La Anomalia I El reloj del fin

PRÓLOGO El Último Guardián

El tiempo estaba muriendo.

No de forma repentina. No con explosiones ni catástrofes visibles. Moría lentamente, como un reloj antiguo cuyos engranajes comenzaban a desgastarse después de funcionar durante siglos.

Las grietas eran pequeñas al principio. Insignificantes. Un recuerdo que cambiaba. Una fecha que desaparecía de un libro. Una fotografía donde una persona dejaba de existir.

La mayoría de los seres humanos jamás lo notaban. Continuaban viviendo sus vidas, ignorantes de que la historia misma se estaba rompiendo bajo sus pies.

Pero él sí lo notaba. Siempre lo había notado. Porque era el último. El último Guardián.

De pie sobre la torre más alta de Cronópolis, observaba el inmenso mecanismo que sostenía la realidad. Miles de engranajes giraban bajo un cielo sin sol ni estrellas.

Era una ciudad construida fuera del tiempo. Un refugio creado cuando el mundo era joven. Un santuario destinado a proteger la Línea Original.

Y estaba fallando.

Lentamente.

Irremediablemente.

El Guardián cerró los ojos. Podía escuchar el sonido de las fracturas. Cada grieta temporal emitía una vibración distinta, como notas desafinadas en una melodía perfecta.

Durante siglos había intentado contenerlas. Durante siglos había esperado. Pero el momento finalmente había llegado.

La última oportunidad.

La única posibilidad de salvar aquello que quedaba.

Abrió la mano. Sobre su palma descansaba un reloj de plata. Pequeño. Antiguo. Aparentemente insignificante.

Sin embargo, era una de las reliquias más poderosas jamás creadas.

Las manecillas giraban hacia atrás. Siempre hacia atrás. Buscando. Esperando.

El Guardián observó el horizonte de Cronópolis. A lo lejos, los grandes relojes de las torres comenzaron a moverse al mismo ritmo.

Una señal.

La llamada había comenzado.

Después de siglos de silencio. Después de incontables intentos fallidos. Finalmente lo había encontrado.

Una leve sonrisa apareció en su rostro cansado.

—Ya es hora.

Las manecillas del reloj se aceleraron. La energía recorrió toda la ciudad. Los engranajes despertaron.

Y en algún lugar del mundo, muy lejos de Cronópolis, una caja gris inició su último viaje.

Un viaje que terminaría en las manos de un hombre común. Un inspector de aduanas. Alguien que no conocía la magia, ni las reliquias, ni las guerras ocultas que se libraban detrás de la realidad.

Alguien que aún ignoraba que el destino del tiempo entero descansaba sobre sus hombros.

Su nombre era Mateo Vargas.

Y estaba a punto de abrir una caja que nunca debió existir.




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