La anomalía del amor

Capítulo 2

ELENOR

Las farolas iluminaban las calles húmedas de París mientras avanzaba entre los autos. El tráfico seguía lento, aunque mucho menos caótico que en la tarde. La lluvia reciente había dejado reflejos dorados sobre el asfalto y pequeñas gotas deslizándose por las ventanas.

Apreté un poco más el volante, solo unos cuantos semáforos más y podría tirarme en mi cama para no moverme nunca más.

Minutos después, estacioné frente al edificio y subí las escaleras, sintiendo el cansancio en las piernas mientras buscaba las llaves dentro del bolso.

—¡Kaira, llegué! —solté la mochila en el suelo y me arrodillé apenas tuve tiempo.

El sonido de patitas rápidas resonó enseguida por el pasillo. Un ladrido emocionado, luego otro todavía más fuerte acompañado del tintinear de su placa.

Kaira se lanzó sobre mí, lamiéndome las mejillas como si hubiera estado fuera durante meses.

La levanté entre mis brazos y escondió la nariz fría en mi cuello.

—Mi pequeña niña…

Le serví sus croquetas y me quedé observándola mientras comía feliz, moviendo la cola como si el mundo fuera simple. Como si la vida se resumiera en comida, cariño y alguien esperándote al final del día. Ojalá pudiera vivir así.

Me quité los zapatos apenas entré a la habitación. Dejé la ropa sobre la silla y solté mi cabello, que cayó pesado sobre mis hombros.

El vapor caliente del baño me envolvió poco después, llevándose poco a poco el olor a café y el cansancio acumulado en mi piel. El silencio del apartamento resultaba extrañamente reconfortante después del caos de la cafetería.

Cuando salí, me puse la ropa de dormir y me dejé caer sobre la cama, mirando las pequeñas luces en forma de estrellas pegadas al techo.

La habitación permanecía oscura y tranquila. Las ventanas cerradas. La lluvia golpeando afuera.

Kaira dormía con la barriga hacia arriba, completamente despreocupada, pareciendo una pequeña nutria marina.

El olor a tierra húmeda llenó el cuarto haciendo que todo se sintiera cálido y seguro. Y, poco a poco, el sueño me arrastró con él.

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Unos ladridos insistentes me despertaron antes de que sonara la alarma. Me escondí bajo las sábanas, negándome a aceptar que ya era de mañana. El cuarto seguía en penumbra; las cortinas cerradas mantenían la luz afuera, como si todavía fuera seguro quedarse ahí.

Kaira saltó a la cama e intentó destaparme con sus patitas.

—Ya voy… solo cinco minutos más —murmuré.

Respondió con más ladridos y pequeños mordiscos en la esquina de la sábana.

—Está bien, está bien, ya me levanto…

Estiré la mano hacia la mesa de noche y agarré el teléfono. Cuando vi la hora, me incorporé de golpe.

—¡La universidad! ¡Voy tarde! Gracias, pequeña… supongo.

Minutos después, frente al espejo, empecé a desenredar mi cabello. Aún tenía marcas de la almohada en la mejilla. Pasé el cepillo con más fuerza de la necesaria.

Me detuve un segundo al sentir una extraña sensación en la nuca, como si alguien me observara desde algún rincón de la habitación.

Levanté la mirada hacia el reflejo del espejo, pero no encontré nada en el cuarto aparte del silencio, las luces tenues y Kaira acomodándose otra vez sobre la cama

—Qué tontería… —murmuré, dejando el cepillo sobre el lavabo.

Terminé de arreglarme, tomé las llaves del auto y salí del apartamento todavía intentando despertar por completo. El aire frío de la mañana golpeó mi rostro apenas crucé la entrada del edificio.

Minutos después, me estacioné frente a la universidad, encontrándome con Cloe, quien agitaba la mano en mi dirección como una porrista.

—¡Elenor! Por un momento creí que no vendrías.

—Perdón. Ayer trabajé hasta tarde.

Sentí el calor subir a mis mejillas al ver a una chica con su novio dándose besos intensos, mientras que sus manos parecían no poder quedarse quietas.

Desvié la mirada casi de inmediato.

—¿Te das cuenta? —murmuró Cloe—. El amor está en el aire.

—Me alegra que alguien esté viviendo su comedia romántica.

—Algún día voy a traer a alguien que me espere aquí con flores —prometió, con voz soñadora.

Sonreí, imaginándolo.

—Yo me conformo con que me mire con los ojos brillantes de puro amor.

—Si eso no pasará, sería motivo de ruptura inmediata.

—Totalmente.

Entramos al edificio de repostería y el aroma cálido a mantequilla, vainilla y azúcar caramelizada me envolvió de inmediato. Siempre olía así a esa hora: hornos encendidos desde temprano, café recién hecho y masa horneándose en distintas estaciones. El sonido metálico de los utensilios chocando y el murmullo de los estudiantes llenaban el salón como una pequeña orquesta desordenada.

Filas de mesas de acero inoxidable ocupaban casi todo el espacio. Algunas ya estaban cubiertas de harina; otras tenían mangas pasteleras, frutas cortadas o bandejas llenas de pruebas a medio terminar. Cerca de las ventanas, varios estudiantes decoraban tartas mientras otros discutían temperaturas de cocción con verdadera desesperación.

Me puse el delantal y recogí mi cabello, ajustando el gorro que por poco no lograba contener algunos mechones rebeldes.

El profesor caminó al frente del salón con una carpeta bajo el brazo.

—Como ya saben, las prácticas de hoy decidirán qué postres serán seleccionados para la feria del sábado —anunció—. No quiero recetas bonitas. Quiero técnica, precisión y personalidad. Si alguien prueba su postre, debe recordarlo incluso después de irse.

Varias conversaciones murieron al instante.

—Tienen tres horas. Trabajen como si estuvieran en una cocina real. Porque, créanme, allá afuera nadie esperará a que entren en pánico.

Algunos estudiantes rieron con nerviosismo. Otros comenzaron a moverse de inmediato.

Limpié la mesa con un paño y desinfectante antes de acomodar cada utensilio en su lugar. No me gustaba improvisar en mitad de una preparación, así que dejé todo




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