ELENOR
La universidad estaba más ruidosa de lo habitual. Corazones de papel, cupidos torpemente recortados y guirnaldas de flores colgaban de las paredes, balanceándose cada vez que una carcajada atravesaba los pasillos. El aire olía a perfume dulce, café recién hecho y azúcar glas; una mezcla empalagosa que anunciaba San Valentín incluso antes de mirar los decorados.
Me detuve frente a la pizarra de anuncios, observando el cartel de la feria de repostería y artes. Las letras rojas estaban rodeadas de pequeños dibujos de fresas y cintas doradas. Abrí mi libreta de apuntes y empecé a escribir las ideas que se acumulaban en mi cabeza.
Éclairs rellenos de chocolate. Hojaldres de vainilla. Macarrons de fresa. Mont–Blanc. Soufflé de chocolate. Crème Brûlée. Ispahán.
La punta del bolígrafo se deslizó demasiado rápido en la última palabra. La tinta se corrió justo cuando alguien chocó con mi hombro.
Un trazo rosado manchó la página.
La frustración me subió por el pecho con la rapidez de una chispa. Cerré los ojos un instante, apretando el bolígrafo entre los dedos mientras el murmullo del pasillo parecía hacerse todavía más insoportable.
Cerré la libreta de golpe y la guardé dentro de mi bolso con más fuerza de la necesaria. El sonido seco de la cubierta al cerrarse apenas logró calmar el fastidio que me quemaba la garganta.
Entonces me giré, lista para reclamarle al causante, pero la luz del sol atravesaba los ventanales del pasillo de lleno. El resplandor cayó detrás de la figura, envolviéndola en un halo dorado que me obligó a entrecerrar los ojos. Durante un instante, todo lo que pude distinguir fue una silueta alta y oscura recortada contra la claridad, como si las sombras se aferraran deliberadamente a su rostro para ocultarlo.
El bullicio alrededor continuó —risas, pasos apresurados, el crujido de bolsas de papel—, pero por alguna razón aquella figura parecía aislada del resto del mundo, quieta en medio del caos. Y eso solo consiguió irritarme más.
Respiré hondo, tratando de calmarme. No puedo dejar que algo tan pequeño me afecte. Después de todo, puedo arrancar la página más tarde y volver a escribirlas en otra limpia. No era el fin del mundo.
—Perdón. No te vi —respondió.
—Está bien, solo ten más cuidado la próxima vez.
El chico asintió, ajustó las herramientas de tallado bajo el brazo y cerró mejor la carpeta de bocetos.
—Lo tendré.
Dio media vuelta y se perdió entre el flujo de estudiantes.
Me quedé inmóvil durante unos minutos, mirando mi mano aún cerrada alrededor del bolso.
Una sensación ominosa me erizó la piel antes de que unas manos cubrieran mis ojos.
—¿Quién soy? —canturreó junto a mi oído.
Solté un suspiro apenas audible.
—Déjame adivinar… ¿Cloe?.
Las manos se apartaron de inmediato.
—¡Oye! Eso fue demasiado rápido. Se supone que debías equivocarte al menos una vez.
—Lo siento, pero sigue siendo divertido —señale el cartel —. ¿Ya viste?.
—¿La feria? Si, pero estoy pensando en algo mejor que estar todo el día oliendo a azúcar glas.
—¿Cómo qué?.
—¡Día de chicas! Tengo todo planeado, ver películas, chismear, hacer galletas e incluso masajes.
—Me encantaría, pero…
—No. Me niego. No lo digas —Cloe apartó la vista y negó con los brazos cruzados, fingiendo indignación.
—Tengo que trabajar al salir.
—¡Elenor! No puedes hacerme esto, hace tiempo no salimos — me reprocho, alzando una ceja.
—Lo siento.
—Bien… pero me debes unas donas.
—De acuerdo.
—Te daré todas las que quieras.
Bajé la mirada hacia mi reloj. Las manecillas marcaban las 4:00 en punto.
—Hablando de trabajo, tengo que irme. El tráfico a esta hora es horrible y no puedo llegar tarde.
—No olvides mis donas.
—No lo haré. Nos vemos mañana.
Me despedí de Cloe con un gesto de la mano y bajé las escaleras apresurando el paso.
El bullicio se fue quedando atrás, reemplazado por el ruido distante de autos y el murmullo de la brisa fría de la tarde.
El cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados cuando llegué al estacionamiento.
Apenas entre auto subí la radio más de lo necesario, intentando ahogar el ruido de las bocinas y los gritos que se mezclaban afuera. El tráfico volvió a detenerse una vez que crucé la avenida principal.
—¡No se metan en el medio, van a provocar un accidente! —gritó una señora desde el auto de al lado, golpeando el volante con frustración.
Cambié la canción por otra todavía más escandalosa, como si el volumen pudiera aplastar la presión que sentía acumulándose en mi pecho. Mis dedos seguían golpeando el volante sin ritmo fijo.
Quince minutos después, estacioné frente a la cafetería. Respiré hondo antes de entrar y forcé una sonrisa pequeña. Nadie quiere que le sirvan café con cara de tragedia.
Cuando crucé la puerta, el calor y el murmullo del local me envolvieron de inmediato. El aroma a café recién molido, vainilla y pan horneado era tan intenso que casi lograba ocultar el cansancio. Casi.