La Anomalia I El reloj del fin

Capítulo 3 La Madriguera del Tasador

La lluvia golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que parecía querer atravesarlo.

Mateo sujetaba el volante con ambas manos mientras conducía por calles vacías, iluminadas apenas por farolas temblorosas y anuncios de neón reflejados en el asfalto mojado.

No sabía adónde iba.

Solo sabía de dónde estaba huyendo.

Las palabras del hombre que le había disparado seguían resonando dentro de su cabeza.

"Ya lo tocaste."

No habían querido simplemente recuperar el reloj.

Habían querido matarlo.

Como si el simple hecho de tocar aquella reliquia lo hubiera condenado.

Mateo tragó saliva.

El reloj descansaba en el asiento del copiloto, envuelto en el paño negro.

No se atrevía a guardarlo otra vez cerca del pecho.

Cada vez que miraba hacia él, sentía una presión extraña detrás de los ojos.

Una sensación incómoda.

Como si el objeto también lo estuviera observando.

La migraña empeoró.

Un pinchazo atravesó su sien derecha.

Luego otro.

Mateo apretó los dientes.

—Maldita sea...

Las luces de un semáforo parpadearon.

Primero verde.

Luego rojo.

Luego ambas al mismo tiempo.

Finalmente se apagaron.

El GPS de su teléfono emitió un pitido agudo.

La pantalla se llenó de símbolos extraños.

Después se reinició sola.

Mateo soltó una carcajada nerviosa.

Aquello ya no parecía una noche real.

Parecía una pesadilla.

Una muy mala.

Una donde el tiempo se rompía y hombres armados aparecían para asesinar inspectores de aduanas.

Miró el reloj nuevamente.

Seguía ahí.

Inocente.

Silencioso.

Y completamente imposible.

Treinta minutos después, estaba estacionado frente a una cafetería abierta las veinticuatro horas.

No tenía hambre.

Pero necesitaba pensar.

Y necesitaba estar rodeado de gente.

La cafetería estaba casi vacía.

Un camionero dormía sobre una mesa del fondo.

Dos estudiantes universitarios discutían frente a unas laptops.

Una camarera limpiaba vasos detrás del mostrador.

Normal.

Todo parecía normal.

Mateo pidió café.

Negro.

Muy cargado.

Se sentó junto a una ventana.

Intentó ordenar sus pensamientos.

Lo que sabía era aterradoramente poco.

Tenía un reloj que podía detener el tiempo.

Al menos eso parecía.

O quizá lo rebobinaba.

Todavía no entendía exactamente cómo funcionaba.

Había sobrevivido a un disparo.

Y dos desconocidos lo estaban cazando.

Nada más.

No tenía respuestas.

Ni una sola.

Entonces recordó algo.

Una conversación absurda ocurrida meses atrás.

Había sido durante una inspección rutinaria en el casco antiguo.

Uno de los comerciantes locales hablaba constantemente de objetos raros.

Monedas embrujadas.

Brújulas malditas.

Libros imposibles.

Mateo siempre asumió que estaba exagerando para atraer turistas.

Pero también había mencionado un nombre.

Una mujer.

Una restauradora de antigüedades.

Una especialista en objetos extraños.

Valeria.

En aquel momento Mateo se había burlado.

Ahora ya no tenía ganas de burlarse.

Pagó el café.

Tomó el reloj.

Y volvió a conducir.

El casco antiguo de la ciudad parecía pertenecer a otra época.

Las calles eran más estrechas.

Los edificios más viejos.

Las luces más débiles.

La lluvia continuaba cayendo cuando Mateo encontró el callejón.

Estaba oculto entre dos edificios de ladrillo oscuro.

Al fondo brillaba un letrero de neón.

ANTIGÜEDADES Y RESTAURACIÓN

Algunas letras parpadeaban.

Otras estaban apagadas.

Parecía un negocio condenado al fracaso.

Perfecto para una noche como aquella.

Mateo bajó del auto.

El dolor de cabeza seguía martillándole el cráneo.

Empujó la puerta.

Una campanilla sonó.

El aroma lo golpeó de inmediato.

Papel viejo.

Madera.

Cera.

Polvo.

Y algo más.

Ozono.

El mismo olor que precedía a las tormentas eléctricas.

La tienda era pequeña.

Pero estaba abarrotada.

Relojes antiguos.

Libros encuadernados en cuero.

Mapas amarillentos.

Estatuillas.

Lámparas.

Objetos imposibles de identificar.

Parecía un museo olvidado.

—Estamos cerrados.

La voz vino desde detrás del mostrador.

Mateo levantó la vista.

Y se sorprendió.

Esperaba encontrar a una anciana excéntrica.

Alguien parecido a las adivinas de las películas.

En lugar de eso vio a una mujer joven.

Cabello oscuro recogido de cualquier manera.

Lentes redondos.

Manchas de tinta en los dedos.

Expresión cansada.

Y unos ojos increíblemente atentos.

Ella ni siquiera había levantado la cabeza de un libro.

—Necesito ayuda.

—Todos los que entran aquí dicen lo mismo.

—Es importante.

—Todo es importante a las once y media de la noche.

Entonces ella levantó la vista.

Y se quedó inmóvil.

Mateo vio exactamente cuándo ocurrió.

El instante preciso.

Sus ojos se clavaron en él.

No.

En algo alrededor de él.

Como si percibiera algo invisible.

La expresión de fastidio desapareció.

Reemplazada por alarma.

Luego por preocupación.

Finalmente por miedo.

Valeria cerró el libro lentamente.

—Oh no.

Mateo parpadeó.

—¿Qué?

Ella se puso de pie.

Miró una lámpara cercana.

Luego un reloj de pared.

Luego una radio antigua.

Todos los aparatos comenzaron a emitir interferencias.

La lámpara parpadeó.

La radio produjo estática.

El reloj se detuvo.

Valeria volvió a mirarlo.

—¿Cuánto tiempo llevas cargándolo?

Mateo sintió un escalofrío.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.