La conversación había quedado en pausa tras mi negativa sobre el tema anal, pero Gerardo no tardó mucho en buscarle la vuelta para volver a encender la chispa por el chat. El teléfono vibró sobre la mesa con un mensaje suyo que desvió por completo el rumbo de la plática:
—Oye, mami... cambiando de tema, ¿sabes qué me antojó ahorita? Que me mandaras una fotico.
Fruncé el ceño frente a la pantalla, sintiendo una mezcla de curiosidad y picardía mientras le tecleaba de vuelta:
—¿Una foto? ¿Cómo así?
Su respuesta no se hizo esperar y llegó cargada de una intención evidente:
—Sí, una foto como tú quieras...
Entre tantos archivos, recordé que tenía guardada una foto de hace un tiempo que era perfecta para la ocasión: era una autofoto que me había tomado yo misma, pasando la mano por detrás de mi espalda para enfocar el ángulo exacto entre la espalda, las piernas y el hilo azul cielo de la ropa interior. A pesar de que yo no tenía nalgas voluminosas, en esa foto el encuadre hacía que se me viesen increíblemente bien y muy provocativas. Sin pensarlo demasiado y dejándome llevar por el atrevimiento, la seleccioné y se la envié directo al chat.
A los pocos segundos, la reacción de Gerardo fue inmediata, respondiéndome con un mensaje lleno de deseo:
—Mami, estás buenísima... te ves demasiado rica con esa ropa interior, me vuelves loco.
El juego siguió subiendo de tono hasta que a él se le ocurrió una idea para mantener todo más privado y seguro:
—Oye, para no tener esto por aquí rodando en el chat normal, voy a crear un correo electrónico exclusivo para nosotros dos. Así podemos seguir mandándonos fotos, textos y experimentando sin preocupaciones.
La propuesta me pareció buena idea, así que le seguí el juego de inmediato y, antes de cerrar la conversación, le advertí con una sonrisa pícara:
—Me parece bien, amor, pero anótate una cosa: yo tampoco me voy a quedar atrás. Cuando tú salgas de trabajar y yo te pida una foto tuya bien caliente, te va a tocar cumplirme a mí también.