ELENOR
Si me hubiesen dicho que todo esto me pasaría en una semana o en cuestión de minutos, los habría llamado lunáticos y le escribiría a Cloe sobre las locuras que inventan los demás, pero aquello no daba gracia, solo dolor de cabeza y unas ganas tremendas de ir a terapia.
De no haber sido por la extraña magia que me rodeo las piernas usando el aspecto de una flor, seguiría creyendo en lo más profundo de mi ser que nada era real, a pesar de que en el instante en el que había intentado confrontarlo con la mirada, no podría haberme hecho estar más segura de que lo era.
Todo estaba sucediendo de una u otra forma. Quisiera o no, solo podía hacerme la valiente. Sin embargo, esa adrenalina que me impedía caer estaba desvaneciéndose.
Toque con desespero el collar, comprobando que no se había roto. Había olvidado hacerlo después del impacto, pero si él todavía entendía mis palabras no hacía falta verificarlo.
Baje la mirada lentamente hacia las flores azules. Hortensias… su significado era justo eso que me negaba a perder incluso en la peor de las situaciones; la esperanza. Observe como el ambiente sofocante se dispersaba poco a poco mientras los pétalos arrastrados por el viento nos rodeaban como si aquella fuera una escena de cuento de hadas, pero eso no podría ser más falso y el agonizante que comenzaba a trepar desde mi tobillo hasta mi muñeca solo me dio la razón.
La rabia me impulsó a agarrarlo del cuello de la camisa con urgencia, ignorando mis heridas, pero el escozor ardiente en mi rostro trajo consigo todo lo demás. Y que me llamase bruja solo empeoraba las cosas, encendiendo una oleada de furia que no sabía cómo contener.
Mi visión se tornó borrosa por un instante, y mis nudillos se volvieron completamente blancos a causa de la fuerza con la que lo estaba sosteniendo, descargando en ese agarre toda mi frustración. Lo solté de un manotazo desordenado, pero el impulso me echó hacia atrás, haciéndome perder el equilibrio mientras me tambaleaba en busca de un apoyo que no existía.
—Ahora sí me has dado una razón para no acabar contigo, bruja.
—No soy ninguna bruja, idiota —siseé, intentando apoyar la espalda contra la piedra, pero sintiendo de inmediato que las piernas no me sostendrían por mucho tiempo.
Él acortó la distancia, con el fastidio reflejando en su mirada.
Antes de que pudiera siquiera intentar apartarme, se inclinó, me tomó por la cintura otra vez, levantándome del suelo y subiéndome sobre su hombro como si fuera un saco de carne. El golpe seco contra su torso me dejó sin aire.
—¡Suéltame! ¡Dije que me sueltes! —grité lo más fuerte que pude, pero él ignoro por completo los golpes frustrados que estampaba contra su espalda.
—Cállate de una vez —ordenó de forma tajante. Yo intenté soltar un bufido de indignación, pero la presión de su hombro contra mi estómago me obligó a tragarme las palabras. Tras un breve silencio, él volvió a hablar—: Dimitri.
¿A quién demonios llamaba? El dolor me estaba nublando el juicio, haciéndome alucinar y seguro es por eso por lo que parece hablar con las piedras.
—A la espera de sus órdenes, Majestad —una voz profunda resonó entre los muros grises, materializándose desde las sombras.
¿Estuvo ahí todo este tiempo? Esto me está dando escalofríos. ¿Es que acaso en este mundo nadie actúa como una persona normal?
—Consigue algo para sus heridas. Ungüentos, vendas, lo que sea que funcione —ordenó con voz gélida —. Y encárgate de borrar su rastro. Que nadie más sepa que estuvo aquí.
—Como ordenéis, Su Majestad.
—Y entrégame tu capa.
—Aquí tiene.
El hombre se quitó la prenda, entregándola con total tranquilidad e hizo una reverencia, su rostro estaba tan inexpresivo que me resultaba difícil de observar.
Él la tomó, tirándola sobre mí como si quisiera esconder un cadáver, las ganas de seguir golpeándolo con las fuerzas que me quedaban incrementaron, pero este ya no era el momento de desafiarlo ni protestar. Con un arma de por medio, cualquier cosa podía pasar y seguir arriesgando mi vida no me llevaría a ninguna parte.
La sangre siguió bajando a mi cabeza, todo daba vueltas y el mundo se redujo a un vaivén caótico y desenfocado. Cada paso que él daba se sentía como un golpe seco en mi estómago, cortándome el aire que ya de por sí me costaba respirar.
Mi cabello caía como una cortina desordenada, rozándole la espalda, traté de aferrarme a su ropa, pero mis dedos no respondieron y de mi garganta solo salió un hilo de voz ahogado. La presión en mis sienes se volvió insoportable, el zumbido en mis oídos lo apagó todo y la oscuridad terminó por reclamarme.
🩷🩷🩷
Recobre la conciencia poco a poco, tratando de despejar la neblina en mi mente. Intenté enfocarme en lo que me rodeaba, al mismo tiempo que las sombras de la habitación fueron tomando forma. No me encontraba en el cuarto anterior; no había rastro del olor a polvo y madera e incluso el techo era distinto; ya no tenía pintura resquebrajándose ni grietas en algunos rincones.
Trate de incorporarme sobre la cama, pero la sábana pesaba sobre mi cuerpo. Con movimientos lentos llevé una mano temblorosa a las heridas en mi rostro, la sangre se había detenido, pero el escozor solo se volvió más intenso, acompañado de una sensación pegajosa que me mancho la punta de los dedos.
Aparte la mano de mi cara, viendo el vendaje nuevo que me cubría. No me quedaban dudas de que alguien me había curado y ese hecho debería haberme tranquilizado. En su lugar, estaba aterrada porque no tenía ni la menor idea de quien lo hizo.
Recuerdo escuchar a Atlas ordenando a ese hombre rígido que trajera medicinas, pero imaginarlo curándome resultaba extraño e incómodo. A pesar de eso, la inflamación parecía haber disminuido bastante, haciendo que fuera más soportable.
Quité la manta con suavidad, levantándome poco a poco, y bajé las piernas de la cama, apoyando los pies en el suelo. Apenas lo hice, una oleada de mareo me golpeo tan fuerte que tuve que aferrarme al colchón para no caer hacia atrás.