La anomalía del amor

Capítulo 3

ELENOR

El salón de arte tenía un aroma peculiar, como si la pintura fresca, la arcilla húmeda y el polvo de mármol se hubieran mezclado con la intención de crear algo hermoso. La luz de la tarde atravesaba los enormes ventanales, cayendo sobre los lienzos, las esculturas y las mesas llenas de herramientas manchadas de color.

Observé maravillada algunas de las obras mientras varios estudiantes daban los últimos retoques a sus proyectos. Había retratos cubiertos con telas, figuras de yeso alineadas contra la pared y pinceles olvidados dentro de vasos con agua turbia.

Pero mis ojos terminaron desviándose hacia una escultura de arcilla colocada cerca del fondo del salón.

Era un cráneo coronado, rodeado de rosas negras y rosadas que parecían crecer directamente del barro endurecido. Cada pétalo tenía pequeñas grietas y curvas tan detalladas que parecían reales. Incluso la corona poseía relieves diminutos imposibles de notar a simple vista.

Había algo extrañamente solemne en ella. Algo casi familiar que hizo que mi pecho se tensara.

—¡Elenor!.

Parpadeé varias veces antes de acercarme a la mesa donde me esperaba. Los coloqué junto a los postres que otros estudiantes ya habían dejado para la exposición.

Cloe entrelazó su brazo con el mío y comenzó a guiarme hacia la salida, pero antes de irme no pude evitar mirar una última vez la escultura.

Ahora había una pequeña tablilla de madera junto a las flores. Sin embargo, no alcancé a leer lo que decía.

—Como te decía… también pensaba que… el problema es… —Cloe agitó una mano frente a mis ojos—. Elenor, ¿estás bien? Te ves algo ida.

Dudé un instante. Me sentía absurda diciendo que aquella escultura me había provocado una extraña sensación de deja vu.

—¿Viste a ese chico?

Cloe arqueo una ceja.

—¿A quién? ¿El de la escultura? No mucho. Solo noté que tenía tatuajes —sonrió de inmediato, apuntándome con un dedo—. ¿Él te interesa?

—No. Bueno… un poco.

—Es bastante atractivo—admitió con descaro —. Y esos tatuajes lo hacen ver todavía mejor. Aunque eran pequeños. ¿Quieres saber qué decían? Porque claramente yo sí me fijé.

La miré de reojo.

—¿No acabas de decir que no te fijaste?

Cloe se llevó una mano al pecho.

—¿Quién? ¿Yo? Para nada.

Rodé los ojos.

—Claro.

Ella soltó una risa y volvió a engancharse de mi brazo.

—¿Quieres saber qué decían o no? Porque si no me dejas contarlo voy a explotar.

—De acuerdo. Habla.

Su sonrisa se ensanchó.

—Tenía uno en el dedo anular de la mano izquierda. Parecía un anillo con un pequeño tulipán en el centro. Y en el cuello llevaba otro que decía domitus.

—Suena antiguo.

—¿Verdad? Es raro que alguien se tatúe algo así hoy en día.

—Si lo hizo, seguro significa algo importante para él.

Cloe se encogió de hombros.

—También estaba muy concentrado. Ni siquiera creo que nos haya escuchado entrar.

Guardé silencio unos segundos, aunque la imagen de aquella escultura seguía clavada en mi cabeza.

—Sabes, ya terminamos con lo nuestro… ¿te apetece un café?

—Acabas de cambiar de tema, pero no importa —respondió—. El profesor mencionó que podíamos irnos después de entregar los postres. Y jamás le diría que no a un buen café.

Salimos del edificio entre carcajadas y el aire frío de febrero nos golpeó el rostro.

La ciudad parecía envuelta en un exceso casi ridículo de romanticismo.

Las floristerías rebosaban de personas impacientes buscando arreglos de última hora. Canciones de amor escapaban de cafeterías y boutiques abiertas. Parejas caminaban tomadas de la mano mientras algunas familias llevaban a sus hijos al parque. Cerca del museo, alguien sostenía un ramo enorme mientras esperaba nervioso frente a la entrada.

Todo por una única razón.

El amor.

—Es un mal momento para admitir que estamos solteras, ¿cierto? —murmuró Cloe—. En estas fechas todo cuesta más si tienes pareja. Las ilusiones aumentan, pero no pagan la cuenta.

—Eso fue sorprendentemente profundo.

—Gracias, soy una poeta incomprendida.

Solté una pequeña risa.

—Quizá deberíamos resignarnos.

Cloe suspiró con dramatismo, fingiendo limpiarse una lágrima invisible.

Me resultaba irónico escucharla decir eso. Ambas habíamos nacido en París, la ciudad del amor. Y, aun así, todo aquello seguía pareciendo un cuento al que todavía no pertenecíamos. Uno hermoso. Cálido… Pero distante.

—Ver todo esto está empezando a hacerme sentir un poco sola —admitió.

—Siento lo mismo.

La alegría de los demás era contagiosa, casi mágica, pero un regusto amargo trepó por mi garganta. Una punzada pequeña e incómoda.

—Vámonos. Tal vez al otro lado de la calle encontremos algo menos empalagoso.

Cloe revisó su teléfono y su expresión cambió.

—Eli… dejemos la salida para mañana. Mi hermano va a traer a mi sobrina y tengo que cuidarla.

—No pasa nada. Saluda a la pequeña de mi parte.

—En serio lo siento. Te escribiré más tarde, ¿sí?

—Claro. Ve con cuidado.

Nos despedimos rápido, pero no tenía ganas de volver de inmediato, así que entré al supermercado y compré algunas cosas.

Cuando salí, el cielo ya comenzaba a oscurecer.

Busqué las llaves dentro del bolso mientras caminaba hacia mi auto. El tintineo metálico resonó en el silencio, pero un escalofrío repentino me recorrió por completo

Apreté las llaves entre los dedos y aceleré el paso. La sensación de que alguien avanzaba a mi espalda me aplastó el pecho.

Abrí la puerta del conductor con manos temblorosas, entré de golpe, cerré con seguro y arranqué sin pensarlo dos veces.

Si alguien realmente me seguía, tendría que cerrar cada ventana de mi departamento. Revisar la cerradura dos veces. Tal vez tres.

Encendí la radio para distraerme, pero la música sonaba lejana. Mi respiración seguía demasiado rápida. Entonces la pantalla del teléfono se iluminó.




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