En cuanto entramos a la habitación y la puerta se cerró a nuestras espaldas, Gerardo lo primero que hizo fue dirigirse directo hacia el baño. Yo me quedé congelada junto a la entrada, con el corazón latiéndome a mil por hora; dejé mis cosas con cuidado encima de la encimera y me senté en una esquinita de la cama, completamente inmóvil, esperando casi como si necesitara una orden suya para moverme, ya que la pena y el nerviosismo me tenían paralizada por completo.
Pasaron un par de minutos hasta que Gerardo salió del baño. Me miró con total naturalidad y, con una tranquilidad pasmosa, me soltó sin rodeos:
—Amor, quítate la ropa.
Al escucharlo, lo único que pude hacer fue verlo con una mezcla de timidez y sorpresa, soltando una risita nerviosa y vergonzosa que se me escapó sin querer. Él sonrió, negando levemente con la cabeza:
—No me digas que todavía tienes pena con eso...
No supe qué responderle; me quedé callada mientras sentía cómo las mejillas se me ponían completamente rojas de la vergüenza, incapaz de asimilar del todo que de verdad estábamos ahí otra vez, solos tú y yo.
Al ver que me había quedado atónita y no me movía ni un centímetro, Gerardo se acercó a mí con pasos lentos. Se sentó a mi lado, me atrapó en un beso suave y empezó a hacerme cosquillas para romper el hielo, aunque yo me retorcía y no me dejaba del todo porque la pena todavía me invadía los poros. Sin embargo, entre risitas contenidas y su paciencia, comenzó a quitarme la ropa con mucho cuidado y delicadeza, hasta que los besos se volvieron más profundos, las caricias empezaron a encender el ambiente y los dos nos dejamos llevar por la marea del deseo.
En un abrir y cerrar de ojos, la pena inicial se desvaneció para dar paso al ardor. Me dejé llevar por completo, permitiendo que las manos expertas de Gerardo me quitaran la ropa entre besos cada vez más intensos y caricias que recorrían cada rincón de mi piel. Él también se despojó de sus prendas con rapidez, quedando ambos completamente desnudos y envueltos en un fuego interno que nos quemaba por dentro.
Aunque intenté entregarme al momento, por mi mente cruzó un pensamiento fugaz: esta vez no sentía la verdadera disposición de hacerle un oral. El asco y la flojera me pesaban un poco, así que, haciendo un esfuerzo por complacerlo, apenas alcancé a lamerlo superficialmente por compromiso. Gerardo, con esa complicidad silenciosa que nos teníamos, intuyó de inmediato que yo no estaba cómoda con eso, así que no me presionó; rápidamente tomó el preservativo, se lo puso y, antes de avanzar, me dedicó un par de caricias tibias y húmedas en el clítoris que me hicieron arquearme, para luego introducir su pene despacio dentro de mí.
El acto se convirtió en una danza salvaje de calor, lujuria y pieles rozándose con desesperación. La habitación se llenó de respiraciones pesadas, jadeos entrecortados y mis propios gemidos intensos, que resonaban con cada embestida mientras el placer nos recorría cada fibra del cuerpo. Estábamos tan llenos de éxtasis que parecía que el mundo exterior había dejado de existir.
De pronto, en medio de la intensidad, Gerardo me sorprendió cambiándome de postura con un movimiento ágil:
—Mami, acuéstate encima de mí, pero boca arriba —me indicó con voz ronca.
Lo miré con una cara de total confusión, sin entender bien cómo iba a funcionar, pero aun así obedecí y me acomodé encima de él en esa posición invertida. Gerardo volvió a introducir su miembro en mi vagina, dejándome atrapada panza con panza, y con la mano que le quedaba libre comenzó a acariciarme el clítoris: a veces de forma despiadada y rápida, y otras con una suavidad desesperante que me descolocaba por completo.
Esa combinación de tactos desató una ola de calor tan densa que, sin esperarlo, me di cuenta de que estaba al borde de un orgasmo. Gerardo me besaba con frenesí en el cuello, sintiendo cada temblor de mi cuerpo. Sentía unas ganas rotundas de gritar a pleno pulmón, pero me controlaba apretando los labios por pura vergüenza, a pesar de que sabía perfectamente que él lo intuía todo.
En un punto de la cúspide, la pena me abrumó tanto que intenté incorporarme y pararse varias veces para cortar el momento, pero Gerardo me sujetó con fuerza de la cintura, bloqueándome el escape, y con una mezcla de firmeza y pasión siguió embistiéndome y moviendo los dedos para obligarme a estallar. Atrapada por el deseo y sin poder zafarme, terminé por soltar el control, botando la vergüenza por la ventana y dejando escapar un suspiro largo mientras cruzaba la puerta de mi primer gran orgasmo.
Apenas recuperé un poco el aliento, Gerardo me giró con rapidez, me puso en cuatro sobre la cama y continuó con embestidas profundas y rítmicas, acariciándome por detrás hasta que, unos minutos después, la tensión acumulada lo hizo llegar al límite y terminó eyaculando dentro del preservativo.
Con la respiración todavía agitada, Gerardo se sentó al borde de la cama, se quitó el condón con cuidado y fue a botarlo al basurero. Mientras tanto, me quedé tirada bocarriba sobre las sábanas revueltas, mirando al techo con el cuerpo cansado pero con la mente ardiendo, sintiendo unas ganas locas de decirle que no se fuera, que no parara y que siguiera, porque a pesar de haber acabado, mi cuerpo me pedía más y quería seguir cogiendo sin parar.