ATLAS
La biblioteca se sumió en una quietud incómoda en cuanto esos dos salieron. Un peso distinto me oprimía la boca del estómago. Ahora tenía otra cosa de la que hacerme cargo sin siquiera haberlo pedido. Camine hacia el otro extremo de la mesa, tome los libros y los guarde en donde pertenecían. Al regresar, me quede inmóvil observando el volumen chamuscado. Las hojas estaban hechas cenizas. Lo cerré, analizando la portada, apenas tenía rastro de lo sucedido, pero el desgaste dejaba mucho en que pensar. Era extraño, no recordaba haber visto ese libro antes. Nada en el me resultaba familiar.
El leve roce de mis dedos contra la cubierta ligeramente arruinada dejo una mancha oscura sobre mi piel. Intente descifrar con solo un vistazo como algo que había estado guardado en este lugar podía haber desaparecido en un parpadear de ojos. La biblioteca parecía guardar un secreto que se me escapaba de las manos, y esa sensación de descontrol me irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Solté un resoplido sordo. La escena de hace un momento no dejaba de repetirse en mi cabeza: esa chica era un dilema constante. La forma en que sus ojos se dilataron de puro terror, la respiración ahogada y la desesperación en sus manos intentando aferrarse a algo invisible no era una actuación. Había algo muy real acechándola, algo que ni siquiera yo podía entender. Quienquiera que estuviera detrás de esto se había asegurado de no dejar huellas y había osado en desafiarme en mi propio hogar.
Un leve crujido en la madera del suelo rompió el silencio del lugar.
Gire la cabeza despacio hacia la entrada, dejando el libro sobre la mesa de roble.
—¿Qué quieres?
Roan dio un paso al frente.
—Perdone la intromisión, Su Majestad —comento, inclinando la cabeza con un respeto que sonaba ensayado —. Pero ¿podría preguntar quién era la mujer de esta tarde?
—No me hagas perder el tiempo con preguntas absurdas —interrumpí con la voz helada —. ¿Para eso viniste?
Lo atravesé con la mirada, aguardando la verdadera razón para su presencia a estas horas.
—Pido disculpas por el atrevimiento.
—No te queda ser formal en lo más mínimo.
—Intentaba ser cortes, pero al parecer estas molesto con la vida —se encogió de hombros —. ¿Qué culpa tengo yo?
Roan acomodo las mangas de la túnica con aburrimiento y saco una carta del bolso en su cintura.
—Dime a que viniste. No recuerdo haber pedido tu presencia.
—Le traigo información. El conde Douglas está tramando algo, tal parece que esta aliado con el barón Rubén.
Cerré la mano en un puño, golpeando la mesa con fuerza. El sonido hizo eco, rebotando en las paredes.
—Esos imbéciles no tienen nada mejor que hacer.
—Si me permite proponer algo, creo que deberíamos aumentar la seguridad del castillo.
—¿Aumentar? Ni siquiera podemos proporcionar comida suficiente, ¿y quieres que los ponga a trabajar?
—Su Majestad, comprenda lo que intento decir.
—¿Qué quieres que entienda? ¿Qué mi gente está muriendo de hambre y aun así debo ponerlos a qué?
—Señor, le pido que me deje terminar de hablar.
Extendió ambos brazos hacia adelante, con las palmas abiertas e intentando hacerse escuchar.
—No, dime una cosa, ¿acaso piensas que debería mandarlos a morir por una estúpida corona? He aceptado muchas cosas, Roan, pero esto no es una de ellas.
—Señor, eso no es lo que intento decir. Tiene que escucharme. Es la única opción que tenemos.
—Ya he dicho que no.
—Solo será una medida preventiva. Podemos encontrar como pagarles.
—Largo, no quiero seguir viéndote. Puedo defenderme solo, lo sabes.
Frunció los labios en una mueca de disgusto y se retiró con una reverencia rápida.
Me frote los ojos con brusquedad, sin embargo, un brillo sutil bajo la luz de las velas llamo mi atención; era una carta con un sello familiar.
Me encamine hacia el cajón que se encontraba en una esquina, lo abrí y saque una cuchilla. El filo atravesó la cera con un leve crujido.
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A Su Majestad, Rey Atlas del reino de Oakhaven
Es mi deber informarle de manera oficial sobre el anuncio de mi compromiso matrimonial, se trata de un acontecimiento destinado a redefinir el mapa político y la estabilidad de nuestra región.
Soy plenamente consciente de las difíciles circunstancias que atraviesa su reino durante estos años en los que ha sido gobernante. Sin embargo, se muy bien que usted sigue siendo un soberano y que ostenta el título de rey, independientemente de la forma en que haya ganado su lugar en el trono. Es precisamente por el peso de su posición y el valor estratégico de su corona que su respalo público resulta fundamental para consolidar esta alianza.
No debe preocuparse por el tema del respeto, reconozco que es algo que no todos le han otorgado en este tiempo. Así como no es fácil conseguirlo.
Sin más, le comunico que con el fin de celebrar este hito como corresponde a la dignidad de nuestras naciones y abordar en detalle la colaboración entre ambos reinos de la que os e hablado.
Le solicito formalmente autorización para organizar una recepción y baile diplomático en su castillo. Dicho encuentro nos ofrecerá el marco adecuado para discutir a fondo los términos que pondré sobre la mesa.
Como muestra de buena voluntad y de la prosperidad que esta unión traerá consigo, el Reino de Goldwyn garantiza que la entrega de suministros y víveres hacia sus tierras comenzará a la brevedad posible. A cambio de esta concesión inmediata, espero contar con su apoyo firme y expreso a mi compromiso matrimonial.
Quedo a la espera de su respuesta para coordinar los preparativos del evento y la logística de los envíos.
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Editado: 07.09.2026