La anomalía del amor

Capítulo 14

ELENOR

Pegué la cabeza a la madera, conteniendo la respiración mientras el eco de sus pasos se iba alejando por el pasillo, atenuándose poco a poco hasta que el silencio del castillo se tragó el último rastro de su presencia.

Estaba sola.

Me di la vuelta y recorrí el espacio con la mirada, buscando desesperada cualquier debilidad, una ventana, una grieta, algo que me permitiera escapar antes de que a ese hombre se le ocurriera regresar. Pero el cuarto en el que me había sepultado era, sin duda, el lugar perfecto para encerrar a alguien. Si antes había creído, aunque fuera por un segundo, que Atlas era solo un idiota engreído con buen porte, me había equivocado por completo.

Su actitud solo hacía que me dieran ganas de patearlo y salir corriendo. Realmente… ¿él piensa que voy a quedarme de brazos cruzados esperando a que decida sacarme? ¿Para qué? ¿Para que luego le parezca buena idea matarme?

No, gracias. Como dicen en mi tierra: mejor aquí corrió que aquí murió.

Di un paso hacia atrás pero el lugar estaba tan desolado que una densa capa de polvo lo cubría todo, como si el tiempo se hubiera congelado allí dentro hacía años. Había libros abiertos por la mitad y páginas arrancadas en mil pedazos que se dispersaban por el suelo como hojas secas en otoño. Varias velas gastadas rodaban por el piso y, justo en una esquina que parecía extrañamente ajena al desastre, se alzaba una estantería de madera maciza.

Me acerqué con cautela, esquivando las pilas inestables de tomos, los lápices partidos, las astillas y los bocetos de dibujo arrugados que alfombraban el camino. Mientras avanzaba, mis dedos buscaron de forma instintiva el cuarzo que colgaba de mi cuello, girándolo entre las yemas con nerviosismo, sin despegar los ojos de las repisas.

La estantería estaba repleta de pequeñas piezas de madera tallada.

Con sumo cuidado, casi temiendo romperla, tomé una de las figuras. La acerqué a mis ojos para examinar los detalles del relieve: las orejas puntiagudas, la curva de las patas, la pequeña nariz y los ojos almendrados, perfectamente definidos, hasta recrear la silueta de un gato con las alas plegadas dócilmente sobre el lomo. Una réplica exacta de la criatura que había visto en el manantial.

—Es hermoso —murmuré, acariciando la madera pulida.

Me quedé contemplando la delicadeza del trazo en mitad de tanta destrucción. ¿Quién se había tomado el tiempo de esculpir algo tan lleno de vida en un mundo que se estaba muriendo?

No. Tengo que despertar. No había tiempo para admirar artesanías, por lo que dejé la pequeña figura de madera en la estantería, asegurándome de no hacer el menor ruido, y me obligué a apartar la mirada de ese rincón.

Mientras Atlas no está, tengo una ventaja de tiempo limitado antes de que, a él, o cualquiera de sus guardias con cara de pocos amigos, se le ocurriera venir.

Inspeccioné el cuarto más rápido, ignorando la punzada persistente en mi cabeza. El desorden de libros rotos y bocetos arrugados en el suelo ahora me resultaba útil; si encontraba algo lo suficientemente rígido o afilado entre los escombros de este estudio abandonado, tal vez podría intentar forzar la cerradura de la pesada puerta de madera. O mejor aún, una salida alternativa.

Me abrí paso hacia el fondo de la habitación, apartando una cortina vieja y desgastada que acumulaba suficiente polvo como para hacerme estornudar. Detrás de la tela, oculto por la penumbra del ala abandonada del castillo, el contorno de un ventanal estrecho se dibujó ante mí. Las hojas de madera que lo cubrían estaban atrancadas, pero no parecían tan imponentes como la puerta principal.

Tragué saliva, sintiendo los latidos de mi corazón golpear contra mis costillas. No tenía idea de qué tan alta era esta sección del palacio, ni de lo que encontraría al otro lado si lograba abrirlo. Pero quedarme encerrada a merced de un Emperador que me miraba como si fuera un bicho raro no era una opción.

Me acerqué al ventanal y apoyé las manos contra los bordes, empujando con fuerza hasta que la madera cedió de un golpe con un crujido seco.

La brisa fría irrumpió de inmediato, revolviendo mi cabello y disipando el olor a polvo de la habitación.

Por un segundo, el alivio me recorrió el cuerpo, pero no duró mucho.

—… Esto tiene que ser un chiste de mal gusto.

El ventanal daba al abismo exterior del castillo, a una altura muchísimo mayor de lo que imagine. Abajo solo se extendía un patio desolado de piedra y algunos arbustos secos que, desde aquí, parecían incapaces de amortiguar absolutamente nada.

Retrocedí un paso, sintiendo el pulso acelerándoseme en los oídos.

Podía dar marcha atrás. Podía quedarme allí, esperando a que el Emperador regresara.

No. De ninguna manera.

Tragué saliva y, tragándome el vértigo, me subí al borde de la ventana con torpeza. Me aferré a la piedra rugosa de la fachada exterior, sintiendo cómo el viento me golpeaba el rostro mientras buscaba desesperadamente un saliente donde apoyar los pies.

—Solo… solo baja despacio… —me ordené en un susurro, intentando calmar el temblor de mis manos.

La superficie estaba húmeda y resbaladiza por la neblina. Mis dedos, entumecidos por el frío y el miedo, apenas lograban aferrarse a las junturas de los bloques de roca.

Entonces, el apoyo de mi pie izquierdo cedió.

Solté un grito ahogado.

Perdí el agarre por completo. Mi cuerpo resbaló por el muro y caí de golpe, impactando de lleno contra las ramas rígidas de los arbustos inferiores. El golpe me arrancó el aire de los pulmones; las ramas me rasparon el rostro con violencia, dejando líneas ardientes en mi piel, mientras intentaba frenar la caída estirando las manos. Una descarga de dolor agudo me atravesó la muñeca izquierda al golpear contra el suelo, e inmediatamente después, una punzada aún más intensa me recorrió el tobillo derecho.




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