La anomalía del amor

Capítulo 9

ATLAS

La capital permanecía sumida en un silencio inquietante bajo la noche. Las calles estaban vacías. Las ventanas estaban cerradas y ni siquiera los perros se atrevían a ladrar.

Pero esa calma no era auténtica, sino una quietud nacida del miedo. Como si todos esperaran por un emisario capaz de arrebatarles la miserable paz a la que se aferraban, y por eso prefirieran esconderse antes de que ocurriera.

Raksa caminaba detrás de mí con la paciencia de un depredador acostumbrado a esperar el momento exacto para atacar.

El tintineo suave de su collar plateado rompía el silencio a intervalos irregulares mientras avanzábamos entre las sombras. Cada movimiento suyo desprendía una elegancia peligrosa; una criatura nacida para desgarrar carne.

No necesité girarme para saber que estaba listo para atacar.

—No comerás. Aún.

La pantera entreabrió las fauces un instante, dejando ver el brillo de sus colmillos bajo la luz enfermiza de la luna.

—Vete —ordené con frialdad—. Cuando llegue el momento decidiré si comes… o si prefiero desmembrarlo primero.

Raksa soltó un gruñido grave que vibró en su pecho, casi parecido a una risa contenida. La idea parecía divertirle demasiado para ser una simple bestia.

Después se acercó un poco más, rozando su enorme cabeza contra mi brazo.

Observé sus ojos verdes brillar en la oscuridad durante unos segundos antes de llevar una mano hacia él.

Mis dedos se deslizaron con suavidad entre su pelaje negro, acariciando detrás de sus orejas con una calma que rara vez permitía mostrar.

Raksa cerró los ojos un instante.

Extraño animal.

—Desaparece antes de que alguien te vea.

Su cola se movió despacio detrás de él, luego se apartó y comenzó a internarse entre las calles vacías. Su figura se fue deshaciendo poco a poco entre la niebla y las sombras hasta desaparecer por completo.

Permanecí inmóvil unos segundos más, escuchando únicamente el viento.

Cuando dejé de percibir el sonido de su collar, dirigí la mirada hacia las enormes puertas de hierro.

Crucé el umbral del palacio y estas comenzaron a cerrarse detrás de mí.

El eco grave resonó a través del corredor principal como si el propio lugar hubiese despertado al notar mi presencia.

El aire dentro del palacio era más cálido que el exterior, pero no menos desagradable. Las velas alineadas a lo largo de las paredes titilaban débilmente, proyectando sombras deformes sobre los retratos antiguos que adornaban el lugar.

Sus ojos parecían seguirme. Siempre lo hacían.

Observé de reojo aquellos rostros inmóviles; antiguos reyes, nobles y figuras olvidadas cuyos nombres ya nunca significaron nada para mí y así seguiría siendo.

El desprecio me revolvió el estómago.

Todos ellos parecían observar la decadencia del Imperio desde sus marcos dorados sin hacer nada más que existir como recuerdos inútiles.

Eran solo fantasmas arrogantes aferrados a un reino que se pudría cada vez más.

Si tan solo entendieran que lo único capaz de atormentarme no eran sus voces ni sus miradas vacías, sino contemplar cómo una tierra que en un principio jamás fue mía terminaba consumiéndose frente a mis ojos.

Continué avanzando por los corredores silenciosos.

El eco de mis pasos resonó entre las columnas de mármol hasta llegar a las puertas que conducían al jardín interior.

Apenas las abrí, el olor a tierra húmeda y hojas marchitas golpeó mi rostro.

No importaba cuánto cuidaran aquel lugar, cuántas flores plantaran ni cuántas fuentes adornaran los senderos, el jardín siempre conservaba aquella fragancia insoportable a desesperanza.

Todo el reino olía así.

Como si una niebla invisible hubiera caído sobre el Imperio entero, consumiéndolo paulatinamente desde dentro hasta reducirlo a ruinas silenciosas.

Avancé por el sendero de piedra mientras arrastraba el cuerpo inconsciente detrás de mí.

La luna iluminaba el camino entre las esculturas cubiertas de musgo y los arbustos secos. El sonido de la respiración agitada del hombre se mezclaba con el ruido de su cuerpo deslizándose sobre la tierra.

Las zarzas habían cubierto casi por completo la entrada al calabozo subterráneo.

Desenvaine la espada para despejarme el camino, el acero atravesó las espinas con facilidad en un solo movimiento.

Los sonidos provenientes del interior se apagaron casi al instante. Los gritos se transformaron en murmullos aterrados y después en súplicas desesperadas.

Abrí la puerta de una patada.

El olor a humedad, sangre vieja y podredumbre me recibió de inmediato.

El agua sucia chapoteó bajo mis botas mientras descendía lentamente por el corredor inundado.

Entonces todos comenzaron a mirarme.

No necesitaba observarlos demasiado para saber que lucían hambrientos, sucios, rotos y consumidos por el miedo. Perfectamente miserables.

Aun así, ninguna herida sería suficiente para compensar lo que habían hecho. Por eso seguían vivos. Porque la muerte era demasiado sencilla para ellos.

Yo quería que se marchitaran, deseando una libertad que jamás obtendrían.

Sus manos temblorosas atravesaron los barrotes intentando alcanzarme.

—¡Su Majestad, por favor!

—¡No nos abandone aquí!

—¡No fui yo, os lo juro!

Uno de ellos logró rozar mi abrigo

Aparté su brazo de una patada sin siquiera dignarme a mirarlo.

El crujido resonó en el calabozo.

—Cállense.

No necesite elevar la voz para imponer silencio.

Retrocedieron hacia las sombras como animales aterrados.

Los ignoré y continué avanzando mientras la luz de las velas se debilitaba cada vez más a mi alrededor.

Finalmente me detuve frente a una celda apartada del resto que olía a podredumbre y varias hormigas negras emergían entre las grietas de las piedras.

Abrí la puerta y arrojé al hombre dentro.




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