La respuesta de Gerardo no se hizo esperar, llegando casi al instante para avivar aún más el fuego que ya sentíamos en el pecho. Su mensaje venía cargado de una franqueza descarada que hizo que el aire me faltara por un segundo.
—Por mí nos veríamos hoy mismo para calmar estas ganas —leí en la pantalla, con el corazón latiéndome a mil por hora—. Y te confieso algo que no me he podido sacar de la cabeza: me encantó demasiado cómo me lo mamaste la otra vez. Te juro que lo disfruté como no tienes idea, y lo que más quiero es que me lo vuelvas a hacer igualito apenas nos veamos.
Al leerlo, sentí cómo la sangre se me acumulaba de golpe en las mejillas, encendiéndome la cara de una vergüenza caliente y deliciosa que rápidamente se transformó en una excitación salvaje. El recuerdo de su piel, del sabor y de la forma en que nos habíamos entregado en esa habitación regresó con tanta fuerza que mis manos temblaron levemente al teclearle una respuesta dispuesta a aceptar cualquier cosa con tal de volver a tenerlo cerca.
—Obviamente sí, amor... te lo prometo que te lo vuelvo a hacer igualito o hasta mejor —le respondí con una sonrisa pícara y los dedos firmes sobre el teclado, dejándome llevar por el atrevimiento—. A mí me encantó hacértelo, y la verdad es que el tuyo tampoco se queda atrás... me fascina cómo me lo das. De hecho, ya quiero sentir otra vez tu lengua pasándome por la vagina, saboreándome rico hasta hacerme perder la cabeza. ¿Cuándo cuadramos eso?
Mientras el mensaje se enviaba, una ola de calor denso y pesado me sacudió desde el centro del pecho hasta el vientre. Aunque en teoría el olor y el sabor natural del semen solían darme cosa, la pura idea de tenerlo otra vez dentro de mi boca, de recordarlo viniéndose y de saber el efecto que le causaba me encendía por dentro de una manera incontrolable. Un escalofrío seductor, eléctrico y profundamente placentero comenzó a recorrerme la piel de la cabeza a los pies, haciéndome arquear la espalda contra el respaldo de la silla. Mis dedos, casi sin que me diera cuenta, se deslizaron traviesos y con total delicadeza por debajo de la ropa, recorriendo la curva de mi abdomen, bajando por mis muslos hasta posarse directamente sobre mi vagina. Apreté con un poquito de fuerza, buscando calmar esa fricción ardiente y terminar de sacudirme el temblor que me había dejado la charla, deseando con toda el alma que las horas pasaran rápido para volver a quemarnos juntos.
El tacto sobre mi propia piel se volvió más rápido y urgente, sumergiéndome por completo en una ola de placer egoísta y voraz que me nublaba los sentidos, sin darme cuenta de que ya me había abandonado por completo a la deriva de mis propias manos.
Del otro lado de la pantalla, la conversación con Gerardo dio un salto todavía más salvaje, encendiendo una lujuria desbordante que no hacía más que escalar de intensidad con cada palabra obscena que me mandaba.
—Imagínate que te tengo ahí doblada, amor —leí en su siguiente mensaje, mientras el pulso me temblaba—. Metiéndote los dedos bien mojados hasta hacerte gritar, sintiendo cómo te abres para mí... y luego empujándotela entera, rellenándote por completo con mis embestidas bien duras hasta corrernos juntos. ¿Te gusta pensarte así mía?
Al leer esas descripciones tan explíticas y crudas, sentí que el calor me quemaba las entrañas y que mi cuerpo se convulsionaba de deseo, llevándome al límite de la cordura mientras tecleaba con desesperación:
—Me das un morbo tremendo... Imaginarte haciéndome eso me vuelve completamente loca, ya quiero sentirte adentro rompiéndome rica...
Pero justo en el momento en que me encontraba al borde del abismo, con la respiración agitada y la fantasía desatada en mi cabeza, un sonido seco y estridente atravesó la puerta de la habitación, rompiendo el hechizo de golpe. Era el llanto agudo y desconsolado de mi hijo, que acababa de despertarse de su siesta.
Ese contraste brutal entre la suciedad de la calentura, el eco de los mensajes y la realidad de la maternidad me cayó encima como un balde de agua fría. El choque fue tan instantáneo que la excitación se me derrumbó de golpe, dejándome el cuerpo tenso, el corazón todavía acelerado y con la extraña sensación de regresar, a la fuerza, de un viaje sin retorno.