Capítulo 30.
Me quedé acostada boca arriba con la respiración todavía agitada, mirando las sombras del techo mientras el cuerpo me pesaba de una forma deliciosa. De pronto, sin que me lo esperara y antes de que me diera tiempo de procesar que ya debíamos empezar a pensar en la hora, Gerardo se inclinó de nuevo sobre mí. Con una sonrisa traviesa y las manos llenas de maña, comenzó a juguetear con mi piel sensible, dándome besitos húmedos en el cuello y soltando alguna que otra palabra morbosa al oído que me hizo arquear el cuerpo de inmediato. Fue un roce fugaz y eléctrico, lo justo para encenderme una chispa rápida de deseo sin llegar a comprometer otra ronda completa, dejándome con los sentidos alborotados mientras él se apartaba entre risas cómplices.
Tras ese pequeño juego que nos dejó el pulso acelerado, el ambiente se calmó por completo. Nos quedamos un buen rato tumbados en la cama, abrazados y compartiendo risas flojas mientras recuperábamos el aliento y comentábamos lo increíble que se había puesto todo. Sin embargo, el reloj no perdona; poco a poco la realidad empezó a golpear la puerta de la habitación. Nos tocó levantarnos con pereza de las sábanas revueltas, empezar a organizar la ropa con cuidado, vestirnos con calma y planificar los detalles de la salida por separado para asegurarnos de marcharos cada quien por su lado y no levantar sospechas al regresar a la rutina.