ELENOR
Cenizas. Solo cenizas. Restos de lo que podría haber sido mi boleto a casa. Un golpe de realidad me oprimió el pecho como una avalancha; la incertidumbre de no tener forma de volver me hizo más difícil respirar. Detrás de mí, la silueta de Atlas perdió nitidez hasta convertirse en una mancha oscura e indescifrable. Mi visión se volvió difusa mientras miles de preguntas giraban sin parar en una espiral sin salida. No logro entender la razón de todo esto.
¿Por qué…? ¿Por qué tenía que ser yo? ¿Por qué no fue alguien más?
¿Por qué esta pesadilla parece estar alargándose?
¿Por qué no puedo volver a mi vida antes de que todo se pusiera patas arriba?
Esto no debería estar pasando. Nada de esto debería ser posible. Lo odio… ¿Por qué? ¿Por qué? ¡¿Por qué?! Un hormigueo insoportable se arremolinó detrás de mis parpados; apreté los dientes y retuve las lágrimas lo mejor que pude. Me negaba rotundamente a que él me viera en ese estado otra vez.
Trate de levantarme, de despegar la vista de la mesa, pero las piernas no me respondieron. La biblioteca entera pareció encogerse, alejándose hacia un fondo borroso mientras el aire se atascaba en mi garganta. La imagen de la tinta expandiéndose como un ente vivo volvió a cruzar por detrás de mis ojos, una y otra vez. El humo con olor a azufre, el destello verde. Aunque me molestará admitirlo, Atlas tenía razón: alguien sabía que yo estaba aquí. Sabía que encontraría el libro y había aprovechado el momento exacto para deshacerse de mi única esperanza.
Desde fuera, para cualquiera en la sala, mi figura no era más que la de una prisionera en el límite de sus fuerzas, petrificada frente a un puñado de cenizas. Un par de voces extrañas se abrieron paso a través del zumbido, pero las palabras llegaban amortiguadas, como si provinieran del fondo del agua.
—Oye, ¡Oye! —Atlas agitó una mano frente a mi rostro, pero no me inmute. Un leve fruncimiento en su ceño delataba la creciente molestia que le causaba mi inmovilidad—. ¿En serio? No me digas que ahora vas a fingir sordera.
El crujido de la pesada puerta de roble resonó a lo lejos.
—Mi señor, ¿puedo pasar?
—Hazlo.
Dimitri cruzó el umbral con pasos cautelosos, midiendo cuán cerca o qué tan lejos debía mantenerse de nosotros. Sus ojos recorrieron mi postura rígida y el evidente temblor que intentaba ocultar.
—¿Sucede algo? —murmuró el caballero, desviando su atención directamente hacia mí.
—No. Esta mujer simplemente está loca —respondió Atlas, cruzándose de brazos con un desdén calculado.
Dudó por unos segundos, observando de reojo el leve espasmo con el que mis dedos intentaban aferrarse a la mesa.
—¿Está seguro, Su Majestad? No creo que ella se encuentre bien.
—Con lo orgullosa que es, no cabe duda.
Sin esperar más órdenes, se acercó a paso lento y puso sus manos sobre mis hombros de forma prudente, moviéndome apenas un poco para hacerme reaccionar. Pero la sensación de su contacto contra mi piel rompió algo dentro de mí y me provocó una náusea instantánea.
Desvié la mirada de forma frenética hacia mi cintura y mis piernas. Para ellos, solo estaba mirando el suelo en un arranque de paranoia, pero ante mis ojos, la sombra bajo la mesa había cobrado una densidad grotesca. De la penumbra surgían brazos oscuros que trepaban por mi cuerpo como serpientes, enroscándose con una lentitud asfixiante alrededor de mi torso.
—Aléjate… —mi petición sonó apenas como un soplido hueco.
—¿Señorita? —preguntó, inclinándose un poco para intentar buscar mi mirada.
Al agachar la cabeza, mi cabello cayó hacia adelante sobre mi rostro, ocultándolo casi por completo de la vista de ambos. Las sombras serpenteantes siguieron subiendo, helándome la piel y aprisionándome las costillas con una fuerza que me impedía llenar los pulmones.
—¿Y ahora qué le dio? —masculló Atlas con impaciencia.
El roce del aire congelado y la presión física sobre mis hombros terminaron por colapsar mi juicio.
—¡No me toques! —grité lo más alto que pude, apartando a Dimitri de un manotazo violento, con la voz completamente quebrada por el pánico.
El manotazo resonó en las paredes de piedra de la biblioteca como un disparo. Dimitri dio un paso atrás por puro reflejo, alzando las manos en un gesto defensivo, mientras me miraba con una mezcla de sorpresa y consternación.
El impacto físico contra su mano rompió la alucinación de golpe. Las sombras serpenteantes que creía ver enroscadas en mi cuerpo se disolvieron en el acto, volviendo a ser simples penumbras inofensivas proyectadas bajo la mesa. El aire helado que me ahogaba desapareció, permitiéndome tomar una bocanada de aire rasposa y desesperada que me quemó la garganta.
Atlas también había retrocedido unos pasos, poniendo distancia entre nosotros.
Me quedé allí, temblando, apoyando las palmas contra el borde del roble chamuscado para no desplomarme, e intentando mantenerme de pie. La silla cayó a mis espaldas con un estruendo.
—Suficiente —retumbó la voz de Atlas.
No hubo gritos en su tono, solo una frialdad absoluta que cortó el silencio como una navaja. Cruzó la distancia que nos separaba con pasos lentos y calculados hasta quedar justo a mi lado o.
—Dimitri, retírate —ordenó sin desviar la vista de mi figura encorvada—. Limpia este desastre más tarde.
—Pero, Su Majestad… —comenzó el caballero, dudando al ver mi respiración descontrolada.
—Dije que te retires.
Dimitri echó un último vistazo en mi dirección, apretó la mandíbula y realizó una reverencia tensa antes de dar media vuelta y cruzar la puerta. El sonido de la pesada madera al cerrarse nos dejó sumidos en un silencio sepulcral.
Él se inclinó despacio, lo suficiente para que su sombra me cubriera por completo, pero sin llegar a tocarme.
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Editado: 05.08.2026