La escalera crujía bajo sus pies.
Mateo apenas podía ver más allá de unos cuantos escalones. La única luz provenía de una bombilla desnuda que colgaba del techo y oscilaba lentamente, proyectando sombras deformes sobre las paredes de ladrillo.
Detrás de ellos resonó un golpe.
Luego otro.
Más fuerte.
La puerta principal de la tienda acababa de ser derribada.
Valeria aceleró el paso.
—¡Más rápido!
Mateo la siguió como pudo.
La migraña seguía golpeándolo detrás de los ojos. Cada latido parecía una descarga eléctrica.
—¿Quiénes son exactamente? —preguntó entre jadeos.
—Ahora no.
—Necesito respuestas.
—Y yo necesito que no te mueras antes de dártelas.
Otro golpe resonó debajo.
Más cerca.
Mucho más cerca.
Valeria maldijo en voz baja.
—Ya entraron.
Mateo sintió que el estómago se le encogía.
Aquellos hombres no parecían policías.
No parecían criminales comunes.
Ni siquiera parecían humanos normales.
Llegaron al final de la escalera.
Valeria empujó una trampilla metálica.
El aire frío de la noche los golpeó de inmediato.
La lluvia seguía cayendo.
Fuerte.
Implacable.
Mateo salió detrás de ella y se encontró sobre una azotea antigua.
La ciudad se extendía alrededor como un océano de luces borrosas.
Las calles brillaban por el agua.
Los anuncios de neón parpadeaban en la distancia.
Y sobre ellos rugían las nubes negras.
Por un instante, la vista habría sido hermosa.
Si alguien no estuviera intentando matarlos.
—Por aquí.
Valeria comenzó a correr.
Mateo la siguió.
Saltaron una pequeña separación entre edificios.
Luego otra.
Y otra.
Mateo resbaló al aterrizar.
Por poco terminó de rodillas.
—¡¿Cómo haces esto tan fácil?!
—Llevo años haciéndolo.
—¡Yo reviso formularios!
—Pues corre como si tuvieras uno atrasado.
Incluso en medio de una persecución, Valeria parecía incapaz de evitar el sarcasmo.
Mateo casi sonrió.
Casi.
Entonces vio movimiento.
A unas tres azoteas de distancia.
Una figura oscura.
Luego otra.
Y otra más.
Las siluetas avanzaban entre los techos con una velocidad imposible.
No corrían.
Parecían deslizarse.
Como sombras vivientes.
Mateo sintió un escalofrío.
—Dime que son imaginaciones mías.
—Ojalá.
—¿Qué son?
—Agentes de campo.
—¿Del Ministerio?
—Los mejores.
—Eso no me tranquiliza.
—No era la intención.
La distancia entre ellos disminuía.
Demasiado rápido.
Valeria giró hacia una cornisa estrecha que conectaba con otro edificio.
Mateo miró hacia abajo.
Seis pisos de caída.
Sus piernas protestaron.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Voy a morir.
—Si te quedas aquí, definitivamente.
Mateo respiró hondo.
Y saltó.
Por una fracción de segundo sintió el vacío.
Luego aterrizó torpemente.
Casi cayó.
Valeria lo sujetó por el brazo.
—¿Ves?
—No vuelvas a hacerme eso.
—Todavía faltan cinco edificios.
—Te odio.
—Mentira.
Un destello azul iluminó la noche.
Mateo giró la cabeza.
Uno de los agentes acababa de extender la mano.
Un símbolo brillante apareció en el aire.
La energía explotó.
Una parte de la azotea detrás de ellos estalló en pedazos.
Ladrillos y concreto salieron despedidos.
Mateo se quedó congelado.
—¡Acaban de lanzar un misil mágico!
—¡Corre!
La explosión casi lo derribó.
El corazón le golpeaba con tanta fuerza que pensó que iba a romperle las costillas.
Corrieron entre antenas, chimeneas y depósitos de agua.
La lluvia dificultaba cada movimiento.
El suelo estaba resbaladizo.
Las sombras seguían acercándose.
Y entonces llegaron al problema.
Una azotea terminaba abruptamente.
El edificio siguiente estaba demasiado lejos.
Demasiado.
Mateo se quedó inmóvil.
—No podemos saltar eso.
Valeria observó la distancia.
Por primera vez parecía insegura.
—Normalmente habría una pasarela.
—¿Normalmente?
—La quitaron.
—Eso no es una explicación.
Los agentes aparecieron detrás.
Cada vez más cerca.
Mateo sintió cómo el miedo volvía a apoderarse de él.
No había salida.
No podían retroceder.
No podían avanzar.
Valeria levantó una mano.
Intentó pronunciar algo.
Un hechizo.
Pero nada ocurrió.
Solo una pequeña chispa.
—No...
—¿Qué pasa?
—Alguien está interfiriendo.
Mateo vio auténtica preocupación en su rostro.
Aquello era peor que las explosiones.
Si Valeria estaba asustada, él debía estar aterrorizado.
Los agentes continuaron acercándose.
Uno de ellos levantó la mano.
La misma luz azul comenzó a formarse.
Mateo sintió que el tiempo se ralentizaba.
La lluvia.
Los pasos.
Las respiraciones.
Todo parecía alejarse.
Y entonces escuchó algo.
Una voz.
Dentro de su cabeza.
Lejana.
Distorsionada.
Como una grabación antigua.
"Corre..."
Mateo se quedó inmóvil.
Miró alrededor.
No había nadie.
"No es demasiado tarde..."
La voz desapareció.
El reloj en su bolsillo se volvió helado.
Mateo comprendió.
Era el reloj.
O alguien relacionado con él.
No sabía cómo.
No sabía por qué.
Pero lo sabía.
Metió la mano en el bolsillo.
Valeria lo vio.
—Mateo.
—No tenemos opciones.
—Escúchame.
—No.
—No entiendes lo que te hará.
—Y tú no entiendes lo que nos harán ellos.
La energía azul creció detrás de los agentes.
El ataque estaba listo.