La anomalía del amor

Capítulo 4

ELENOR

El atardecer teñía el cielo de distintos colores cuando abandonamos el distrito de departamentos, el bullicio de la ciudad nos envolvió. Paris estaba decorado con luces brillantes y escaparates de tonos rojizos. En el aire frotaba esa fragancia típica de flores, comida recién hecha y perfumes.

Cloe me tomó del brazo y me arrastró hacia el distrito comercial. El peso de la preocupación empezó a aligerarse entre el tintineo de los percheros y el roce de las telas. No le tomo ni un segundo descolgar ropa por montones, entregándomela con una emoción demasiado intensa, tapándome la vista.

—Pruébate esto, te va a encantar —insistió, arrojándome un abrigo tres tallas más grandes y una bufanda de lana amarilla directo al probador.

—Cloe, parezco un minion gigante dentro de esto —proteste desde el otro lado, batallando con el exceso de tela.

—¡Sal de ahí y déjame ver!

Al descorrer la cortina, ver mi propio reflejo ridículo en el espejo y la satisfacción de mi amiga me arrancó una carcajada limpia, la primera en días. Salimos de las tiendas cargando un par de bolsas, con las manos frías pero el ánimo extrañamente renovado.

Me ajusté las solapas del abrigo y me acomodé la bufanda antes de dar los primeros pasos por la acera. Me miré de reojo en el reflejo de una vitrina cercana; me sentía extraña con ropa tan abrigada, pero al menos el atuendo me ayudaba a mimetizarme entre la multitud.

Di un paso al frente, lista para avanzar, pero ella se detuvo en seco a mitad de la calle, apartando la vista del celular por un instante.

—Elenor, dame un minuto —me pidió, alzando una mano.

Me quedé a su lado mientras miraba de nuevo la pantalla. La expresión de su rostro cambio de inmediato.

—Mi hermano acaba de escribirme —comentó Cloe, guardando el teléfono en el bolsillo—. Dice que nos verá directamente en la Torre Eiffel. Prefiere que nos movamos por zonas donde haya mucha gente.

—Está bien. Es lo mejor.

—No creo que ese imbécil se atreva a intentar nada durante el festival —añadió, queriendo sonar convincente.

No respondí enseguida. El silencio pareció flotar un momento entre las dos, cargado del mismo temor que habíamos dejado atrás, como si arrastráramos la tensión del ambiente en cada paso.

—No le des más vueltas hoy —continuó Cloe mientras me miraba con fijeza—. Vamos a intentar distraernos, aunque sea solo por unas horas.

El olor a mantequilla y ajo de un pequeño bistró nos desvió del camino. Nos sentamos en una mesa diminuta de la terraza, casi pegadas a la acera, compartiendo un plato de pasta humeante.

—Tienes que probar esto antes de que me lo coma todo —cometo, extendiendo su tenedor hacia mi—. De verdad, el chef de este lugar merece un premio.

Entre bocado y bocado, Cloe empezó a imitar el acento exagerado del camarero y a recordar una vieja anécdota de la universidad. Por un momento, el nudo de mi estómago se soltó por completo; el sabor de la comida era real, las risas eran reales, y la paranoia pareció quedar suspendida en algún lugar lejano.

Al terminar, decidimos caminar hacia parque cercano al río para estirar las piernas. El cansancio de las compras nos hizo buscar un lugar donde descansar, así que nos sentamos en una banca de hierro que daba hacia el paseo peatonal, justo debajo de una farola que acababa de encenderse. A un lado, el agua reflejaba las estrellas y las luces de la ciudad como si fueran pedazos rotos de oro flotando en la corriente. Todo se veía demasiado idílico, demasiado pacifico para que el miedo tuviera cabida. Y entonces, la tranquilidad de la noche se evaporo.

Un escalofrío helado me recorrió la nuca, esa familiar sensación de tener unos ojos clavados en mí. Dejé de escuchar las palabras de Cloe. Alcé la vista, barriendo la acera opuesta del puente entre la marea de turistas que caminaban despacio.

Allí, junto a la base de una farola apagada, una silueta destacaba por su inmovilidad. No llevaba bolsas, no miraba el paisaje, no avanzaba. Tenía la cabeza ligeramente ladeada en un ángulo que me hizo perder el aliento. La iluminación mortecina me borraba las facciones exactas de su rostro, pero la postura, la caída de los hombros y esa fijeza implacable eran inconfundibles.

Era él. El estómago se me vino abajo.

El aire se atoró en mi garganta.

—Cloe.

Ella volteó enseguida.

—¿Qué pasa?

Aparté la mirada rápidamente, clavándola en mis propios zapatos para obligarme a respirar y evitar que él notara que lo había descubierto.

—¿A qué hora llega tu hermano?

—Ya casi está en la Torre, creo.

—Quiero que vayas con él.

—¿Qué? —Cloe frunció el entrecejo.

—Ve primero. Yo voy enseguida.

—Ni loca voy a dejarte sola ahora mismo.

Le agarré la mano antes de que terminara de hablar. El crujido de mis propios nudillos delato la fuerza con la que aprete.

—Por favor.

Ella me miró en silencio, analizándome, y creo que la urgencia en mis ojos la hizo entender porque dejo de discutir.

—Elenor…

—Solo quiero comprarte algo antes de encontrarnos allá —la excusa sonó hueca, temblorosa en mis propios oídos.

—Está bien. Pero me escribes apenas salgas de donde sea que entres.

Asentí.

La vi alejarse entre la multitud hasta desaparecer. En cuanto me quede sola, el sonido de los autos y las conversaciones de la calle se volvió extraño, lejano, como si estuviera atrapada debajo del agua.

Gire la cabeza hacia la farola del otro lado, buscando confirmar su posición, pero el espacio junto a la base del poste estaba vacío. Ya no estaba allí. El corazón me dio un vuelco violento: si no estaba ahí, significaba que ya se había movido hacia acá.

El pánico me espoleo las piernas. Me levante de la banca, respire hondo y empecé a caminar a paso rápido, casi trotando, sin un rumbo fijo, devorando la acera mientras miraba de reojo a cada persona que se cruzaba en mi camino.




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