La Amante.

Capitulo 26.

Dejé el celular a un lado y me metí a la cocina con la cabeza hecha un lío, dispuesta a adelantar el almuerzo antes de que el tiempo se me viniera encima. Puse las ollas al fuego y comencé a picar los ingredientes con movimientos automáticos, pero mi mente estaba en cualquier lado menos en la comida.

Mientras revolvía el guiso, mi imaginación comenzó a volar sin freno, reviviendo cada segundo de lo que habíamos hecho en el hotel y proyectando nuevas locuras que podríamos repetir en nuestro próximo escape. Tenía un morbo tan intenso acumulado en la piel que sentía que en cualquier momento iba a estallar de pasión.

Llevaba apenas media hora entre fogones y cucharones cuando la puerta principal se abrió: era mi mamá que acababa de llegar de trabajar. El sonido de su voz saludando me hizo dar un pequeño salto, y un nerviosismo tonto me recorrió la espalda mientras intentaba disimular la agitada corriente que me quemaba por dentro.

—¡Hola, hija! ¿Cómo estás? ¿Qué tal todo por aquí? —saludó mi mamá al entrar a la cocina, dejando su bolso en una silla y suspirando con pesadez.

—Hola, mami. Todo bien por aquí... ¿Cómo te fue en el trabajo hoy? —le respondí intentando mantener la voz calmada y disimular cualquier rastro de nerviosismo.

—Ay, hija, me fue súper bien, gracias a Dios, pero de verdad que salí agotadísima... esos niños hoy estaban demasiado tremendos y no me dejaban ni un segundo tranquila en el salón —respondió ella mientras se aflojaba un poco la ropa.

—Bueno, mami, tú sabes que los muchachos de ahora son así todo el tiempo, no paran ni un momento —le comenté con una sonrisa leve, mientras seguía pendiente de la cocina.

—Imagínate, ya lo sé... por cierto, ¿qué estás haciendo de comer que huele tan bien por toda la casa? Es que tengo un hambre terrible —preguntó ella acercándose a ver las ollas.

—Estoy haciendo arroz con pollo guisado, mami —le contesté moviendo el cucharón.

—Ah, qué bueno, porque la cocina huele riquísimo. A propósito, te traje un poquito de arroz con leche que me regalaron hoy en la escuela —dijo ella sacando un pequeño recipiente de su bolso.

—¡Ay, mami, qué emoción! ¡Dámelo, guárdamelo, tráemelo para acá! —le respondí con una emoción casi de niña pequeña, saltando un poco de alegría, porque el arroz con leche me fascina con locura.

—Sí hay, claro que sí, pero te lo voy a servir ahorita con la condición de que te acuerdes de guardarle un poquito a tu hermana para cuando llegue —me advirtió ella con una sonrisa comprensiva.

Tras dejar el postre guardado en la nevera, mi mamá se despidió con la mano y se fue directo a su habitación a descansar un rato y quitarse el uniforme. Unos minutos más tarde, el almuerzo quedó listo, servimos los platos, comimos en familia y, en cuanto me quedó un respiro, corrí a agarrar el teléfono para retomar la conversación con Gerardo.

Sin embargo, al abrir el chat, el corazón se me encogió un poco al ver que ya no estaba en línea; se había desconectado hacía rato porque ya era la hora de salida de su trabajo. Antes de irse, me había dejado un último mensaje en la pantalla: "Amor, ya me voy saliendo hacia la casa porque se me hizo tarde, luego te escribo". Y con esa pequeña espinita de haberme quedado con las ganas de seguir la charla hot, me tocó guardar el celular y seguir con la rutina de la tarde.



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En el texto hay: engano, lujuria, amor.

Editado: 31.08.2026

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