La anomalía del amor

Capítulo 4

ELENOR

Me levanté de la cama con el cuerpo pesado, como si no hubiera dormido nada. Y no lo había hecho. Cada pequeño ruido del edificio me hacía abrir los ojos otra vez, obligándome a mirar a la oscuridad mientras imaginaba pasos detrás de la puerta o a alguien intentando meter una llave en la cerradura.

Entré al baño de manera automática y me quité la ropa mientras la bañera se llenaba. Prendí el teléfono y dejé que MANCHILD de Sabrina Carpenter sonara en el baño, buscando que la música llenara ese silencio tan denso. Metí las piernas en el agua y apoyé la frente sobre las rodillas. El calor me ayudó a aflojar un poco la tensión de los hombros. Solo un poco.

Cerré los ojos mientras el vapor empañaba el espejo, intentando con todas mis fuerzas concentrarme en la música. En cualquier cosa que no fuera el recuerdo de la noche anterior.

Cuando por fin sentí que podía respirar sin tener el pecho tan apretado, salí de la bañera y me envolví en la toalla. Al abrir la puerta, Kaira apareció de inmediato, girando alrededor de mis piernas y buscando atención.

—Buenos días a ti también —murmuré, agachándome un momento para acariciarle la cabeza.

Abrí el armario, me puse una blusa rosa, unos pantalones negros, me sujete el pelo con una liga y, sin energía para hacer nada más, terminé acostándome en el suelo junto a ella. El alivio duró menos de un minuto porque un golpe seco sonó sobre nuestras cabezas. Después otro.

Me quedé completamente inmóvil, conteniendo el aliento. Kaira levantó la cabeza de golpe. Se escuchó otro ruido, como algo arrastrándose por el techo, y tragué saliva con dificultad. Quizá eran los vecinos moviendo muebles.

Kaira se puso tensa y empezó a ladrar hacia arriba.

—Oye, tranquila… tranquila…

Pero ni siquiera mi voz sonó convincente; me temblaba un poco. Estiré el brazo y tomé el teléfono. Le escribí rápido a la universidad diciendo que no iría, y después a mi jefa. Me quedé mirando el botón de enviar, dudando demasiado tiempo, antes de presionarlo.

Cuando iba a dejar el celular a un lado, una notificación iluminó la pantalla:

“Estoy camino a tu casa. ¿Puedo quedarme por un rato? Perdón, mi hermano me estaba volviendo loca”.

Solté aire por la nariz, sintiendo un peso menos.

“Claro, solo avísame cuando llegues”.

La respuesta apareció enseguida:

“De hecho, ya llegué”.

Parpadeé, sorprendida.

“De acuerdo… ya voy”.

Me levanté del suelo de prisa y abrí la puerta. Cloe entró como si trajera el sol pegado al cuerpo: exhalando perfume dulce, con las mejillas rosadas por el frío de la calle y una energía que contrastaba por completo con mi casa.

—No importa cuántas veces venga, tu departamento sigue pareciendo un maldito paraíso rosa.

No pude evitar sonreír un poco, relajando los músculos.

—Hola a ti también.

Se agachó de inmediato para acariciar a Kaira y la traidora empezó a llenarle las manos de besos.

—Ya que vine, traje una ofrenda de paz — exclamó, incorporándose.

—¿Una bocina?

—Exacto.

La música comenzó a sonar segundos después. Cloe subió el volumen todavía más y me agarró de las manos antes de que pudiera protestar. Terminamos bailando de forma torpe

por toda la sala mientras las canciones de Olivia Rodrigo sonaban tan fuerte que hacían vibrar las ventanas.

Por un rato me reí de verdad. Y el cansancio casi me hizo olvidar todo lo demás. Hasta que Cloe se dejó caer en el sofá de golpe y se llevó una mano a la frente, respirando con dificultad.

—Elenor… creo que tengo el azúcar alta. Dejé la insulina en el auto. ¿Puedes buscarla?

—Sí. Claro.

Tomé las llaves y bajé rápido por las escaleras. El estacionamiento estaba demasiado silencioso, de esos lugares donde tus propios pasos se escuchan demasiado. Intenté no pensar en eso mientras abría el auto.

—¿Dónde la dejó…? —Abrí la guantera, buscando a ciegas—. Aquí está.

¡Clic!

Me congelé con el estuche en la mano.

¡Clic!

El sonido metálico volvió a escucharse detrás de mí. Sentí algo helado subirme por toda la espalda. Giré despacio, con las piernas pesadas. Había un hombre al otro lado del estacionamiento, medio oculto. El pañuelo cubría parte de su rostro, pero reconocí perfectamente la forma en que estaba mirándome con la sonrisa torcida dibujándose detrás de la tela.

Mi estómago cayó de golpe. No. No, no, no.

Las llaves resbalaron de mis dedos flojos y tintinearon en el piso. Intenté moverme y mis piernas no reaccionaron al principio, como si se hubieran quedado pegadas al suelo.

Muévete”.

Me golpeé la pierna con fuerza, obligándome a reaccionar. Agarré el maletín de la insulina, recuperé las llaves del piso y cerré la puerta del auto con tanta fuerza que el ruido retumbó por todo el estacionamiento. Después corrí sin mirar atrás ni una sola vez.

Escuchaba mis propios pasos demasiado rápido en el cemento. La respiración se me rompía en la garganta y me quemaba. Sentía que, si volteaba, iba a verlo justo detrás de mí, estirándose para alcanzarme. Subí las escaleras casi tropezando en los escalones y empujé la puerta del departamento.

—¿Elenor? —La voz de Cloe llegó amortiguada desde la sala.

Cerré con seguro torpemente. Uno. Dos veces. Mis dedos fallaban en la cerradura porque me temblaban demasiado las manos.

—¿Qué pasó? —preguntó, asomándose al pasillo al escuchar el portazo.

No respondí. No podía apartar los ojos de la puerta, esperando que el pomo se moviera.

—Elenor.

Me acerqué a ella a zancadas y le entregué la insulina con manos torpes.

—No salgas —supliqué, con la voz ahogada.

—¿Qué?

—No abras la puerta.

—¿Qué pasó?

Intenté responder, pero el aire simplemente no me entraba bien en los pulmones. Cloe se levantó del sofá, preocupada.




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