La lluvia había quedado atrás.
Por primera vez en toda la noche, Mateo no escuchaba sirenas, disparos ni pasos persiguiéndolo por los tejados.
Solo el zumbido constante de las computadoras.
Y el dolor.
Un dolor insoportable.
Estaba sentado en una silla metálica dentro de un pequeño apartamento oculto entre edificios abandonados cerca de una antigua estación de metro.
El refugio secundario de Valeria.
El lugar parecía una contradicción hecha realidad.
Una pared estaba cubierta por monitores modernos, servidores y cables.
La otra por estanterías llenas de libros antiguos, pergaminos y objetos extraños.
Tecnología y magia compartiendo el mismo espacio.
Mateo tenía una bolsa de hielo sobre la cabeza.
Y aun así sentía que el cráneo iba a partirse en dos.
—¿Siempre duele así? —preguntó.
Valeria levantó la vista de una pantalla.
—No.
—Fantástico.
—Normalmente duele más.
Mateo la miró.
—Empiezo a sospechar que disfrutas asustarme.
—Empiezas a sospecharlo muy tarde.
Mateo soltó una risa cansada.
Por alguna razón, la respuesta consiguió aliviar parte de la tensión.
Solo una parte.
Porque el reloj seguía sobre la mesa.
Y cada vez que lo miraba sentía algo extraño.
Como una atracción.
Como si una parte de él quisiera acercarse.
Y otra quisiera salir corriendo.
Valeria llevaba casi una hora examinándolo.
Había utilizado lentes especiales.
Una lupa de cristal oscuro.
Tres dispositivos electrónicos.
Y un pequeño instrumento de cobre que parecía una mezcla entre brújula y reloj.
Todos reaccionaban de forma diferente al acercarse a la reliquia.
Todos terminaban fallando.
—¿Eso es normal? —preguntó Mateo.
—No.
—¿Hay algo normal esta noche?
—No.
—Empiezo a notar un patrón.
Valeria ignoró el comentario.
Seguía observando la esfera plateada.
Cada vez más concentrada.
Cada vez más preocupada.
Finalmente suspiró.
—Necesito explicarte algunas cosas.
Mateo acomodó la bolsa de hielo.
—Por favor.
—Primero...
Valeria señaló el reloj.
—Eso no es magia común.
—Ya me imaginaba.
—Las reliquias cronológicas son ilegales.
—¿Por qué?
Ella lo miró como si acabara de preguntar por qué el fuego quemaba.
—Porque manipulan el tiempo.
—Sí, ya noté ese detalle.
—Mateo.
La voz de Valeria se volvió seria.
—No entiendes.
Nadie entiende.
El tiempo no es una carretera.
No es una cinta de video.
No es una película que puedes adelantar y retroceder.
Es algo vivo.
Algo que intenta corregirse constantemente.
Mateo permaneció en silencio.
Valeria continuó.
—Cada vez que utilizas ese reloj, fuerzas a la realidad a reescribirse.
Y la realidad odia que la obliguen.
El apartamento quedó en silencio.
Mateo recordó el dolor.
Las voces.
La sangre.
La sensación de que algo intentaba arrancarle los recuerdos.
Ahora comenzaba a entender.
—Por eso duele.
Valeria asintió.
—Y por eso los antiguos usuarios rara vez vivían mucho tiempo.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Cuánto tiempo?
—Depende de cuántas veces usaran la reliquia.
—Valeria.
—Algunos sobrevivían años.
Otros meses.
Otros...
Ella no terminó la frase.
No era necesario.
Pasaron varios minutos.
Valeria siguió trabajando.
Mateo siguió pensando.
Finalmente habló.
—¿Qué quisieron decir esos hombres?
—¿Cuáles?
—Los del estacionamiento.
Dijeron que ya había tocado el reloj.
Como si eso cambiara algo.
Valeria dejó de escribir.
Durante unos segundos no respondió.
Eso preocupó más a Mateo que cualquier respuesta.
—Porque sí cambia algo.
—¿Qué cambia?
Valeria tomó aire.
—Las reliquias eligen.
Mateo frunció el ceño.
—¿Eligen?
—No a cualquiera.
No funcionan igual con cualquiera.
Algunas nunca reaccionan.
Otras reaccionan durante unos segundos.
Pero cuando una reliquia se vincula...
Se vincula por completo.
Mateo miró el reloj.
—¿Y eso significa?
—Que el reloj te aceptó.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Y ellos sí?
Valeria bajó la mirada.
—Probablemente.
Aquella respuesta fue peor que un no.
Dos horas después ocurrió algo inesperado.
Valeria lanzó un insulto tan fuerte que hizo que Mateo levantara la cabeza.
—¿Qué pasó?
Ella no respondió.
Simplemente giró la pantalla.
Había una imagen ampliada del interior del reloj.
Una sección que antes permanecía oculta.
Mateo se acercó.
—¿Qué estoy viendo?
—Una inscripción.
—¿Qué dice?
Valeria tardó varios segundos en responder.
Como si esperara que las palabras cambiaran por sí solas.
No lo hicieron.
—Está en latín.
—¿Y?
—Dice...
Valeria tragó saliva.
—Tempus Custodit Heredem.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Qué significa?
La respuesta llegó en voz baja.
—El tiempo protege al heredero.
El silencio llenó la habitación.
Mateo observó el reloj.
Luego a Valeria.
Luego nuevamente el reloj.
—¿Heredero de qué?
—No lo sé.
—Valeria.
—No lo sé.
Y por primera vez parecía decir la verdad.
Entonces ocurrió algo todavía peor.
Una expresión de reconocimiento apareció en su rostro.
Como si acabara de recordar algo que deseaba olvidar.
—No...
—¿Qué?
—No puede ser.
—¿Qué cosa?
Valeria se puso de pie.
Comenzó a caminar por la habitación.
Nerviosa.
Inquieta.
Asustada.
Mateo jamás la había visto así.
—Escuché esa frase antes.