La Anomalia I El reloj del fin

Capítulo 1 La Anomalía

La lluvia golpeaba el techo de lámina de la terminal de carga con una insistencia casi furiosa.

A esa hora de la noche, el aeropuerto ya no parecía un lugar de viajes, despedidas ni bienvenidas. En la zona de aduanas no había abrazos, ni maletas coloridas, ni familias esperando detrás de una línea amarilla. Solo había cajas. Cientos de cajas. Montañas de cartón húmedo, tarimas envueltas en plástico, contenedores metálicos y el zumbido constante de las bandas transportadoras.

Mateo Vargas odiaba el ruido, pero conocía cada sonido de aquel lugar.

Sabía distinguir el rechinido normal de una rueda de montacargas del chillido de una máquina mal calibrada. Sabía cuándo una caja venía demasiado pesada por la forma en que golpeaba la banda. Sabía cuándo un importador mentía antes incluso de abrir la boca.

Por eso sus compañeros decían que tenía un don.

Mateo no lo llamaba así.

Para él no era un don. Era atención, paciencia y costumbre. Años de mirar donde nadie quería mirar.

—Vargas —lo llamó Salcedo desde la otra mesa—. Dime que ya acabaste con el lote de Singapur.

Mateo no levantó la vista del manifiesto.

—No.

Salcedo soltó un quejido largo y dramático.

—Son cajas de decoración. Jarrones, lámparas, madera tallada. Nadie contrabandea nada interesante dentro de una lámpara horrible.

Mateo pasó una página del expediente con calma.

—Eso dijeron del cargamento de muñecas rusas.

Salcedo hizo una mueca.

—Bueno, pero eso fue distinto.

—Había diamantes dentro de treinta y seis muñecas. Todas declaradas como artesanía infantil.

—Qué memoria tan enferma tienes.

Mateo no contestó. Solo tomó una caja del lote y la colocó sobre la báscula.

El importador, un hombre de traje barato y perfume demasiado fuerte, esperaba del otro lado de la mesa con una sonrisa nerviosa. Llevaba veinte minutos intentando parecer tranquilo y fracasando miserablemente.

Mateo revisó la etiqueta.

Madera decorativa. Peso declarado: tres kilos con doscientos gramos.

La báscula marcó cuatro kilos con setecientos.

Mateo levantó la vista.

—¿Dijo que eran lámparas huecas?

El hombre tragó saliva.

—Sí. Sí, claro. Decorativas. Muy frágiles.

Mateo golpeó suavemente la madera con los nudillos.

El sonido fue bajo y denso.

No hueco.

No frágil.

—Abra la caja.

—¿Es necesario? Ya revisaron el papeleo.

—Abra la caja —repitió Mateo.

Salcedo se acercó con una sonrisa divertida.

—Ya valió.

El importador intentó protestar, pero la voz se le quebró antes de formar una frase completa. Finalmente, cortó la cinta.

Mateo retiró el empaque con cuidado y sacó una lámpara tallada.

Era fea, tal como Salcedo había dicho.

La giró entre sus manos.

El barniz tenía un tono irregular. En un costado, casi invisible bajo la pintura, había una línea fina. No era parte del diseño.

Era una abertura.

—Destornillador —pidió.

Salcedo se lo pasó.

Cinco minutos después, la base de la lámpara se abrió.

Dentro había fajos de billetes envueltos en plástico.

El importador cerró los ojos.

Salcedo soltó un silbido.

—Otra vez le atinaste.

Mateo dejó la lámpara sobre la mesa.

—No le atiné. Pesaba demasiado.

—Eso es lo que dices siempre.

Los agentes se llevaron al importador. Salcedo llenó el reporte preliminar con una sonrisa burlona, disfrutando del espectáculo.

Mateo, en cambio, solo miró el reloj de pared.

Faltaban quince minutos para terminar su turno.

Quince minutos para irse a casa.

Quince minutos para salir de ese ruido, de esa lluvia y de esa luz blanca que le cansaba los ojos.

No tenía grandes planes. No lo esperaba nadie. Tal vez cenaría sopa instantánea, se quitaría los zapatos y se quedaría dormido en el sillón con la televisión encendida.

Una vida aburrida.

Una vida segura.

La banda transportadora volvió a moverse.

Mateo cerró el expediente del importador y tomó el siguiente manifiesto.

Entonces la vio.

Una caja de madera gris.

Pequeña.

Del tamaño de un libro grueso.

No venía sobre tarima. No tenía plástico protector. No tenía código de barras. No tenía etiqueta digital. Nada que indicara país de origen, empresa transportista o autorización de entrada.

Solo una dirección escrita a mano con tinta negra.

La caligrafía era elegante, antigua, casi demasiado perfecta.

Mateo frunció el ceño.

—¿De dónde salió eso?

Salcedo levantó la vista.

—¿Qué cosa?

—La caja.

—¿Cuál caja?

Mateo la señaló.

Salcedo parpadeó, como si le costara verla.

—Ah. No sé. Seguro se cayó de algún lote.

Mateo no respondió.

Algo estaba mal.

No era solo la falta de etiquetas. En aduanas, los errores pasaban. Los sistemas fallaban, los empleados se equivocaban, los cargamentos se mezclaban.

Pero aquella caja no parecía extraviada.

Parecía colocada ahí.

Esperándolo.

Mateo se puso los guantes y la tomó.

El frío le atravesó los dedos de inmediato.

No un frío normal. No el frío de algo guardado en refrigeración. Era una temperatura seca y profunda, como tocar metal enterrado bajo nieve.

Mateo soltó la caja sobre la mesa.

—¿Qué pasó? —preguntó Salcedo.

—Está helada.

Salcedo puso una mano encima y se encogió de hombros.

—Está normal.

Mateo lo miró.

—¿Normal?

—Sí. Madera. Un poco húmeda por la lluvia, supongo.

Mateo volvió a tocarla.

Otra vez el hielo.

Un escalofrío le subió por el brazo.

—Voy a escanearla.

—Vargas, ya casi nos vamos.

—Por eso.

Llevó la caja al escáner de rayos X. La colocó sobre la banda y esperó.

La pantalla mostró primero el contorno de unas herramientas, luego el interior de una maleta y después un paquete de piezas electrónicas.




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