La Amante.

Capitulo 36.

A la mañana siguiente, el sol apenas comenzaba a calentar cuando el teléfono vibró sobre la mesa de noche. Eran pasadas las 6 de la mañana y Gerardo ya me estaba escribiendo desde temprano. Con la inmensa suerte de que a esa misma hora mi bebé acababa de despertar y lo tenía pegado al pecho amamantándolo, pude ver el mensaje de inmediato y le respondí el saludo con mucho cariño. Nos quedamos un ratito charlando por el chat de cómo habíamos dormido, en una conversación superchévere y relajada que nos arrancaba una sonrisa a primera hora.

Sin embargo, la tregua duró poco. Después de que mi pequeño terminó de comer y se quedó profundamente dormido a mi lado, el cansancio acumulado de las desveladas nocturnas me pasó factura de golpe: apoyé la cabeza en la almohada y me quedé profundamente dormida con él.

Cuando volví a abrir los ojos y revisé la hora, ya pasaban de las 9 de la mañana. Al entrar al chat, me encontré con varios mensajes de Gerardo esperándome, preguntándome con intriga si me había quedado dormida porque de la nada lo había dejado en visto. Justo antes de que alcanzara a escribirle una explicación, me mandó otro mensaje proponiéndome algo directo:

—Mami, ¿quieres que hagamos una videollamada? Estoy solo aquí en la oficina y me provoca hablar contigo un rato de verdad, no solo por texto.

La idea me pareció excelente, así que le escribí que sí de inmediato y le avisé que me iba a levantar a prepararme algo rápido de desayunar mientras hacíamos la llamada y conversábamos con más calma.

​Iniciamos la videollamada y, tras saludarnos con una sonrisa y el cariño de siempre, Gerardo de inmediato me soltó la pregunta en tono de broma sobre por qué lo había dejado plantado por un par de horas.

​—Ay, mi amor, la noche con el bebé estuvo pesadísima y, en cuanto se durmió, apoyé la cabeza en la almohada y el sueño me venció por completo —le expliqué riéndome un poquito y acomodando el teléfono en la mesa de la cocina—. Pero ya ves, ya estoy de pie y con energía.

​Mientras hablábamos por la videollamada y lo tenía en la pantalla del celular apoyado cerca, mi pequeño ya estaba despierto y cómodo en su portabebé justo a un lado de la mesa, mientras yo me ponía a preparar algo rápido para comer, amasando una arepita con su respectivo quesito blanco. La llamada se sentía fluida y cercana, hasta que en medio de la plática, Gerardo desvió la conversación hacia un terreno más picoso y retomó el asunto que todavía me daba vueltas en la cabeza.

...—Oye, mami... hablando de otra cosa, te iba a decir que en estos días tengo planeado subir a la capital a buscar unos repuestos y averiguar unas cosas de trabajo, así que voy a aprovechar el viaje para pasarnos por una tienda especializada y comprarte el juguetito del que estábamos hablando —me soltó con una sonrisa segura, sabiendo exactamente cómo mover el piso mientras yo volteaba la arepita en el budare.

—Está bien, amor, me parece bien que vayas a resolver tus cosas, pero con respecto a lo del juguetito, te repito que todavía no estoy cien por ciento segura, así que mejor no lo compres todavía —le respondí mientras le daba los últimos toques al desayuno.

Gerardo soltó una risita cómplice a través de la pantalla y me lanzó una mirada picara:

—Mami, acuérdate que si lo compro no te lo puedo mandar directo para tu casa por el tema que ya tú sabes...

Al escucharlo, mi mente hizo clic de inmediato y no pude evitar pensar en su esposa; por supuesto, era obvio que no podía llevarle un paquete de esa tienda a su propia casa.

—Por eso mismo te digo que no te apures —le contesté alzando una ceja.

—Mira, ¿qué tal si me acompañas a la capital? Así lo compramos de una vez, te lo entrego en persona y te lo llevas tú directo a tu casa, y ya de paso te quedas con él —propuso con esa seguridad que lo caracterizaba.

Me quedé un segundo pensando en la logística y le contesté:

—Está bien, te acompaño... pero te advierto de una vez que yo no pienso entrar a esa tienda de sex shop ni loca, me daría demasiada pena que me vean ahí metida.

Gerardo sonrió divertido ante mi reacción y me preguntó de inmediato:

—Ah, ¿sí? ¿Y con qué excusa vas a salir de tu casa para venirte conmigo?

—Fácil —le dije con total naturalidad mientras me servía un poco de café—. Digo que tengo que subir a la capital a hacer diligencias de los documentos para la presentación de mi bebé en el consulado. Con esa excusa salgo sin que nadie sospeche nada.

En plena conversación y justo cuando le terminaba de explicar mi coartada, un sonido seco interrumpió el momento: tocaban la puerta de su oficina de golpe.

—¡Mi amor, tengo que colgarte! Están tocando la puerta —soltó Gerardo a las apuradas, y antes de que pudiera darle un segundo para responderle, la videollamada se cortó de golpe, dejándome con la pantalla en negro.

Suspiré divertida, guardé el celular y me senté con calma a comerme mi arepita con queso. Aunque la llamada se había caído, seguimos dándole un ratito más por chat entre mensajes cortos mientras él atendía sus asuntos. Sin embargo, a medida que avanzaba la mañana, las respuestas de su parte se fueron espaciando hasta que la comunicación quedó en pausa por completo. Cuando revisé la hora en el teléfono, vi que faltaba poco para el mediodía, justo la hora en la que terminaba su turno de la mañana en la oficina, así que di por sentado que ya no me escribiría más por un rato. Con esa idea en la cabeza, dejé el teléfono a un lado, me puse a preparar el almuerzo con calma y comencé a bañar a mi bebé, cerrando el día con la rutina del hogar mientras la tensión de nuestra próxima escapada se quedaba flotando en el aire.



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En el texto hay: engano, lujuria, amor.

Editado: 31.08.2026

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