Lamentablemente, el tiempo empezó a correr en nuestra contra y pasó un mes entero sin que lográramos vernos ni una sola vez en persona. Entre sus responsabilidades laborales y mis ocupaciones diarias y la casa, la situación se nos había vuelto imposible para coordinar una escapada al hotel. Sin embargo, las conversaciones por el correo privado y el chat seguían más vivas que nunca.
En medio de una de esas charlas donde el deseo siempre terminaba flotando en el ambiente, Gerardo volvió a poner sobre la mesa el tema de los juguetes sexuales. Yo me quedé mirando la pantalla y, aunque seguía sin estar del todo convencida, la curiosidad me ganó un poco. Le respondí que, pensándolo bien, quizás no me negaría del todo a tener algo como un vibrador, sobre todo considerando que estaba sola y sin pareja formal, lo cual no estaría nada mal para darme mis propios gustos y consentirme de vez en cuando en esos días de soledad.
Al leer eso, Gerardo no tardó en responder con una propuesta directa:
—Mami, ¿y qué tal si yo te lo compro y te lo regalo?
La idea me dio una pena tremenda y le contesté de inmediato con los nervios a flor de piel:
—Ay, no, Gerardo, ¿cómo crees? Qué vergüenza que me compres algo así...
Lejos de dejarlo ahí, él quiso ir mucho más allá. Para convencerme, empezó a enviarme links de páginas y videos cortos donde se veía a mujeres usando un plug anal, y me soltó sin rodeos que le encantaría muchísimo verme a mí con uno puesto, asegurando que se me vería increíble.
Al ver de qué se trataba y recordar su insistencia con lo anal, la resistencia se me activó de golpe. Con el pulso acelerado y un revoltijo de nervios, le marqué el freno de inmediato:
—No, amor, yo con eso de verdad que no sé... me da pánico, siento que eso debe doler horrible. Ya te lo he dicho, yo soy de las que piensa que por el culo solo sale lo desecho, ¡por ahí no entra absolutamente nada y no tiene por qué entrar!
Me puse terca con el tema, repitiéndole una y otra vez que por esa vía no contaba conmigo, mientras él trataba de calmarme entre risas por el chat, aunque yo seguía firme en mi postura.
A pesar de mi negativa y de mis típicas bromas sobre que por ahí solo salían los desechos, Gerardo no se dio por vencido tan fácil. Al ratito, el teléfono volvió a sonar con su mensaje insistiendo en buscar una alternativa para que yo no me asustara:
—Mami, no seas exagerada. Si te da miedo que te duela, podemos buscar uno especial, pero de talla súper pequeña, de esos pequeñitos ideales para principiantes, para que te vayas acostumbrando despacito, te sientas cómoda y veas que no pasa nada malo —me escribió con esa paciencia y tono persuasivo que siempre terminaba desarmándome un poco.
Me quedé mirando la pantalla del celular, mordiéndome el labio inferior mientras sopesaba la idea en mi cabeza. La verdad es que la insistencia de él, sumada a esa chispa de curiosidad secreta que a veces me ganaba, hacía que la resistencia se fuera debilitando de a poquito, aunque los nervios y el recelo todavía me hacían dudar.
—Bueno, mami, te tengo que dejar por ahora porque ya voy a salir del trabajo y se me complica seguir escribiendo por aquí —me escribió Gerardo en uno de sus últimos mensajes, cerrando con unos emojis llenos de besos y corazones—. Hablamos luego, descansa rico, mi amor.
Le sonreí a la pantalla del celular y le respondí de inmediato, despidiéndome también con mucho cariño y mandándole un beso virtual, consciente de que ya se nos había hecho bastante tarde en la noche. Con la charla concluida, guardé el teléfono, apagué la luz de la habitación y me acomodé en la cama junto a mi bebé, dispuesta por fin a descansar después de una jornada tan intensa.