La anomalía del amor

Capítulo 15

ATLAS

El murmullo incesante de los nobles alimentaba la irritación que sentía desde que comenzó el día.

Sus voces se mezclaban con las preguntas innecesarias que había hecho esa mujer. No tenía duda de que era peor tratar con ella que con una dama noble.

Apoyé el brazo en el soporte tallado del asiento y me presioné la sien con la yema de los dedos.

Una punzada de molestia me recorrió el brazo.

—La escasez en los suburbios del sur ya es insostenible, Su Majestad —espetó el viejo consejero Vane, golpeando un pergamino con el índice—. Las raciones de grano no durarán otra semana si se siguen infectando. Si no conseguimos que los reinos vecinos abran sus fronteras para el comercio, el descontento de los plebeyos se transformará en una revuelta.

—¿Y qué propone, Vane? —intervino otro de los nobles, cruzando los brazos con frustración—. Hemos enviado emisarios a tres cortes distintas. Todos cierran sus puertas en cuanto ven nuestro sello. Nadie quiere aportar recursos a un Imperio que consideran moribundo. Nos ven como una causa perdida.

El debate continuó, convirtiéndose en un enjambre de quejas y lamentos sobre lo difícil que había sido arrancarles una sola promesa de ayuda a las tierras aliadas.

Lo único que han logrado con sus disputas ha sido dar lástima a los otros reinos, permitiendo que nos tratasen de esta forma tan mediocre.

En lugar de usar la mano dura, preferían moverse como serpientes entre los comerciantes creyendo que conseguirían algo, pero estaba harto de escucharlos hablar sobre cosas que difícilmente se resolverían si seguían regodeándose en banalidades.

Un picoteo insistente en la ventana termino con la poca paciencia que me quedaba.

—Ya es suficiente. Sigan discutiendo las rutas de suministro —ordené, poniéndome en pie de golpe y cortando el parloteo de los nobles de forma tajante—. Revisaré los informes de las patrullas fronterizas yo mismo.

Todos me observaron con expresiones confusas, tal vez cuestionandose la razón por la que los había interrumpido.

—Tengo que encargarme de algo. Así que lárguense y continúen en otro sitio.

—Disculpe mi insolencia, Su Majestad. Pero debemos encargarnos de esto antes de que —

—Dije. Largo.

Se aferraron al soporte de madera con las caras pálidas.

El silencio reino por un instante antes de que se miraran entre ellos y comenzaran a levantarse de las sillas; el sonido chirriante de la madera contra el suelo resultó insoportable.

No fue hasta que todos se encontraron fuera que me dirigí a mi caballero.

—Dimitri.

—¿Desea algo, Su Majestad?

—Abre la ventana —hice un gesto con la mano, señalando detrás de mi.

—Enseguida, mi señor.

Dimitri caminó hacia ella y la abrió de un golpe sordo. Roan salió volando, trazando círculos erráticos en el aire como si tuviera un ala herida, hasta que por fin se posó en el respaldo de una de las sillas. Una vez allí, se rascó las plumas con el pico con total parsimonia e hizo una reverencia improvisada.

—Su Majestad. Vengo a entregar mi informe.

—Adelante.

—El manantial no ha presentado ningún cambio significativo. No emite luz —informó, manteniendo la vista fija en mí—. Sin embargo, fui a comprobar la información que me dio hace unos minutos. Si me permite seguir investigando, creo que podría presenciar la aparición de los cuarzos.

—¿Algo más?

—Si, mi señor. De camino aquí presencie a una mujer dentro del territorio.

Me levanté de la silla abruptamente, golpeando la mesa con la palma de la mano. El impacto resonó en toda la habitación y Roan se sobresaltó, perdiendo el equilibrio por un segundo.

—¿A quién has dicho? —le exigí, clavándole una mirada cargada de incredulidad.

—U-una mujer. Estaba en el laberinto.

¿Cómo diablos había logrado…?

Maldita sea. Esa mujer no sabe lo que es quedarse quieta.

—Roan.

—Dígame, mi señor.

—Encárgate de que ningún caballero del ala sur se acerque. Nadie debe saber de su existencia.

—Como ordenéis.

Batió las alas con fuerza y salió volando hacia la ventana.

—Dimitri, encárgate del ala norte. Yo atrapo a la sabandija.

—Enseguida, Majestad.

Cerré el mapa de un manotazo y salí de mi despacho, pisando fuerte.

El gris perpetuo de la tarde empezaba a asfixiar el ambiente cuando me detuve frente a la entrada del laberinto. Aquellos muros imponentes y desgastados se alzaban ante mí.

Crucé el umbral de piedra. El suelo irregular mostraba las marcas arrastradas de su marcha.

Giré en la tercera bifurcación. Justo ahí, mis ojos se clavaron en ella.

Realmente había creído que huir era una buena opción. Lo extraño era que hubiese caído de tan alto y no haber muerto con el impacto.

Estaba acurrucada contra la pared de roca gris, intentando mimetizarse con las sombras

—Te dije que si huías, morirías.

Me miró de reojo, forzando una línea rígida en su postura, negándose a doblegarse. Note el momento exacto en el que soltó un siseo, agarrándose el tobillo con una mano.

Su pie estaba atado con torpeza con ramas y tiras de tela sucia, notablemente hinchado. Su muñeca se veía aún peor con ese tono morado oscuro.

Se veía rota, desprovista de la altanería con la que me había desafiado en la calle.

Debería arrastrarla de vuelta por el cuello o dejarla encerrada bajo llave en el calabozo más profundo. Pero no era necio, sabía que encerrarla de nuevo solo haría que siguiera buscando la forma de escapar aunque no existiera desde el principio.

Di un paso al frente. El crujido de mi bota contra la roca rompió el silencio.

Ella abrió los ojos de golpe. El pánico inundó sus pupilas, pero intentó disfrazarlo al ponerse en pie apoyándose en el muro. Sus fuerzas flaquearon de inmediato y su cuerpo amenazó con desplomarse contra el suelo calcáreo. Sin embargo, antes de que tocara la tierra, me deslicé hacia adelante y la sujete por la cintura, pegando su espalda contra mi.




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