ELENOR
No logro entender que está pasando. ¿Es acaso este mi final? Siento que algo me rodea la cintura con firmeza, arrastrándome a las profundidades de un vacío claustrofóbico. Es como estar sumergida en un océano sin fondo.
Los hilos que me sostenían se vuelven rígidos, trepando por mi cuerpo con la rapidez de una sombra viva hasta enroscarse en mi cuello. El agarre se clava en mi garganta, asfixiándome. Intento desesperadamente tomar aire, pero la presión me lo impide y mi cuerpo, atrapado en una inmovilidad de piedra, se niega a responder al pánico. ¿Es así como voy a morir?
—No dejaré que nada te pase.
En medio del terror, un coro de voces susurrantes, dotadas de una amabilidad desconocida, cortaron la corriente y detuvieron el descenso. Sus ecos se entrelazaban en la inmensidad, creando una extraña melodía que me ofreció un refugio inmediato; un magnetismo inexplicable que freno la presión del agua, arrastrándome a su origen.
—Abre los ojos, Elenor —pidió, deshaciéndose de las sogas qué me aprisionaban.
Un destello repentino de voluntad me permitió mover la punta de los dedos, liberándome del letargo. El aire helado irrumpió en mis pulmones como una descarga, provocando que abriera los ojos de par en par. Frente a mí, flotando entre aquella magnitud, aguardaba la dueña de la voz principal.
Su presencia desafiaba cualquier lógica terrenal. No alcanzaba a distinguir sus rasgos ni su vestimenta; su aspecto físico permanecía oculto, diluido por completo en una luz cegadora de un azul luminoso que emanaba de ella. Era un fulgor vivo y consciente que hería la vista, una silueta resplandeciente en la que solo era posible adivinar los contornos sutiles de una forma femenina.
—¿Has terminado de mirarme, querida? —inquirió la mujer desde el centro de la luz, intuyéndose una suave sonrisa en su tono.
—¿Quién eres? ¿Cómo sabes mi nombre? —atine a murmurar con la voz rota, sintiendo todavía el eco de la asfixia en mi garganta.
—Me temo que eso no puedo decírtelo. Pero tranquila, no te asustes. No te traje aquí para dañarte.
—Entonces… ¿qué quieres de mí? —pregunte, forzando la vista para intentar descifrar un rostro o una mirada a través de ese resplandor ciego. Fue en ese instante cuando caí en cuenta de algo que también desafiaba la lógica —. ¿Un momento… ¿cómo es que puedo hablar? Estoy respirando bajo el agua.
La silueta femenina pareció ensanchar su aura azul, envolviéndome en su calidez.
—Aquí las reglas del mundo exterior no aplican, Elenor. Estás a salvo del abismo —respondió la voz con suavidad —. Además, lo que yo quiera no importa ahora. Mi único trabajo era traerte; no voy a acompañarte en lo que viene a continuación —su tono se volvió más enigmático.
El sonido de algo resquebrajándose llamó su atención. Gire el rostro hacia la dirección en la que ella miraba; una grieta enorme y oscura se abría paso en medio del agua, rasgando el propio océano y avanzando directo hacia nosotras. A medida que la fisura se ensanchaba, la voz de la mujer comenzaba a sonar cada vez más lejana.
—Se me acaba el tiempo —susurró con debilidad—. Tienes que irte. Ya.
—Espera, dime qué está pasando.
—Cariño, es mejor no hablar del tema si al final vas a olvidarme —su tono era distinto, teñido de una profunda preocupación.
—¿A qué te refieres con que te olvidaré? —pregunté atropelladamente, mientras la corriente marina se volvía caótica a nuestro alrededor.
Sus manos se acercaron a mi rostro, acunando mis mejillas con una delicadeza irreal que frenó el frío del agua. Depositó un beso tierno en mi frente y murmuró sobre mi piel:
—Es momento de que despiertes.
Una punzada brutal me atravesó el pecho en cuanto esa entidad se desvaneció. Como si la tranquilidad que su presencia me había hecho sentir se fuera con ella.
Abrí los ojos de golpe, desorientada y con el pánico atenazándome los músculos al sentir agua helada cubriéndome hasta la cintura. No estaba en la bañera de mi departamento; me encontraba varada en medio de un manantial de aguas cristalinas, a unos pasos de la orilla.
Al bajar la mirada hacia mi cuerpo expuesto, descubrí con horror una serie de marcas rojizas y profundas que dibujaban el contorno exacto de los filamentos que me habían aprisionado en el fondo de aquel océano onírico. Me llevé una mano al cuello de inmediato: la piel me escocía y un dolor sordo en la garganta me confirmó que la asfixia no había sido una simple ilusión. Gimiendo por la agonía que se intensificaba a cada segundo, intenté respirar despacio. El aire volvió por fin a mis pulmones, áspero, quemando como si hubiera atravesado una hoguera.
Mi cuerpo temblaba por el frío y por el eco persistente del sufrimiento, pero lo que encontré a mi alrededor al levantar la vista fue peor que cualquier tormento físico. Ya no estaba en mi mundo.
Los árboles, ennegrecidos y carcomidos, se alzaban como espectros calcinados con las ramas retorcidas hacia un cielo implacable. El sol permanecía en lo alto, brillante, y aun así todo estaba sumergido en una penumbra asfixiante, como si la luz misma hubiera perdido su propósito. Aquello no era naturaleza; era el cadáver de algo que había sido arrancado de raíz.
—¿Qué lugar es este? ¿Quién era esa…? Ugh… —Cerré los ojos con fuerza, presionándome las sienes para contener una migraña punzante que amenazaba con nublar cada uno de mis pensamientos.
El suave chapoteo del agua captó mi atención, obligándome a mirar de nuevo hacia abajo. Pequeños pétalos de flores se adherían a mis rodillas y a mi clavícula como una segunda piel, delicados y persistentes. Intenté incorporarme con torpeza para salir de ahí, pero mis pies descalzos resbalaron contra las rocas lisas del fondo; perdí el equilibrio y terminé hundiéndome de espaldas, empapándome el cabello por completo.
—Debo tener más cuidado… —mascullé entre dientes, escupiendo el agua y tiritando.
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Editado: 07.09.2026