ATLAS
Los rayos del sol caían con brutalidad sobre el campo de entrenamiento, abrasando la tierra hasta volver pesado el aire. El viento levantaba polvo y arena a cada choque de las espadas, envolviendo todo en una neblina seca y dorada.
El chico pensaba demasiado antes de moverse, un error que lo condenaba antes de levantar el arma. Sus hombros se tensaban cada vez que intentaba corregir la postura; dudaba al atacar y bajaba la guardia demasiado pronto. Volvió a lanzarse contra mí, pero me limité a desviar el golpe deslizando mi filo contra el suyo. El choque metálico vibró entre nosotros. Él retrocedió un paso torpe, intentando recomponerse sin éxito.
Desesperado, creyó encontrar una abertura en mi defensa y dirigió la espada hacia mi cuello, descuidando por completo su precisión. Me bastó un paso atrás para esquivar el corte antes de que pudiera rozarme, lo que me permitió rodearlo y colocarme a su espalda. Se dio cuenta de que su ataque había sido en vano cuando sintió el frío acero de mi hoja presionando contra su nuca.
Noté cómo contenía el aliento.
—Si no puedes vencer a tu capitán… —murmuré cerca de su oído, con calma—, ¿qué demonios te hace pensar que podrías derrotar a tu rey?
El muchacho tragó saliva. Su agarre se tensó alrededor de la empuñadura.
—Lo lamento, Su Majestad… mejoraré.
—Eso espero.
Presioné un poco más el filo contra él antes de apartarme con desinterés. El niño dio media vuelta rápidamente, respirando agitado. Tenía tierra pegada al rostro y las manos le temblaban, pero seguía sosteniendo el arma. Al menos todavía le quedaba orgullo suficiente como para no soltarla.
—La próxima vez que pidas un duelo —continué mientras comenzaba a alejarme—, procura que no sea una pérdida de tiempo.
—Sí, mi señor —su reverencia fue rápida. Tensa.
Guardé la espada y seguí caminando por los pasillos exteriores del castillo. Las paredes de piedra negra absorbían la luz del sol, volviendo el ambiente más pesado. Las banderas oscuras colgaban desde las torres como enormes sombras inmóviles y las ventanas altas profesaban observar a cualquiera que cruzara bajo ellas. Varias doncellas se apartaron apenas me vieron acercarme. Sus vestidos rozaron el suelo con suavidad mientras inclinaban la cabeza, pero ninguna levantó la mirada.
El sonido de unas alas agitándose rompió el silencio.
—Roan… no estoy de humor.
—Y aun así pediste que investigara —respondió desde arriba—. No imaginé que tuviera que esperar a que mejorara vuestro temperamento.
Alcé la vista hacia las ramas más altas, donde un búho blanco me observaba fijamente.
—Qué desagradable costumbre tienes de hablarme como si fueras indispensable.
—¿Lo soy? —preguntó con descaro—. Porque eso cambiaría muchas cosas, mi señor.
Entrecerré los ojos.
—Transfórmate. Verte así empieza a irritarme.
—Como ordene.
El búho descendió lentamente. Sus alas casi negras se extendieron antes de tocar el suelo y una luz tenue comenzó a emerger desde su pecho. Cerré los ojos un instante. Cuando volví a abrirlos, Roan ya estaba frente a mí, acomodándose el cuello de la camisa con una mano mientras con la otra ajustaba el extraño collar metálico que llevaba alrededor del cuello. Lo observé de arriba abajo.
—Tu invento funciona mejor de lo que esperaba.
Soltó una risa breve.
—“Funcionar” es una palabra optimista. Mis energías empiezan a deshacerse antes de que pueda acostumbrarme a respirar como un humano.
—Entonces encuentra otra solución antes de desplomarte en mitad de un pasillo. —Comencé a caminar otra vez, escuchando sus pasos siguiéndome de inmediato—. ¿Le entendiste algo?
—Nada útil —respondió con fastidio—. Su idioma no existe. Al menos no en ningún registro que haya encontrado.
Apreté la mandíbula.
—Entonces amenaza al prisionero hasta que deje de balbucear incoherencias. Raksa lleva días aburrido. Seguro disfrutará arrancándole las piernas.
Nos detuvimos frente a una enorme ventana arqueada. Más allá del cristal, el cielo comenzaba a cubrirse de nubes oscuras. El viento agitaba las ramas secas y la luz grisácea hacía que todo pareciera muerto. Como siempre.
—¿Y el manantial? —pregunté sin apartar la vista del exterior.
—Envié rastreadores durante toda la semana, mi señor. No encontraron nada extraño.
—Iré yo mismo.
Roan arrugó la frente.
—Mi señor, no creo que sea prudente—
—Escúchame bien —lo interrumpí, girando el rostro hacia él—. Si esa cosa está aquí es porque existe una razón que no entendemos para que lo haga.
El silencio cayó entre nosotros. Roan terminó inclinando la cabeza.
—Sí, mi señor.
—Asegúrate de que nadie entre al castillo mientras no estoy.
—Tened cuidado —murmuró esta vez más serio—. Ese lugar no es estable.
Solté una risa baja.
—Hablas como si necesitara que me protegieran.
Dejé atrás los muros de piedra negra antes de que Roan pudiera añadir otra de sus réplicas ocurrentes. El trayecto hacia los límites del reino solo sirvió para confirmar el azote del invierno y la decadencia; la tierra se volvía más estéril a cada kilómetro y el aire perdía la calidez del sol, tornándose denso y gélido. Para cuando me interné en los dominios del manantial, la luz ya se había ahogado por completo bajo una bruma perpetua.
Las zarzas se enredaban en mis botas como dedos podridos intentando retener cualquier cosa viva. El olor a muerte y hojas en descomposición impregnaba el aire. Avancé apartando las lianas con la espada mientras el viento hacía crujir las ramas sobre mi cabeza.
Un gruñido profundo reverberó a mi lado, espantando a los pocos cuervos que quedaban en las copas de los árboles. Raksa avanzó hacia mí con pesadez felina antes de sentarse frente a mis pies para rascarse el cuello. El collar metálico que Roan había diseñado para él tintineó suavemente, y una de las gemas verdes comenzó a brillar, desplegando sus alas membranosas un segundo después. La bestia las observó con una fascinación casi infantil antes de intentar atraparlas torpemente con las patas.
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Editado: 07.09.2026