La anomalía del amor

Prólogo

Una melodía suave llenó la casa, acompañada del aroma del azúcar y el chocolate caliente que danzaba en el aire para atraer mi atención.

—Elenor, ayúdame a hacer las galletas de chocolate.

Corrí a la cocina con los pies descalzos, haciendo sonidos de avión y extendiendo los brazos con una alegría contagiosa. Busqué la mantequilla, los huevos y las chispas de chocolate en la nevera, pero como no me cabía todo en las manos, mamá fue tomándolos poco a poco y dejándolos sobre la encimera.

Vertió la harina en el tazón como si estuviera dibujando una nube blanca, añadió azúcar y una pizca de sal. Sostuve la cuchara de madera con ambas manos mientras partía un huevo con cuidado y lo dejaba caer dentro.

—¿Te cuento un secreto, mi niña? —susurró, mientras comenzaba a mezclar la masa espesa.

—Siii, me gustan mucho los secretos. Pero no le digas a papá —balbucee cerca de su oído con una sonrisa traviesa, mientras dejaba caer chispas de chocolate en el tazón.

—Nadie va a saberlo, cielo. Me encargaré de eso —respondió, dándome un toquecito en la nariz antes de añadir un poco más de mantequilla ablandada.

Reí cuando la masa empezó a volverse más oscura y brillante. Hundí un dedo sin querer y lo saqué cubierto de chocolate, mirándolo como si fuera un tesoro.

—Sabes… el amor está en todas partes, no solo dentro de esta casa. Está en lo que tu padre y yo sentimos por ti. En lo que sientes hacia ti misma.

Yo removía con esfuerzo, concentrada, viendo cómo el chocolate se mezclaba con todo—. ¿El amor está en el aire?

—Claro que sí. Está en todos lados. En películas, en libros, en los actos de las personas e incluso en los animales. Jamás lo olvides, cariño. Estás rodeada de muchísimo amor. —aseguró, limpiando con el dedo un poco de masa que había quedado en mi mejilla antes de besarme la frente.

Formamos bolitas redondas con la masa. Mis manos eran pequeñas, torpes, pero mamá decía que eran perfectas.

—¿El amor puede tocarse? ¿Sí puedo?

—No se puede tocar, porque no se puede ni se debe jugar con él. Pero se puede ver en la mirada tierna que tiene tu padre cuando nos mira. Es esa emoción agradable que sientes cada vez que observas algo que te gusta.

Colocamos las bolitas sobre la bandeja. Intenté hacer una con forma de corazón, aunque quedó un poco torcida.

—¿Te cuento otro detallito?

—Dime…

—También se puede oler. ¿Sabes cómo?.

—Como tus galletas de chocolate —se me escapó una sonrisita en la voz.

—Sí, es un buen ejemplo. Qué lista eres, mi cielo.

—¿Y se puede escuchar o probar?.

—Claro que sí. La música, por ejemplo. Tiene muchas emociones; las transmite como los latidos de tu corazón: rápidos, vibrantes y hermosos, como tú. Pero probar… —se aclaró la garganta, desviando la mirada por un instante— es algo de lo que hablaremos en el futuro.

Metimos la bandeja en el horno y, al poco tiempo, el olor a galletas de chocolate comenzó a llenar cada rincón de la casa. Era cálido, envolvente, como un abrazo invisible. Me alzó en sus brazos mientras esperábamos.

—Nunca olvides lo que te he contado hoy, mi pequeño sol. Algún día entenderás por qué el amor es tan importante… puede que llegues a necesitarlo más que nadie —apoyé la cabeza en su hombro, escuchando la melodía que seguía sonando en el salón—. Existen personas que no saben lo que es el amor. Y aunque para nosotros sea tan valioso, el que tengas tanto te da un poder especial… algún día deberás usarlo para ayudar a otros —sus dedos se deslizaron con ternura entre mi cabello.

—Lo haré. Daré tanto que no podrán más.

—Estoy segura de que lo harás, porque tú también eres amor. Te amo, Elenor… muchísimo más de lo que puedes imaginar.

—Yo te amo más, mamá.

La música subió un poco de volumen y, sin soltarme, comenzó a girar despacio por la cocina. Reí cuando el mundo dio vueltas suaves a mi alrededor, con el aroma de las galletas recién horneadas mezclándose con nuestras carcajadas. Bailamos entre chocolate y secretos, mientras el amor —invisible pero presente— parecía girar con nosotras.




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