La anomalía del amor

Capítulo 11

ELENOR

Pegué la cabeza a la madera, conteniendo la respiración mientras el eco de sus pasos se iba alejando por el pasillo, atenuándose poco a poco hasta que el silencio se tragó el último rastro de su presencia.

Estaba sola.

Me di la vuelta y recorrí el espacio con la mirada, buscando desesperada cualquier debilidad, una ventana, una grieta, algo que me permitiera escapar antes de que a ese hombre se le ocurriera regresar. Si antes había creído, aunque fuera por un segundo, que Atlas era solo un idiota con buen porte, me había equivocado por completo. Su actitud solo hacía que me dieran ganas de patearlo.

Sin embargo, debía admitir que el cuarto en el que me había metido sin duda era un excelente lugar para encerrar a alguien. El lugar estaba sumido en un abandono absoluto; una densa capa de polvo lo cubría todo, como si el tiempo se hubiera congelado allí dentro hacia años. Había libros abiertos por la mitad y paginas arrancadas que se dispersaban por el suelo como hojas secas en otoño. Varias velas gastadas rodaban por el piso y, justo en una esquina que ajena al desastre, se alzaba una estantería de madera maciza repleta de piezas de madera tallada de distintos tamaños.

Me acerqué con cautela, esquivando las pilas inestables de tomos, los lápices partidos, las astillas y los bocetos arrugados que alfombraban el camino. Mientras avanzaba, mis dedos buscaron de forma instintiva el cuarzo que colgaba de mi cuello, girándolo entre las yemas con nerviosismo, sin despegar los ojos de las repisas.

Con sumo cuidado, casi temiendo romperla, tomé una de las figuras. La acerqué para examinar los detalles del relieve: las orejas puntiagudas, la curva de las patas, la pequeña nariz y los ojos almendrados, perfectamente definidos, hasta recrear la silueta de un gato con las alas plegadas dócilmente sobre el lomo.

—Es hermoso —murmuré, acariciando la madera pulida.

Me quedé contemplando la delicadeza del trazo en mitad de tanta destrucción. ¿Quién se había tomado el tiempo de esculpir algo tan lleno de vida en un mundo moribundo?

No, no había tiempo para esto. Tenía una ventaja limitada antes de que ese hombre, o a cualquiera de sus guardias con cara de pocos amigos se le ocurriera venir.

Devolví la figura al sitio del que la había tomado e inspeccioné la habitación más rápido, ignorando la punzada persistente en mi cabeza. El desorden en el suelo ahora me resultaba útil; si encontraba algo lo suficientemente rígido o afilado entre los escombros de este estudio abandonado, tal vez podría intentar forzar la cerradura de la pesada puerta. O mejor aún, una salida alternativa.

Me abrí paso hacia el fondo de la habitación, apartando una cortina vieja y desgastada que acumulaba suficiente polvo como para hacerme estornudar. Detrás de la tela, oculto por la penumbra, el contorno de un ventanal estrecho se dibujó ante mí. Las hojas de madera que lo cubrían estaban atrancadas, pero no parecían tan imponentes como la puerta principal.

Tragué saliva, sintiendo los latidos de mi corazón golpear contra mis costillas. No tenía idea de qué tan alta era esta sección del palacio, pero quedarme encerrada a merced de un gobernante que me miraba como si fuera un bicho raro no era una opción.

Apoyé las manos contra los bordes del ventanal, empujando con todas mis fuerzas hasta que cedió con un crujido seco. La brisa fría irrumpió de inmediato, revolviendo mi cabello y disipando el olor a encierro.

Por un segundo, el alivio me recorrió el cuerpo, pero se esfumo al asomarme.

—Esto tiene que ser un chiste de mal gusto.

El ventanal daba al abismo exterior del castillo, a una altura muchísimo mayor de lo que imagine. Abajo solo se extendía un patio desolado de piedra y árboles secos que parecían incapaces de amortiguar absolutamente nada.

Retrocedí un paso. Podía dar marcha atrás y esperar a que él regresara para decidir mi destino.

No. ¿En qué estoy pensando?

De ninguna forma iba a hacer eso.

¿Para qué? ¿Para que luego le parezca buena idea matarme?

No, gracias. Mejor aquí corrió que aquí murió.

Tragándome el vértigo, me subí al borde de la ventana con torpeza. Me aferré a la piedra rugosa de la fachada, sintiendo cómo el viento me golpeaba el rostro mientras buscaba un saliente donde apoyar los pies.

—Solo… baja despacio… —me ordené en un susurro, intentando calmar el temblor de mis manos.

La superficie estaba resbaladiza por la neblina. Mis dedos, entumecidos por el frío, apenas lograban aferrarse a las junturas de los bloques de roca.

Entonces, el apoyo de mi pie izquierdo cedió. Solté un grito ahogado al perder el agarre. Mi cuerpo cayó al vacío, impactando de lleno contra las copas de los árboles, atravesándolos a una velocidad aterradora. El golpe me arranco el aire de los pulmones; las ramas afiladas me rasparon el rostro con violencia, dejando líneas ardientes en mi piel y rasgando mi ropa.

El pánico me hizo reaccionar por instinto: estire las manos para aferrarme a lo que fuera. Mis dedos alcanzaron a cerrarse alrededor de una rama gruesa, pero la velocidad del descenso provocó un tirón brutal; la madera crujió y se rompió, haciendo que mi muñeca se torciera con un dolor espantoso.

Salí despedida hacia el suelo gris. En un reflejo desesperado por no golpear mi cabeza contra las rocas, moví las piernas en el aire, apoyando con demasiada fuerza la pierna derecha. Mi pie se dobló hacia adentro con un crujido sordo en el instante en que toqué la tierra. Una descarga eléctrica y lacerante me recorrió el tobillo, e inmediatamente después, caí de costado, privada de aire.

Me encogí sobre el suelo, apretando los dientes para no gritar. Los rasguños de la cara me ardían debido al escozor.

Trate de levantar la cabeza, pero estaba tan débil que el menor roce de la tierra contra mis heridas me arranco lágrimas de frustración. Con un esfuerzo tremendo, me obligue a reaccionar.




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