ATLAS
Las olas embravecidas azotan el navío con una violencia casi personal. La madera cruje bajo el peso de la tormenta mientras el cielo se parte en relámpagos pálidos, iluminando por instantes el mar oscuro que nos rodeaba.
Era como si los dioses del océano —si es que existían— hubiesen decidido ponerse de mi lado. Como si susurraran entre las olas que acabara con él. Que hundiera su cuerpo en aquellas aguas negras y dejara que los tiburones siguieran el rastro de la sangre.
Desenvaine mi espada lentamente, cautivado por el brillo del metal bajo la lluvia.
Luego contemplé con absoluto desdén al hombre atado al mástil. Sus muñecas estaban desgarradas por la fuerza con la que había intentado liberarse, y los gritos desesperados que emitía apenas lograban atravesar la soga que le cubría la boca.
—Bienvenido al mar de cadáveres.
Acerque el filo de la espada su mentón, disfrutando la expresión de horror que deformó su rostro.
—Es curioso lo fácil que resulta desaparecer aquí.
El hombre se estremeció violentamente, tratando de apartarse. La nave se inclinó con una ola y el miedo terminó de quebrarlo.
—El palacio queda lo bastante lejos… como para que nada de lo que diga tenga consecuencia.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Puede gritar si le place —murmuré con calma—. Será completamente inútil.
El sonido ahogado que escapó de su garganta resultó patético.
—Dimitri.
—Sí, mi señor.
—Desátalo.
El caballero obedeció de inmediato. Apenas quedó libre, el barón cayó de rodillas frente a mí y se aferró desesperadamente a mis botas, temblando como un animal herido.
—M-mi señor… yo no he traicionado a la corona. Os lo juro.
Lo observé en silencio.
—Tus palabras no van a salvarte —respondí finalmente—. El final ya está decidido… así que elige qué perderás primero: la lengua… o la cabeza.
El hombre palideció.
—S-su Majestad, me han incriminado. Yo solo me infiltré entre quienes desean destronarlo. E-es el Conde Douglas. No he sido yo… confiad en mí.
—Comprendo.
Su respiración se entrecortó de alivio.
Retrocedió como pudo, soltando mis piernas mientras una risa nerviosa y miserable temblaba en su rostro ensangrentado.
—Se lo agradezco… os prometo servirle eternamente.
La promesa murió antes que él.
Atravesé su cuello de un solo movimiento.
La sangre salpicó mi ropa y la proa quedó teñida de un rojo oscuro, espeso… casi negro bajo la lluvia.
El cuerpo cayó de rodillas primero. Después, la cabeza rodó sobre la madera húmeda.
Había algo fascinante en aquel escenario, en la forma en que la vida abandonaba un cuerpo. Algo tan grotesco que me resultaba hermoso.
—Dimitri.
—Sí, mi señor.
—Llévate el cuerpo. Que el mar lo convierta en sacrificio… y alivie su ira contra nosotros.
—Enseguida, mi señor.
Él tomó la cabeza por el cabello y arrastró el cadáver hacia la borda, dejando tras de sí un rastro mórbido de sangre que la lluvia comenzó a borrar.
Miré la sangre que aún resbalaba por el filo.
Uno de los caballeros se acercó de inmediato y me ofreció un pañuelo limpio. Lo tomé sin siquiera mirarlo y limpié el acero con parsimonia.
—Ya hemos hecho nuestra parte —guardé la espada en su funda—. Es hora de regresar.
—Como ordene, Su Majestad.
Otro traidor asesinado bajo el peso de mi corona. Otro cadáver entregado al océano que rodeaba la tierra muerta que gobernaba.
La tormenta continuaba rugiendo detrás de mí mientras abandonaba la cubierta. El viento aún arrastraba el olor metálico de la sangre y la sal, mezclándolo todo en una fragancia húmeda y desagradable que parecía adherirse a mi piel.
Mis botas resonaron contra la madera empapada del navío.
Los caballeros inclinaron la cabeza con cada paso que daba, pero ninguno se atrevió a pronunciar palabra. Algo inteligente de su parte.
El mar seguía golpeando violentamente el casco, haciendo crujir cada rincón de la embarcación como si quisiera partirla en dos. Sin embargo, aquella furia no lograba inquietarme. No después de noches como esta.
Mire los guantes mientras caminaba por el corredor estrecho. El cuero estaba manchado de sangre seca en las costuras. Raspe la costra, pero no sirvió de nada así que continúe mi camino hasta la puerta del camarote. Después apoyé una mano sobre la madera antes de entrar.
Apenas crucé el umbral, el silencio me recibió de inmediato, acompañado del sonido amortiguado de la lluvia que golpeaba el techo de madera, mezclándose con el crujido constante del navío. El lugar olía a sal y arena.
Cerré la puerta tras de mí, dirigiéndome hacia la bañera ya preparada. El vapor ascendía lentamente, deslizándose por la habitación como una niebla tibia que parecía invitarme a desaparecer dentro de ella.
Me quite la ropa; la tela húmeda se había pegado a mi piel lo suficiente como para resultar molesta, además de estar impregnada del hedor metálico de la sangre. Dejé la camisa sobre el suelo con indiferencia. Luego me quité el cinturón, después las botas. Me deshice de todo a excepción de los guantes de cuero, estos ya se habían adherido como una segunda piel.
Entré al agua caliente y el calor envolvió mi cuerpo de inmediato, relajando músculos que ni siquiera sabía que estaban tensos.
Apoyé la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Por un instante solo existieron el vapor… y el sonido de mi respiración.
Me hundí más en el agua, dejando que esta cubriera mis hombros. El calor debía bastar para arrancarme aquella sensación desagradable. Sin embargo, no lo hizo.
Tallé mi piel con lentitud, limpiando restos de barro seco y sangre endurecida. Una vez. Dos. Tres veces. Pero era inútil. El asco permanecía adherido a mí como una sombra sim importar cuánto tratara de deshacerme de él.
Unos pasos se aproximaron a la puerta, deteniéndose frente a ella.
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Editado: 07.09.2026