La anomalía del amor

Capítulo 17

ATLAS

La cuchilla crujió contra la madera en la penumbra del despacho. Mis manos controlaban el filo con una delicadeza precisa, retirando finas astillas que caían sobre el escritorio. Soplé el aserrín, revelando los contornos de unos pétalos que empezaban a nacer del bloque oscuro. La esculpía de memoria, calcando cada curva de la flor que la había rodeado esa misma tarde en el laberinto.

El sonido de la puerta rompió el silencio de la noche.

—Señor —el mayordomo avanzó dos pasos con firmeza—. Llegaron los edictos imperiales para su firma y la correspondencia diplomática con los reinos vecinos. Requieren su revisión inmediata.

—Déjalas ahí —ordené sin la menor intención de soltar la cuchilla.

Él colocó los pergaminos y las cartas selladas sobre la mesa, cuidando de no alterar mis herramientas ni los informes que se acumulaban a un lado.

—¿Hay algo más en lo que pueda servirle? —preguntó en voz baja.

—No. Retírate.

La puerta se cerró y las sombras volvieron a devorar la oficina. Dejé a un lado el acero para tomar la pieza entre mis manos. Ignorando los sellos de cera y las urgencias del imperio que esperaban sobre la mesa, mis dedos regresaron a la madera, delineando el relieve de los pétalos a medio terminar.

Me centre en dar los detalles finales hasta dar con el aspecto que quería. Levante la pieza, observando las líneas casi perfectas siendo iluminadas por la luz de la luna.

Esto era lo único que conseguía que mi mente no se convirtiera en un desastre, pero ahora el solo verlo me daba dolor de cabeza.

Atar los cabos sueltos sobre como ese maldito manantial había sido capaz de traer no una, sino dos personas y, para terminar de fastidiarme la paciencia, una de ellas no actuaba de la forma convencional.

Parecía que su instinto de supervivencia consistía en arrojarse al peligro y esperar que el mundo se apartara de su camino.

—Su Majestad, he traído a la extranjera como solicito.

Ya era hora.

—Entren.

Me crucé de brazos, limitándome a observarla. La mujer recuperó la postura y alzó la frente, plantándome cara con una expresión impasible y combativa. No había insultos en sus ojos, solo una determinación obstinada que no pretendía ceder.

—Vete. Yo me encargo de nuestra invitada.

—Como desee, mi señor.

La puerta se cerró con un golpe fuerte que resonó en el despacho.

Miro de reojo el escritorio a mis espaldas, un atisbo de entendimiento cruzo sus ojos, pero me interpuse antes de que pudiera enfocar la mirada, bloqueándole la vista por completo. Ella frunció el ceño y comenzó a pellizcarse el dorso de la mano, un claro e infantil intento de por recuperar la compostura que me dio ganas de reír con desdén.

—No entiendo qué pretendes con esto —declaró, midiendo sus palabras —. Pero exijo que me dejes marchar. Este no es mi hogar.

Aquí vamos de nuevo.

Sostuve su mirada sin un solo parpadeo. Analicé su estado físico en un segundo: la respiración agitada, la piel pálida por el frío y un pie vendado. No había lógica en su exigencia, solo un impulso dictado por el pánico.

—¿Exiges? Tus exigencias no tienen peso aquí —respondí con tono plano —. No estás en posición de negociar, y mucho menos de imponer condiciones.

—Ah, ¿no? ¿Y según quién? —dio un paso tambaleante hacia adelante, acortando la distancia con una temeridad que rayaba en la estupidez—. No puedes retenerme en este castillo solo porque te parezca conveniente. Hay personas esperándome. Tengo una vida que no tiene nada que ver con este sitio.

—Ya que todavía no te das cuenta déjame decírtelo. Tu vida anterior dejó de ser relevante en el instante en que apareciste en ese manantial —replique, dando un paso al frente de manera pausada. Mi altura la obligo a reclinar un poco la cabeza, pero no retrocedió, manteniendo el mentón en alto —. Mírame bien. No te retengo por capricho. Eres una incógnita en mis tierras. Una extraña que cruzo por una grieta que no debería existir. Eso te convierte en un peligro, o en una pieza de un rompecabezas que debo resolver.

—¡No soy un peligro para nadie! —exclamó, y esta vez la frustración le tiñó las mejillas de rojo—. Solo soy alguien que quiere volver a casa. Si de verdad eres tan inteligente como pretendes sonar, te darías cuenta de que tener aquí a alguien que no sabe usar una espada es una absoluta pérdida de tiempo.

Ladeé la cabeza apenas unos milímetros, procesando sus argumentos con fría lógica. Su falta de preparación militar era evidente, pero su origen seguía siendo el verdadero problema.

—La ignorancia no te hace inofensiva. A veces eso que no podemos controlar son lo que causan los peores desastres —baje la mirada hacia el cuarzo que Genese le había colocado—. Ese colgante es lo único que te permite modular tus palabras para que nos entendamos. Si te dejo cruzar esas puertas ahora mismo, no durarás una hora allá afuera. Además, tu hogar está al otro lado de una brecha sellada —respondí, con voz gélida.

Ella guardó silencio, asimilando mis palabras. Vi cómo sus ojos viajaban hacia la pesada puerta de madera y luego regresaban a mí, buscando una fisura en mi resolución. No la encontró.

—Entonces, ¿qué se supone que deba hacer? ¿Sentarme a esperar a que decidas si soy una amenaza o no? —preguntó en un susurro amargo.

—Exacto. Te quedaras dentro del castillo hasta que termine de evaluar la situación. Y si decides salir, no lo harás sola. Dimitri ya debió informarte sobre eso. Hay agua y raciones suficientes. Te sugiero que regreses a tu habitación y utilices el tiempo para calmarte.

—Eres un maldito insensible —murmuro entre diente mientras la impotencia la dominaba.

—Y una cosa más. No te vas a ir hasta que descubra cómo lo hiciste. Y, sobre todo, qué hiciste ahí dentro.

Frunció ligeramente el ceño, confundida, pero sin bajar la guardia.

—¿A qué te refieres? Solo intentaba escapar.




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