La Anomalia I El reloj del fin

Capítulo 2 Cinco Minutos Atrás

El silencio no era ausencia de ruido.

Era algo peor.

Era como si alguien hubiera arrancado el sonido del mundo con una navaja invisible y lo hubiera dejado todo abierto, suspendido, muerto.

Mateo Vargas permaneció inmóvil en medio de la terminal de carga, con el reloj de bolsillo apretado en la mano y el corazón golpeándole tan fuerte contra las costillas que, por un instante, pensó que ese sería el único sonido capaz de sobrevivir.

Pero ni siquiera escuchaba su propio pulso.

Frente a él, Salcedo seguía congelado con la boca entreabierta. Uno de sus dedos apuntaba hacia el reloj, detenido a mitad del gesto. Al fondo, un montacargas había quedado inmóvil con las ruedas giradas, como si hubiera sido atrapado dentro de una fotografía. Las luces blancas del techo no parpadeaban. No zumbaban. No respiraban.

Mateo tragó saliva.

O intentó hacerlo.

Ni siquiera el movimiento de su garganta produjo sonido.

—No… —murmuró.

La palabra salió de sus labios, pero no llegó a ninguna parte.

No hubo eco.

No hubo voz.

Solo el movimiento inútil de su boca.

Bajó la mirada hacia el reloj.

El segundero seguía moviéndose al revés.

Tac.

No escuchó el sonido.

Lo sintió en los huesos.

Tac.

Como un golpe pequeño dentro del cráneo.

Tac.

Mateo soltó una bocanada de aire y retrocedió un paso. La silla detrás de él no rechinó cuando la golpeó con la pierna. Nada reaccionaba. Nada cambiaba.

Excepto él.

La gota de agua que caía desde la filtración del techo seguía detenida en el aire.

Mateo extendió una mano temblorosa hacia ella.

La tocó.

La gota se rompió contra su dedo, pero no cayó. Se fragmentó en pequeñas esferas transparentes que quedaron flotando a su alrededor como vidrio líquido.

Mateo retiró la mano de golpe.

El miedo le subió por la espalda como una corriente helada.

No podía ser real.

Tenía que ser un derrame. Un ataque. Una alucinación provocada por cansancio, estrés o por haber inhalado algo de la caja.

Sí.

Eso era.

Un químico.

Una sustancia.

Un gas.

Mateo abrió la boca, intentando respirar más rápido, pero el aire parecía pesado. Espeso. Como si cada bocanada tuviera que atravesar una pared.

Miró otra vez a Salcedo.

—Salcedo…

Nada.

Su compañero no parpadeó.

Mateo sintió que el pánico le rompía la calma que tanto cuidaba. Dio dos pasos hacia la mesa, pero el reloj pareció calentarse en su palma. No era un calor agradable. Era una advertencia.

Entonces, por puro instinto, abrió los dedos.

El reloj cayó.

En cuanto la plata perdió contacto con su piel, el mundo regresó.

Todo a la vez.

El rugido de los motores.

El golpeteo de la lluvia.

El rechinido de las bandas.

El zumbido de las lámparas.

La voz de Salcedo terminando una frase que había quedado atrapada en el aire.

—…eso no es normal.

Mateo retrocedió tambaleándose. El sonido lo golpeó tan fuerte que tuvo que cubrirse los oídos. La gota de agua cayó al suelo con un ruido insignificante, pero para él sonó como un disparo.

Salcedo lo miró alarmado.

—¿Qué te pasa?

Mateo respiraba con dificultad.

—¿No lo viste?

—¿Ver qué?

Mateo señaló alrededor.

—Todo se detuvo.

Salcedo frunció el ceño.

—¿Qué?

Mateo miró el reloj tirado en el piso. La tapa seguía abierta. Las manecillas se movían con normalidad ahora, o casi. El segundero avanzaba hacia la derecha, pero a veces temblaba como si quisiera regresar.

Mateo se agachó y lo recogió usando el paño negro.

No quería tocarlo otra vez.

No con la piel.

—Vargas —dijo Salcedo, más serio—, estás pálido.

—Voy a terminar mi turno.

—¿Así nomás?

—Sí.

—Tenemos que reportar esa cosa.

Mateo cerró la caja con movimientos torpes.

La parte racional de su mente sabía que Salcedo tenía razón. Debían llamar al supervisor. Debían sellar el área. Debían llenar un informe.

Pero otra parte, una más antigua y más profunda, le gritaba que si dejaba el reloj ahí, alguien vendría por él.

Y ese alguien no haría preguntas.

Mateo guardó el reloj envuelto en el paño dentro del bolsillo interior de su chaqueta.

El peso era mínimo.

Aun así, sintió como si llevara una piedra helada sobre el pecho.

—Mañana lo reporto —mintió.

Salcedo lo observó con desconfianza.

—Eso no sonó convincente.

—Estoy cansado.

—Todos estamos cansados, pero no todos congelamos viendo relojes raros.

Mateo tomó su carpeta, apagó la lámpara de su mesa y evitó mirar la caja gris.

—Buenas noches, Salcedo.

—Mateo.

Él se detuvo.

—¿Qué?

Salcedo bajó la voz.

—Ten cuidado.

Mateo quiso responder con alguna broma seca, algo simple que cerrara la conversación y le permitiera salir de ahí sin más preguntas.

Pero no encontró ninguna.

Solo asintió.

La terminal parecía distinta mientras caminaba hacia la salida.

Los mismos pasillos de siempre, las mismas paredes amarillentas, los mismos carteles de seguridad y las cámaras girando lentamente desde las esquinas. Sin embargo, Mateo sentía que todo lo observaba.

Cada luz que parpadeaba le parecía una señal.

Cada sombra entre los contenedores parecía moverse demasiado tarde.

Al pasar junto al reloj checador, marcó su salida con la mano temblorosa.

23:47.

Faltaban trece minutos para medianoche.

No sabía por qué, pero la hora le pareció importante.

El estacionamiento del personal aduanero estaba casi vacío. La lluvia seguía cayendo, formando pequeños ríos entre las líneas blancas del pavimento. Las luces de los postes parpadeaban con un ritmo irregular, como si también ellas estuvieran cansadas.

Mateo subió el cierre de su chaqueta y caminó hacia su auto.




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