Los tres días pasaron volando entre la anticipación y los nervios de armar la coartada perfecta. Finalmente llegó el ansiado jueves por la mañana, y tal como lo habíamos planeado, me arreglé con discreción y salí de la casa temprano, tomando el transporte público habitual para encaminarme directo hacia el mismo hotel que ya conocíamos de memoria.
Mientras iba en la buseta con los latidos del corazón marcando el ritmo del viaje, el teléfono en mi cartera comenzó a sonar con insistencia. Al ver en la pantalla que se trataba de una llamada de un número desconocido, sentí un vuelco en el estómago y un nudo de nerviosismo puro, pensando de inmediato en una de esas molestas llamadas de estafa o extorsión tan comunes. Con el pulso acelerado, deslicé el dedo para contestar con voz precavida:
—¿Aló? ¿Quién es?
—Tranquila, soy yo... —se escuchó al otro lado de la línea, con la voz inconfundible de Gerardo—. ¿Cómo vas? ¿Ya vas en camino? Yo acabo de salir de casa y voy directo al destino.
Un suspiro de alivio y una sonrisa traviesa se me escaparon al instante.
—Sí, amor, ya voy en camino... justamente acabo de montarme en la buseta y voy directo para allá —le respondí bajito para que nadie en el transporte escuchara.
Bajé de la buseta a pocas cuadras del lugar acordado y caminé con paso firme pero con el corazón acelerado hasta llegar a la pequeña plaza que quedaba cerca del hotel. Tal como lo había calculado, llegué con unos minutos de ventaja, así que decidí sentarme disimuladamente en unas escaleritas de la plaza a esperarlo, controlando los nervios mientras miraba hacia todas partes.
Pasaron unos diez minutos de pura expectativa hasta que vi su silueta doblar la esquina y acercarse hacia donde estaba. Al verlo, una mezcla de alivio y emoción me recorrió el cuerpo. Nos saludamos con un "hola, hola" bastante normal y casual para no llamar la atención de nadie, y de inmediato comenzamos a caminar juntos los pocos metros que nos faltaban para llegar al hotel.
Una vez en la entrada, Gerardo se encargó de pagar la habitación con total naturalidad mientras yo disimulaba la mirada, y enseguida subimos hacia el cuarto. Al cruzar la puerta y encontrarnos a solas dentro de la habitación, una ola de nerviosismo intenso y mucha pena se apoderó de mí de golpe, sintiendo las mejillas arder mientras la realidad de lo que estábamos a punto de hacer nos envolvía por completo.
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