El agua tibia de la ducha nos ayudó a bajar la temperatura corporal y a regresar poco a poco a la realidad, aunque el aire entre nosotros seguía cargado de una complicidad densa. Sin embargo, el tiempo corría sin compasión. Al salir del baño y revisar las pantallas de nuestros celulares, nos dimos cuenta de que las horas que habíamos pagado en la habitación se habían consumido por completo.
La hora de marchar nos soplaba en la nuca. Con algo de pesar y los movimientos todavía perezosos por el cansancio delicioso de la jornada, empezamos a vestirnos rápidamente. Recogimos nuestras cosas, verificamos que no se nos quedara absolutamente nada y, con una última mirada cómplice antes de cruzar el umbral, salimos del cuarto para devolver la llave en la recepción y enfrentar de nuevo el mundo exterior.
Devolvimos la llave en la recepción del hotel con discreción y salimos a la calle. Caminamos juntos unos metros antes de separarnos para tomar rumbos distintos y abordar cada quien la buseta que lo llevaría de regreso a su destino.
...
Las horas pasaron y, ya instalados cada uno en la seguridad de su respectiva casa, el teléfono volvió a ser nuestro refugio secreto. La conversación por mensajes no tardó en encenderse de nuevo, retomando la intimidad que creíamos haber dejado atrás en la habitación.
—Oye, dime la verdad... —le leí en la pantalla de mi celular un mensaje de Gerardo—. ¿Qué tal te pareció todo? ¿Te gustó o no te gustó?
Sonreí de inmediato, sintiendo cómo las mejillas se me calentaban al recordar cada segundo. Le tecleé la respuesta con rapidez:
—Me encantó muchísimo, la pasé súper increíble. Tenía demasiado tiempo sin disfrutar de algo así... de verdad fue divino.
A los pocos segundos, su teléfono registró una nueva tanda de preguntas que demostraban que él seguía igual de pensativo y entusiasmado que yo:
—¿En serio te gustó tanto? ¿La pasaste bien de verdad con todo lo que hicimos?
Volví a escribirle, dejando a un lado la pena y rindiéndome por completo a lo que sentía:
—Sí, te lo juro que la pasé increíblemente bien. Me gustó todo, no sabes cuánto lo necesitaba y lo bien que me hiciste sentir.
Del otro lado de la pantalla, la complicidad seguía intacta, confirmando que ese primer paso clandestino apenas era el comienzo de algo mucho más intenso.
La charla virtual seguía fluyendo con la misma picardía que el encuentro en la habitación, y los mensajes subían de tono sin darnos tregua.
A los pocos minutos, la pantalla de mi celular volvió a encenderse con una nueva notificación de Gerardo que hizo que el corazón se me acelerara:
—Oye, dime algo de lo que pasó antes. ¿Qué tal te pareció el oral? ¿Te gustó hacérmelo y qué tal te pareció mi semen, te supo agradable? Te confieso algo: me encantó verte la boca llena de semen, me dio muchísimo morbo.
Al leer esas palabras, sentí que una ola de calor me recorría de inmediato, encendiendo cada rincón de mi cuerpo y haciéndome morder el labio inferior con una mezcla de sorpresa y una excitación desbordante. El recuerdo de ese instante se proyectó vívido en mi mente.
Con los dedos un poco temblorosos por la adrenalina, abrí el chat y le respondí enviándole un par de caritas de diablito morado, traviesas y cómplices, mientras le tecleaba:
—¿En serio? Bueno... a mí me pareció bien, la verdad. ¡Qué cosas tienes!
Sentí las mejillas arder mientras le daba a enviar, sintiéndome completamente ardiente y atrapada de nuevo en su juego, sabiendo que ese secreto compartido acababa de romper la última barrera que nos quedaba.