Me puse de pie de un salto, intentando recuperar la compostura mientras la respiración me temblaba en el pecho y las mejillas me ardían de puro rubor. El llanto de mi hijo no cesaba, así que caminé rápido hacia su cuna, lo tomé en brazos y, para calmarlo de inmediato, me senté en el sillón a desabrocharme la blusa y ofrecerle el seno, entendiendo que su llanto era simplemente porque tenía hambre.
Mientras lo arrullaba con ternura y lo miraba mamar tranquilo, la pantalla del teléfono sobre la mesa no dejaba de iluminarse y vibrar con los nuevos mensajes de Gerardo. Sentir ese choque tan intenso entre ser una mamá dedicada y, al mismo tiempo, una mujer por dentro consumida por el fuego del deseo, me generaba una tensión extraña en el pecho, pero en ese preciso instante no podía tocar el aparato.
Poco después, cuando el bebé ya se había calmado y lo recosté con mucho cuidado para que siguiera durmiendo, me acerqué al teléfono para revisar lo que Gerardo me había escrito. Sin embargo, el efecto de la calentura ya se había esfumado por completo tras la interrupción del llanto y el momento de lactancia. Miré la pantalla con total frialdad y le respondí cortante:
—Okay, chévere... ¿Cuándo nos vemos entonces?
A los pocos minutos, su respuesta llegó en formato de audio. Le di play y escuché su voz con el tono normal de siempre, preguntándome qué había pasado para ponerme así de cortante y diciéndome que estaba bien, que mejor esperáramos unos días a ver qué surgía. Yo le tecleé de regreso que no pasaba nada fuera de lo normal, simplemente que el bebé se había despertado hambriento y lo estaba amamantando.
Aunque la urgencia física se había apagado por fuera, la llama seguía encendida en mi interior, ardiendo todavía con los ecos de los comentarios tan explícitos que Gerardo me había dejado en el chat. Sin embargo, tuve que congelar la conversación y dejar el teléfono a un lado por un par de horas, ya que se acercaba la hora de preparar el almuerzo y mis deberes en la casa no me daban tregua para seguir chateando.