ELENOR
Los primeros rayos del sol se filtraron a través de las cortinas, iluminando el cuarto. Me escondí bajo las sábanas en cuanto la luz me hizo cosquillas en los párpados, negándome a aceptar que ya era de mañana. El departamento estaba tan silencioso que resultaba extraño. Saqué apenas la cabeza, encontrándome con Kaira. Me cubrí casi al instante, pero ella trato de destaparme con sus patitas.
—Ya voy… solo cinco minutos más —murmuré.
En lugar de rendirse, se puso a mordisquear una esquina de la sábana.
—Está bien, está bien, ya me levanto…
Me dio un beso baboso en la frente y dio un salto fuera de la cama.
Estiré la mano hacia la mesa de noche y agarré el teléfono. Incorporándome de golpe al ver la hora.
—¡La universidad! ¡Voy tarde! Gracias, corazón… supongo.
Quince minutos después, me trence el cabello frente al tocador. Luego tome una cantidad pequeña de loción para el cuidado de la piel, colocándola en las manos y el rostro. También fue para camuflar las marcas de la almohada que tenía en la mejilla.
Una extraña sensación opresiva en la nuca hizo que me detuviera, gire la cabeza con rapidez hacia la puerta, pero no encontré nada raro, solo estábamos Kaira y yo en aquel departamento. Era imposible que hubiese otro con nosotras, a pesar de saberlo, se me revolvió el estómago con solo pensarlo.
—Qué tontería… —murmuré, dejando el envase sobre la mesa.
Prepare unas tostadas para el camino, me acomode el bolso en el hombro y salí del departamento todavía intentando despertar por completo. El aire frío de la mañana me golpeó el rostro apenas crucé la entrada del edificio.
El trayecto en auto sirvió para despejar los últimos rastros de sueño y, treinta minutos después, ya me encontraba estacionándome frente al campus de la universidad. El bullicio habitual de los estudiantes comenzaba a llenar el ambiente.
—¡Elenor! —escuché un grito a mis espaldas—. ¡Ya iba a darte por muerta!
—Perdón, perdón —respondí, girándome con una sonrisa de disculpa hacia Cloe—. Ayer el turno en el trabajo se alargó muchísimo.
Comenzamos a caminar juntas hacia las aulas. En el camino, sentí un súbito calor subir a mis mejillas al cruzarnos con una pareja que se devoraba a besos a un lado del camino; las manos de él se movían con tanta intensidad que resultaba incómodo mirar. Desvié la mirada al instante, aclarándome la garganta.
—Vaya… —murmuró Cloe, dándome un codazo juguetón—. Parece que la primavera se adelantó por aquí.
—Bueno, al menos alguien está teniendo un inicio de día emocionante —bromeé, apresurando un poco el paso.
—No te burles. Algún día yo tendré a alguien esperándome en la entrada con un ramo gigante de flores —aseguró, cruzándose de brazos con una sonrisa soñadora.
Sonreí, imaginándomelo. Sabía de sobra que Cloe no se conformaría con menos.
—Yo con menos drama me arreglo —comenté—. Me basta con que me miren como si fuera lo más bonito del mundo.
—Amiga, si no te mira así, lo dejamos en la calle a los cinco minutos —sentenció ella con total seriedad.
—Trato hecho.
Riendo por la ocurrencia, empujamos las grandes puertas de cristal y nos adentramos en el edificio de repostería. El cambio de ambiente fue instantáneo: el frío del exterior quedó atrás, reemplazado por un aroma cálido a mantequilla, vainilla y azúcar caramelizada que nos envolvió por completo. Siempre olía de esa forma a primera hora, con los hornos ya encendidos a toda marcha…
Antes de pisar las cocinas, pasamos por los vestidores para ponernos el uniforme de chef. Dejamos las mochilas en los casilleros, cambiamos la ropa de calle por las filipinas blancas impecables, nos recogimos el cabello con la redecilla que por poco no lograba contener algunos mechones rebeldes y nos atamos el mandil a la cintura. Una vez abrochados los botones y puestos los zapatos cerrados, entramos al taller principal.
Filas de mesas de acero inoxidable ocupaban casi todo el espacio. Algunas ya estaban cubiertas de harina; otras tenían mangas pasteleras o bandejas llenas de pruebas a medio terminar.
El profesor apareció poco después, posicionándose al frente del salón con una carpeta bajo el brazo.
—Como ya saben, las prácticas de hoy decidirán qué postres serán seleccionados para la feria del sábado —anunció—. No quiero recetas bonitas. Quiero técnica, precisión y personalidad. Si alguien prueba su postre, debe recordarlo incluso después de irse.
Varias conversaciones murieron al instante.
—Tienen tres horas. Trabajen como si estuvieran en una cocina real. Porque, créanme, allá afuera nadie esperará a que reciban instrucciones. Aprendan a trabajar bajo presión o no logaran llegar tan lejos.
Algunos estudiantes rieron con nerviosismo. Otros comenzaron a moverse de inmediato.
Limpié la superficie de trabajo con un paño y desinfectante antes de organizar cada utensilio. No me gustaba improvisar a mitad de un servicio, así que preparé mi mise en place meticulosamente: mangas pasteleras, boquillas, espátulas, bandejas listas y el chocolate pesado al gramo.
Me enfoqué primero en la masa choux. Vertí el agua y la mantequilla en la cacerola, esperando el punto de ebullición exacto antes de volcar la harina de golpe. El brazo empezó a dolerme mientras removía la mezcla con la cuchara de madera sobre el fuego, trabajando el panade hasta que se despegó por completo de las paredes y formó una capa fina en el fondo.
A mi alrededor, la cocina era un hervidero de movimiento: el zumbido constante de las batidoras, el golpe sordo de las puertas de los hornos y el aroma cítrico de una tarta de limón flotando en el aire denso.
Tras dejar templar la masa para no cocinar los huevos, los fui incorporando uno a uno, vigilando que absorbiera cada adición hasta lograr esa textura lisa, brillante y en forma de “pico de pato” que garantizaba el éxito. Debía quedar lo bastante firme para mantener su estructura. Mientras la mezcla reposaba en la manga pastelera, adelanté el relleno y la cobertura. El chef siempre repetía que la uniformidad era la mitad de la nota, así que escudillé los éclairs sobre la bandeja cuidando el pulso, buscando que tuvieran el mismo largo y la separación perfecta. Directos al horno.
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Editado: 07.09.2026