A los pocos minutos, el teléfono volvió a sonar con un mensaje de Gerardo pidiéndome la dirección de mi correo electrónico para poder mandarme la suya y empezar a usar el canal privado. Se la pasé sin pensarlo, y al ratico me llegó un correo suyo desde la nueva cuenta: al abrirlo, me encontré con una foto sumamente hot que se había tomado a escondidas en el baño de su oficina, donde se le veía el miembro erecto con total claridad, desatando de inmediato mis ganas y dejándome con el pulso acelerado.
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Pasaron un par de días de intensa tensión y complicidad donde empezamos a utilizar de manera constante el nuevo correo electrónico. Aquel buzón privado se convirtió en nuestro refugio secreto para chatear cuando él no podía estar disponible en WhatsApp, y sobre todo, en el espacio donde mayormente nos dedicábamos a intercambiar fotos íntimas. Gerardo casi siempre me pedía imágenes de mis partes más privadas, y yo, encantada y dominada por el deseo, terminaba complaciéndolo y enviándoselas de regreso. Aunque en esos días todavía no teníamos concretada ninguna nueva escapada a un hotel, las conversaciones giraban constantemente en torno a planificar nuestro próximo encuentro clandestino, fantaseando con todo lo que haríamos apenas volviéramos a estar a solas.