La anomalía del amor

Capítulo 8

ATLAS

—¡Su Majestad, hemos llegado al puerto!

Solté un suspiro cansado mientras el movimiento constante del navío seguía balanceándonos.

—Lancen el ancla —ordené con desgano—. Regresaremos al Imperio antes del amanecer.

—¡Sí, Su Majestad!

La voz de Dimitri resonó firme desde la cubierta, seguida del sonido apresurado de pasos, las olas golpeando el casco y cadenas tensándose bajo la lluvia.

Me incorporé de la silla.

La copa permanecía a medio vaciar sobre la mesa, abandonada desde hacía rato.

Tomé mi abrigo y abandoné el camarote sin volver a mirarla.

El aire nocturno golpeó mi rostro apenas subí a cubierta. El puerto se alzaba entre la niebla, iluminado por antorchas dispersas cuya luz temblaba bajo el viento.

Los hombres se movían con rapidez asegurando las cuerdas mientras el navío terminaba de atracar.

Me detuve unos instantes, observando el océano infinito. Era como si todavía intentara reclamar algo de mí.

—Atracad el resto de las embarcaciones y regresad al Imperio —mi voz se mantuvo serena—. Quiero todo en orden antes de mi llegada.

Los caballeros inclinaron la cabeza de inmediato.

—Como ordenéis, Su Majestad.

Ninguno cuestionó mis palabras.

Sus armaduras resonaron mientras descendían del barco con disciplina impecable.

—Dimitri.

Él apareció a mi lado casi al instante.

—Sí, mi señor.

—Busca a Roan. Dile que vigile al Conde Douglas.

Sus ojos se endurecieron un segundo.

—¿Deseáis que actúe de inmediato si encuentra algo sospechoso?

—No todavía —acomodé uno de mis guantes con precisión—. Quiero saber con quién habla primero… y cuántos idiotas más planean arrastrarse detrás de él.

—Entendido, Su Majestad.

Di un paso hacia la plancha del barco.

—Y asegúrate de que nadie sepa dónde estaré esta noche.

Dimitri guardó silencio un instante demasiado largo.

Giré el rostro hacia él.

—Habla.

Él bajó la mirada de inmediato.

—Mi señor… perdonad mi atrevimiento, pero salir solo después de lo ocurrido podría resultar imprudente.

Lo observé en silencio.

El viento agitó su capa negra mientras evitaba sostenerme demasiado la mirada.

—No digas cosas innecesarias, Dimitri.

Mi tono fue tan tranquilo que lo hizo peor.

—Mis disculpas, Su Majestad.

—Ahora vete. Mi paciencia ya se agotó por esta noche.

Dimitri apretó el mango de su espada antes de inclinarse.

—Como ordenéis.

Lo vi alejarse entre la niebla del puerto hasta desaparecer junto al resto de los caballeros.

Entonces descendí del barco.

Las antorchas dispersas apenas lograban atravesar la neblina, proyectando reflejos débiles sobre los charcos oscuros del muelle.

Las voces de los marineros quedaron atrás poco a poco, ahogadas por el sonido distante de las olas y las cadenas tensándose contra las embarcaciones.

El Imperio se alzaba más allá de la costa.

La tormenta se había disuelto en cuánto mis pies tocaron la tierra, como si la lluvia se negara a dar alguna oportunidad de prosperidad a este lugar infértil, además de que la cantidad que había caído no sería suficiente para que una sola cosecha diera frutos para abastecer a los codiciosos.

Las luces del palacio casi no eran visibles entre las sombras de las montañas áridas.

Podría haber regresado allí.

A las interminables reuniones. A los nobles susurrando mentiras detrás de sonrisas vacías. A los pasillos sofocantes impregnados de incienso y falsedad.

Solté una exhalación baja.

No esta noche.

Mis pasos cambiaron de dirección antes incluso de pensarlo demasiado. Tomé el sendero oculto detrás de los almacenes del puerto, aquel que se internaba entre los árboles y desaparecía bajo la niebla.

A cada paso, el barro húmedo se pegaba a mis botas y el ruido del puerto desaparecía un poco más, reemplazado por el murmullo del viento entre las ramas retorcidas que proyectaban sombras deformes sobre la tierra. Algunas

parecían manos retorcidas intentando aferrarse a algo bajo la oscuridad.

Seguí caminando hasta que solo quedó el bosque recibiéndome con una quietud antinatural.

Un movimiento entre los arbustos vino acompañado de un gruñido profundo que reverberó en la penumbra al igual que una advertencia.

—Acércate.

El gruñido volvió a escucharse más cerca esta vez. Detrás de eso apareció primero el brillo de sus ojos. Dos destellos verdes observándome fijamente desde la penumbra. Después, su silueta emergió con cautela entre las raíces y la maleza.

La pantera avanzó con una tranquilidad inquietante. Cada movimiento suyo estaba cargado de una calma mortal.

Me quedé inmóvil.

No debía alterarlo.

—Ven aquí —repetí.

Raksa se aproximó sin emitir sonido alguno. Su cola se movía con una lentitud calculada mientras sus ojos permanecían fijos en mí.

Cuando estuvo lo bastante cerca, abrió las fauces.

Por un instante pensé que intentaría arrancarme el cuello. En cambio, pasó su lengua áspera por mi rostro.

Solté un suspiro molesto.

—Raksa… ¿cuántas veces tendré que decirte que dejes de hacer eso?

La bestia soltó un sonido bajo, casi satisfecho.

—Maldito gato gigante.

Raksa terminó sentándose frente a mí, observándome con una atención extrañamente inteligente. Como si entendiera cada palabra.

Mi expresión se endureció.

—Quédate aquí.

La pantera movió una oreja. Después desvió la mirada hacia el bosque.

Eso bastaba como respuesta.

Continué avanzando entre la maleza.

Las ramas húmedas rozaban mi abrigo mientras me internaba más y más en la oscuridad, guiado únicamente por el sonido distante del agua.

Me detuve en seco en cuánto vi el manantial.

El aire alrededor se sentía distinto, cargado de densidad y pesadez.




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