ATLAS
Esto es insólito. La amenace, estrechando los nudos de la soga hasta casi cortar su circulación, pero esa mujer simplemente no se calla. Una punzada de irritación me recorrió el brazo.
Quizá debería desenvainar la espada y rebanarle el cuello de una vez; en este rincón del bosque no hay testigos, nadie sabría jamás de su existencia y me ahorraría un problema innecesario. Solo tenía que deslizar el acero y…
—Me recuerdas mucho a un personaje, ¿sabías? Sabes, me llamo Elenor, aunque no preguntaste. Dime, ¿cómo te llamas tú?
Apreté los dientes, conteniendo el impulso de matarla.
—¿Puedes callarte de una maldita vez?
—Lo haré.
Finalmente. Un pesado silencio cayó entre los dos.
En cuanto cruzáramos las puertas del Imperio, la arrojaría en la habitación más profunda del ala oeste y prohibiría terminantemente que le abrieran la puerta.
—Pero antes tienes que decirme tu nombre.
Carajo.
Un pensamiento sombrío cruzó mi mente: Genèse. Esa gata traidora se había esfumado en cuanto la extranjera empezó a hablar sin filtro. Incluso Raksa, mi pantera, seguro se había agazapado en alguna cueva en cuanto detectó un olor que no fuera el mío. Me habían dejado solo con esta molestia.
—¿Me lo dirás?
Si no cerraba la boca, juro que la enterraría viva bajo las raíces del manantial.
—Atlas —murmuré, con la voz pastosa por la rabia.
—No te escuché. ¿Puedes repetirlo?
—Mi nombre… es Atlas —espeté, deteniéndome en seco y hablando más alto.
Ella se sobresaltó. Su rostro se contrajo un segundo por el miedo y dio un paso atrás, pero el movimiento tensó la soga, lastimándole las muñecas. Clavó la vista en sus manos enrojecidas y luego volvió a mirarme, forzando una sonrisa incómoda que pretendía ser valiente.
Exhalé un suspiro largo, presionando el puente de mi nariz con la yema de los dedos.
—Escucha. No has parado de parlotear y ya me tienes harto.
—Lo siento…
—Guarda silencio, ¿de acuerdo? Hablarás después.
La evalué con la mirada antes de reanudar la marcha. Las gotas de agua que aún se deslizaban por su cabello iban
marcando un rastro tenue sobre la tierra reseca, como si el suelo intentara retener un paso que no pertenecía a este mundo.
Esperé a que protestara por el frío, por la brisa helada que se enredaba entre nosotros o por la incomodidad de sus pies descalzos contra las rocas del sendero, pero se mantuvo callada. Una quietud extraña se instaló en ella, aunque estaba lejos de ser calma.
El Imperio se dibujó en el horizonte al cabo de un rato. Los techos desgastados y las vigas inclinadas por el tiempo daban la bienvenida a un entorno hostil, envuelto en un murmullo constante que flotaba en el aire como un enjambre de avispas.
Voces superpuestas, disputas por raciones, una tensión latente que nunca encontraba salida. Para mí, ver aquellas siluetas de tez cenicienta desplazándose entre chozas destartaladas era la rutina de cada día. Para ella, era el horror.
Cuando nos adentramos en las calles principales, el sonido de sus pasos detrás de mí cesó.
—…¿Qué es lo que está pasando aquí? —murmuró en un hilo tan leve que apenas logró alcanzarme.
—Camina —ordené, sin girarme.
Sus pies casi no hacían ruido al tocar el suelo irregular, salvo por el crujido de alguna piedra suelta que delataba su marcha. El rastro húmedo que traía desde el manantial comenzaba a desaparecer, absorbido por el polvo grisáceo del camino.
A nuestro paso, el gentío enmudeció. Los habitantes clavaron sus ojos cautelosos en la mujer. Hacía años que nadie nuevo pisaba estas tierras moribundas, y ver a una intrusa atada a una soga en manos de su Emperador encendió las alarmas de los habitantes.
El ruido de la calle regresó poco a poco, pero las miradas inquisitivas no se apartaron de ella. Cualquier otra persona se habría encogido bajo esa presión, intentando esconderse de la multitud.
Ella, en cambio, pareció analizar el entorno con una fijeza distinta.
—Atlas… ¿puedo acercarme?
—No uses mi nombre.
—¿Entonces cómo se supone que te llame?
—Su Majestad.
—Bien… Su Majestad —corrigió, midiendo sus palabras—. ¿Me daría un segundo de libertad? No voy a huir. No para esto.
No respondí con palabras. Tiré de la cuerda, arrastrándola hacia mí con brusquedad. Me acerqué lo suficiente a su oído, inclinando la cabeza lo justo para que mi advertencia no se mezclara con el rumor de la calle.
—Si huyes, mueres.
Nuestras miradas se cruzaron, fijas, sosteniendo un pulso invisible. Había algo en sus ojos que se negaba a doblegarse, un desafío silencioso que no necesitaba de réplicas.
—Como ordene, Majestad —respondió.
La solté, dejando caer el cabo de la cuerda. Había tensado tanto el agarre que, de no ser por el cuero de mis guantes, las fibras se me habrían quedado grabadas en la piel.
Elenor se apartó sin añadir nada. Caminó hacia un rincón del callejón donde un niño se acurrucaba con la piel agrietada y abierta en varios puntos por la enfermedad del reino.
Se agachó hasta quedar a su altura y le habló en un tono extremadamente bajo, ajeno al bullicio que los rodeaba. Luego, con un gesto torpe pero cargado de una compasión que aquí ya no existía, le acarició la cabeza, esbozando una leve sonrisa.
El niño frunció el entrecejo, desconfiado, pero no retrocedió. Cerró los ojos poco después, aceptando el contacto con una docilidad inusual en este lugar.
Ella se despidió del pequeño sin hablar. Al incorporarse, caminó de vuelta hacia mí y me extendió las muñecas de manera voluntaria.
—Te dije que no me iría.
—Eso fue innecesario —la autoridad en mi tono fue evidente, pero ella solo miró al niño de reojo.
—No. No lo fue.
—No atrases lo inevitable.
Su frustración ante lo que dije fue evidente, pero eso no podía importarme menos.