La Amante.

Capitulo 22.

Los días posteriores a nuestro encuentro en el hotel se convirtieron en un juego constante de tensión y deseo. La rutina diaria con el bebé y las responsabilidades seguían su curso, pero mi mente ya no estaba al cien por ciento en la superficie; una parte de mí se había quedado suspendida en esa habitación clandestina.

​Los mensajes con Gerardo se volvieron nuestra vía de escape. Cada notificación en el celular era una descarga de adrenalina que me recordaba el calor de sus manos, la fuerza de su cuerpo y la libertad con la que habíamos roto las reglas. Ya no éramos solo dos conocidos hablando de cosas triviales: éramos cómplices de un secreto ardiente que nos consumía a fuego lento, preparando el terreno para el próximo momento en que pudiéramos volver a escapar.

Al principio, intenté ponerle paños fríos a lo que estaba sintiendo. En el fondo de mi cabeza, me repetía que aquello había sido solo una aventura impulsiva, un escape de la rutina que pasaría sin dejar rastro. Pensaba que lo nuestro se limitaría a un par de encuentros aislados, que con el tiempo Gerardo se olvidaría de mí, que las aguas volverían a su cauce y que todo quedaría en el olvido, tal como empezaba.

​Sin embargo, a pesar de que apenas había transcurrido un par de días desde nuestra cita clandestina, me juré a mí misma que no iba a amargarme pensando en el futuro ni en lo que pasaría después. Si aquello tenía los días contados, decidí que iba a disfrutar cada chispa, cada mensaje y cada segundo de lo que estábamos construyendo, sin importar que fuera efímero, porque la tentación de perderme en él era, sencillamente, demasiado grande para ignorarla.

Aquel recuerdo se había instalado en mi mente como un bucle imposible de apagar. A cada momento del día, sin importar si estaba doblando la ropita del bebé, cocinando o revisando algún pendiente, los fogonazos de ese encuentro clandestino me asaltaban sin previo aviso. Era como si mi piel se negara a olvidar: en cuestión de segundos, me parecía sentir otra vez el peso de su cuerpo, la fricción exacta de cada caricia, la intensidad de sus besos, el calor de la penetración y hasta el sabor de aquel momento íntimo que nos había dejado sin aliento.

​Bastaba con que una sola de esas imágenes cruzara por mi cabeza para que una ola de calor me recorriera entera. Sentía cómo las mejillas se me ponían rojas al instante, un rubor intenso y delator que me quemaba la piel, mientras una humedad repentina y una excitación salvaje me sacudían por dentro, recordándome que ya no había vuelta atrás y que mi cuerpo le pertenecía por completo a ese secreto.



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En el texto hay: engano, lujuria, amor.

Editado: 31.08.2026

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