La anomalía del amor

Capítulo 10

ELENOR

Mi estómago esta revuelto; las ganas de vomitar aumentaban con cada segundo y el nudo en la garganta hacía que incluso respirar doliera.

Reuní las pocas fuerzas que me quedaban, tomé el libro sin mirar atrás y salí corriendo sin pensar en las consecuencias. Simplemente corrí.

Las luces de París se deformaban frente a mis ojos húmedos mientras avanzaba por las calles, chocando con personas que protestaban algo a mis espaldas. El frío me cortaba la piel, pero seguí moviéndome como si quedarme quieta significara morir.

Cuando finalmente llegué a mi departamento y crucé la puerta, el silencio me golpeó de lleno.

Contuve la respiración.

—Estoy en casa… —murmuré.

Unos pasos apresurados rompieron la quietud.

Las patitas de Kaira resonaron contra el suelo antes de que se lanzara sobre mí con desesperación, como si hubiera percibido algo extraño desde antes de verme entrar. Sus lamidas torpes e insistentes me arrancaron un sonido ahogado. Me agaché de inmediato, abrazándola más fuerte de lo normal, enterrando el rostro en su pelaje tibio.

—Estoy bien… —susurré.

Pero no sonaba convencida. Ni siquiera para mí.

Ella pareció darse cuenta de eso, ya que soltó un pequeño gemido, acomodando el hocico contra mi cuello.

Apenas miré el teléfono, lo silencié. No tenía fuerzas para responder mensajes, escuchar preguntas… o soportar a Cloe diciéndome que debí llamarla antes.

No me di cuenta de que estaba llorando hasta que una lágrima cayó sobre su pelaje.

La limpié rápido, como si eso pudiera borrar algo.

Me separé de ella con lentitud y caminé directo al baño sin encender más luces. La oscuridad era mejor. Más soportable. No quería ver demasiado. No quería pensar demasiado.

Dejé el libro sobre el lavabo y me desvestí con movimientos torpes antes de meterme en la bañera.

El contacto del agua caliente me arrancó un suspiro tembloroso.

Cerré los ojos, pero me arrepentí de inmediato ya que con eso volvieron sus manos. El peso de su cuerpo inmovilizándome. Su voz rozándome el oído. Su respiración.

Me froté los brazos con fuerza. Luego el cuello. Luego la cintura. Cada rincón donde había sentido sus dedos.

El asco me subió por la garganta tan rápido que tuve que cubrirme la boca para no vomitar allí mismo.

Como si pudiera arrancarlo de mi piel.

—Quítate… —murmuré entre dientes—. Quítate, quítate, quítate…

Mis manos comenzaron a dolerme. La piel ardía bajo mis uñas. Aun así, seguí frotando hasta que el temblor en mi cuerpo se volvió insoportable.

Cuando finalmente me detuve y vi mi piel enrojecida, marcada por la desesperación, algo dentro de mí terminó de quebrarse.

Mi llanto salió ahogado. Como si incluso estando sola tuviera que esconderlo.

Incliné la cabeza, cubriéndome el rostro mientras el agua seguía cayendo alrededor.

Abrí los ojos lentamente y giré la cabeza hacia donde había dejado el libro.

Lo tomé entre mis manos con cuidado.

La tapa gruesa y desgastada crujió bajo mis dedos. Las letras doradas estaban borrosas por el tiempo, y las páginas amarillentas olían a polvo y flores secas.

Lucía demasiado normal para ser algo que había devorado a un hombre frente a mis ojos.

Nada en él explicaba lo que había ocurrido.

—¿Qué eres…? —murmuré, sin recibir respuesta.

Y aun así… no pude soltarlo.

Lo abrí por la mitad con lentitud.

El interior era todavía más extraño. Las palabras estaban escritas en un idioma que no reconocía, lleno de símbolos elegantes y líneas afiladas que parecían moverse cuando las observaba demasiado tiempo.

Pasé varias páginas hasta encontrar una ilustración; un trono dorado cubierto de llamas oscuras y espinas que trepaban desde el suelo hasta envolver los apoyabrazos como raíces vivas.

Lo observé con más detenimiento.

Debajo, donde debería ir el número de página, había una inscripción.

Dea fabulam suam verum amoris sensum fecit, et exinde —pronuncié despacio, tropezando con algunas palabras—, et vita et mors eidem fato coniunctae sunt.

Las letras parecieron estremecerse.

Tragué saliva.

—No entiendo… ¿Qué significa eso…? —me sentía demasiado pequeña dentro del baño.

Me mordí el labio intentando contener las lágrimas otra vez, pero mi cabeza era un desastre de imágenes, posibilidades y recuerdos que se mezclaban unos con otros. Todo giraba hasta marearme.

Lo dejé sobre la mesa y me hundí dentro del agua hasta que esta cubrió por completo mi cabeza.

Lo único que se escuchaba era el sonido amortiguado de mi respiración.

Entonces escuché una voz repitiendo lo mismo que yo, solo que distorsionada. Como si varias voces hablaran al mismo tiempo desde un lugar imposible.

Salí a la superficie con un jadeo brusco, el aire entro en mis pulmones como fuego. El agua se desbordó por los bordes de la bañera.

—¿De dónde viene…? —alcé la mirada, agitada.

Me quedé inmóvil al ver que sobre mi cabeza flotaban pequeñas burbujas translúcidas.

Eran decenas. Tal vez cientos.

Parecían diminutos mundos suspendidos en el aire o medusas luminosas e irreales.

Dentro de ellas, pétalos de flores giraban lentamente, rozándose unos con otros con una delicadeza hipnótica.

Dudé un instante antes de extender la mano, pero una sensación extraña me recorrió la punta de los dedos, pero sabía que no era miedo. Era peor que eso. Quería saber si eran reales. Si desaparecerían al tocarlas como cualquier ilusión. O si realmente estaban ahí.

Mi dedo rozó una de las burbujas, pero no explotó.

En su lugar, pétalos descendieron hacia mí, flotando en el aire con una suavidad imposible. No caían… parecían acercarse poco a poco.

Su belleza me hipnotizo al punto en el que solo al sentir un cosquilleo en las piernas fue que desperté del trance y bajé la vista.




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