ELENOR
No puedo sentir mi cuerpo, ni hablar, tampoco ver; los párpados me pesaban como el plomo. Era una extraña sensación de flotar y hundirme al mismo tiempo en una oscuridad absoluta, claustrofóbica. Siento una opresión punzante en el pecho, como si raíces y flores enteras estuvieran brotando salvajemente entre mis costillas.
—Abre los ojos, querida. No dejaré que nada te pase.
Esa voz… no es la misma de antes. Es más cálida, más amable. Una inexplicable sensación de confort me atrajo hacia ella en cuanto la escuché.
—Abre los ojos, Elenor.
Logré mover los dedos. Una bocanada de aire frío irrumpió en mis pulmones y abrí los ojos de golpe, encontrándome de frente con la mujer que me llamaba.
Su aspecto era etéreo, completamente irreal. Poseía una piel translúcida de un azul profundo y luminoso, como agua que hubiera aprendido a aprisionar estrellas en su interior. Sus iris eran blancos como perlas, con un destello verde difícil de percibir y un sutil firmamento de motas brillantes que simulaban pecas. Su cabello, del mismo azul ondulante, flotaba a sus espaldas desafiando la gravedad. Sus manos parecían cubiertas por constelaciones que hacían de guantes, desvaneciéndose en la tela de un vestido azul abisal. En sus orejas y en su frente destellaban joyas con forma de estrella, portando una luz tan viva y consciente que hería la vista.
—¿Has terminado de mirarme, pequeña? —preguntó con una sonrisa.
—¿Quién eres? ¿Cómo sabes mi nombre? —atine a murmurar, con la voz rota.
—Temo que eso no puedo decírtelo. Pero tranquila, no desesperes. No te traje aquí para morir.
—E–entonces… ¿qué es lo que pretendes hacer conmigo?
—Querida, no te preocupes por lo que yo quiero. Solo te traje; no voy a acompañarte en lo que sigue —su sonrisa se volvió más enigmática—. Bueno, es mejor no hablar del tema si al final me olvidarás pronto.
—¿De qué estás hablando? ¿A qué te refieres con que voy a olvidarte?
Sus manos me sostuvieron el rostro con una delicadeza irreal. Se acercó lo suficiente para depositar un beso tierno en mi frente.
—Nos volveremos a ver.
Una punzada brutal me atravesó el pecho en cuanto ese ser se desvaneció. Me llevé la mano a la piel, clavando las uñas en mi antebrazo en un intento desesperado por contener esa agonía que se intensificaba a cada segundo, intentando reemplazarla con otro dolor.
Gimiendo, intenté respirar despacio. El aire volvió por fin a mis pulmones, áspero, quemando como si hubiera atravesado una hoguera. Abrí los ojos con el pánico atenazándome el pecho; mi cuerpo temblaba, helado por el miedo y por el eco persistente del sufrimiento.
Pero lo que encontré a mi alrededor fue peor que cualquier tormento físico.
Ya no estaba en mi mundo.
Los árboles, ennegrecidos y carcomidos, se alzaban como espectros calcinados con las ramas retorcidas hacia un cielo implacable. El sol permanecía en lo alto, brillante, y aun así todo estaba sumergido en una penumbra asfixiante, como si la luz misma hubiera perdido su propósito allí. Aquello no era naturaleza; era el cadáver de algo que había sido arrancado de raíz.
—¿Qué lugar es este? ¿Esa mujer quien…? Ugh —cerré los ojos un segundo, esperando que la migraña cediera, pero el dolor seguía ahí, aferrándose a cada pensamiento.
El suave chapoteo del agua captó mi atención, obligándome a bajar la mirada. Estaba sumergida en un manantial de aguas cristalinas. Pequeños pétalos de flores se adherían a mis rodillas y a mi clavícula como una segunda piel, delicados y persistentes.
Me incorporé con torpeza, pero mis pies resbalaron contra las rocas lisas del fondo y terminé empapándome el cabello.
—Debo tener más cuidado… —mascullé entre dientes.
Miré a mi alrededor, inquieta.
En la orilla, reposando sobre una piedra, encontré un vestido blanco, como si alguien lo hubiera dejado allí a propósito. Avancé despacio, midiendo cada paso, y en cuanto alcancé la prenda me deslicé entre unos arbustos marchitos para vestirme a toda prisa, ocultándome de un mundo que no comprendía.
Me quedé unos minutos observando el paisaje, fascinada y aterrorizada a partes iguales, hasta que un murmullo lejano entre los árboles me puso alerta. Regresé al borde del manantial con un escalofrío recorriéndome la espina dorsal. Mi instinto me lo confirmó: alguien me observaba desde las sombras.
Con el corazón desbocado, recogí varias piedras del suelo para defenderme. Me giré por completo y las lancé sin pensarlo, una tras otra, directo hacia la espesura. Las primeras cayeron sin siquiera acercarse a su objetivo.
—¿Qué…? —murmuré, con la respiración alterada.
La silueta avanzó un paso entre la maleza. Fue entonces cuando vi sus ojos: verdes, intensos y brillantes como esmeraldas bajo una luz inexistente. Se quedó inmóvil, evaluándome.
El miedo trepó por mi garganta. Presa del pánico, volví a arrojarle piedras, deseando con todas mis fuerzas que aquello fuera una pesadilla, creyendo que si cerraba los ojos lo bastante fuerte despertaría en mi cama.
Una de las rocas silbó en el aire y le rozó la sien. El hombre maldijo por lo bajo. Su voz llegó a mis oídos distorsionada, en un idioma hostil que mi mente no lograba procesar.
Solo quería defenderme, exigir respuestas, evitar que me tocara. Pero las cosas escalaron demasiado rápido.
En cuestión de minutos presencié cómo un felino alado se transformaba en una humana de cabello oscuro. Sentí el dolor de que me arrastraran como a un fardo hacia la orilla y la extrañeza de un collar de cuarzo que, al ser colocado en mi cuello, me permitió entender sus palabras por fin. Sin embargo, la magia no vino acompañada de hospitalidad.
¿Cómo rayos termine con una soga atada a las muñecas?
—¿Por qué me pusieron esto? —reclamé, extendiendo los brazos—. Ya no tengo piedras.
—Intentaste matarme —respondió el hombre de ojos verdes, con una frialdad cortante.