La anomalía del amor

Capítulo 7

ELENOR

Tenía el estómago completamente revuelto. Las ganas de vomitar aumentaban con cada segundo que pasaba, y el nudo en mi garganta hacía que incluso el simple hecho de respirar se volviera doloroso. Reuní las pocas fuerzas que me quedaban, aferré el libro contra mi pecho sin mirar atrás y salí huyendo sin pensar en las consecuencias. Solo corrí.

En ese mismo instante, las nubes terminaron de cerrarse sobre la ciudad y comenzó a llover. Las primeras gotas, gruesas y heladas, golpearon el pavimento y no tardaron en empaparme la ropa, pegándome el cabello a la frente y el cuello al igual que la tela a mi cuerpo.

Los zapatos golpeaban los charcos que se iban formando, salpicando agua sucia contra mis piernas a cada zancada desesperada.

Las luces de París se deformaban y se diluían en destellos en destellos difusos frente a mis ojos empañados por las lágrimas mientras avanzaba por las calles aceras, chocando con torpeza con algunos peatones que protestaban a mis espaldas. El frío me cortaba la piel expuesta, pero seguí moviéndome con el corazón desbocado.

Cuando finalmente alcancé el edificio, subí los escalones a trompicones y cruce la puerta de mi departamento, el silencio del interior me golpeo de lleno.

Contuve la respiración, tiritando bajo la ropa húmeda.

—Estoy en casa… —murmuré en un hilo de voz

Unos pasos apresurados rompieron la quietud del pasillo. Las patitas de Kaira resonaron contra el suelo antes de que se lanzara sobre mí con una desesperación temblorosa, como si hubiera percibido que algo andaba mal mucho antes de verme entrar. Sus lamidas torpes e insistentes me arrancaron un sollozo ahogado. Me deje caer de rodillas, abrazándola más fuerte de lo normal y enterrando el rostro en su pelaje tibio, buscando algo de realidad a lo que aferrarme.

—Estoy bien… —susurré.

Pero mis palabras no sonaban convencidas. Ni siquiera para mí.

Ella pareció darse cuenta, ya que soltó un gemido lastimero y acomodo el hocico contra mi cuello.

Saque el teléfono del bolsillo mojado y, con dedos torpes, lo silencie apenas se encendió la pantalla. No tenía la energía necesaria para responder mensajes, escuchar preguntas inquisitivas… o soportar a Cloe diciéndome con tono de reproche que debí haberla llamado antes.

No me di cuenta de que seguía llorando hasta que una lágrima gruesa resbalo por mi mejilla y cayó sobre el pelaje de mi perrita. La limpié rápido con el dorso de la mano, como si ese gesto pudiera cambiar lo que acababa de pasar.

Me separé de ella con lentitud, sintiendo el peso muerto de mi cuerpo y caminé directo al baño sin encender más luces. La oscuridad era mejor en este momento. Más soportable. No quería ver demasiado. No quería pensaren lo absoluto.

Dejé el libro sobre una pequeña mesita que arrastre hasta el borde de la bañera para tenerlo cerca, y me desvestí con movimientos mecánicos antes de meterme en el agua caliente, buscando que el calor borrara el rastro de la lluvia y el horror en mi piel.

El contacto me arrancó un suspiro tembloroso. Cerré los ojos, pero me arrepentí de inmediato; al hacerlo; la memoria de sus manos regreso con una nitidez aterradora. Sentí el peso de su cuerpo inmovilizándome, su voz rozándome el oído, el rastro fantasma de su respiración en mi cuello.

Abrí los ojos de golpe, huyendo de las imágenes, y comencé a frotarme los brazos con fuerza ciega. Luego el cuello. Luego la cintura. Quería limpiar cada rincón donde había sentido la presión de sus dedos. El asco me subió por la garganta de forma tan violenta y rápida que tuve que cubrirme la boca con ambas manos para contener las ganas de vomitar allí mismo. Froté con desesperación, como si pudiera arrancar el recuerdo directamente de mi piel.

Mis manos comenzaron a dolerme y la piel me ardía bajo el roce de las uñas, pero, aunque el temblor en mi cuerpo se volvió insoportable, continué haciéndolo de manera convulsiva. No me detuve hasta que fui consciente de que me estaba lastimando en medio de la desesperación. Al ver los rasguños rojizos marcados en mis brazos, algo en mi interior terminó de quebrarse por completo.

Dejé escapar un llanto ahogado, un lamento que había estado conteniendo todo el trayecto y que, incluso estando sola, hacía todo lo posible por esconder.

Incliné la cabeza, cubriéndome el rostro con las rodillas mientras el agua de la bañera se desbordaba ligeramente debido a mis movimientos y mi cabello flotaba desordenado a un lado. En cuanto el agua rozó mi mejilla, un ardor punzante me atravesó el rostro. Apreté los dientes. El pequeño corte en mi labio y los rasguños en mi mejilla escocían como si les hubieran echado sal. Pero a pesar del dolor que me recorría, era incapaz de moverme.

Me quedé así un largo rato, hasta que el llanto cedió y el silencio volvió a instalarse en la habitación. Abrí los ojos con suavidad y giré la cabeza hacia la mesita donde había dejado el libro.

—¿Qué eres…? —murmuré hacia la penumbra, sin recibir respuesta alguna.

Me sequé las manos con la toalla que colgaba cerca y tomé el objeto con delicadeza. La tapa gruesa y desgastada crujió levemente bajo mis dedos. Las letras doradas de la cubierta lucían borrosas por el paso del tiempo, y las páginas amarillentas desprendían un olor familiar a polvo y flores secas. Se veía demasiado normal, casi inofensivo; una apariencia completamente ordinaria para algo que, apenas unas horas antes, había devorado a un hombre. Nada en él explicaba lo que había ocurrido. Y aun así… no pude soltarlo.

Lo abrí en la mitad, pero el interior era todavía más extraño. Las palabras estaban escritas en un idioma que no reconocía, lleno de símbolos elegantes y líneas afiladas que parecían moverse cuando las observaba demasiado tiempo.

Pasé varias páginas hasta encontrar una ilustración; una mariposa verde sobrevolando hacia un cielo oscuro teñido de estrellas y constelaciones plateadas, mientras las espinas trepaban los árboles y las brasas azules se extendían en un intento de quemar sus alas para que no escapara. De arrebatarle su libertad como respuesta hacia sus intenciones. Y que de esa única forma entendiera que no podía llegar ni atreverse a ir más lejos que eso. Mientras la luna parecía observar su desesperación sin poder hacer nada, como si aquello fuera un castigo inevitable.




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