiración a mil por hora, Gerardo salió con cuidado de mi interior, se quitó el condón y me hizo una seña para volver al baño. Bajo el chorro de agua de la ducha, la pasión no se apagó: entre besos robados, risas cómplices y caricias traviesas en nuestras partes íntimas, el tiempo pareció detenerse por completo.
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