La Anomalia I El reloj del fin

Capítulo 6 El Primero

El reloj seguía girando.

Solo unos segundos.

Pero fueron suficientes.

Las manecillas avanzaban hacia atrás con pequeños saltos nerviosos mientras la habitación permanecía sumida en un silencio absoluto.

Mateo no podía apartar la vista de la esfera.

Tampoco podía apartar de su mente aquellas palabras.

"Soy el primero."

Las computadoras del refugio continuaban mostrando estática.

Las luces parpadeaban.

El aire parecía cargado de electricidad.

Y, por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, Valeria parecía realmente aterrorizada.

No preocupada.

No nerviosa.

Aterrorizada.

—Dime que escuchaste eso —dijo Mateo.

Valeria tragó saliva.

—Lo escuché.

—Entonces no estoy loco.

—Nunca dije que estuvieras loco.

—Lo pensaste.

—Un poco.

Mateo dejó escapar una risa nerviosa.

Ninguno de los dos encontró gracioso el comentario.

Porque la voz había sido real.

Los dos la habían escuchado.

Y eso era peor.

Mucho peor.

Valeria pasó las siguientes dos horas revisando registros.

Mateo intentó descansar.

Intentó dormir.

Intentó pensar en cualquier otra cosa.

No pudo.

Cada vez que cerraba los ojos veía las manecillas.

Escuchaba las voces.

Sentía aquella presencia observándolo desde algún lugar imposible.

Finalmente se levantó.

—¿Encontraste algo?

Valeria seguía frente a las pantallas.

—Quizá.

—Eso no suena alentador.

—Porque no lo es.

Mateo se acercó.

Las pantallas mostraban documentos antiguos.

Escaneos.

Fotografías.

Fragmentos de informes.

Algunos parecían tan viejos que apenas podían leerse.

—¿Qué estoy viendo?

—Archivos clasificados del Ministerio.

—¿Y puedes acceder a ellos?

Valeria lo miró.

—¿De verdad esta es la parte que te sorprende?

—Buen punto.

Ella volvió a las pantallas.

Su expresión era sombría.

—Encontré referencias a una entidad.

—¿El Primero?

—Sí.

Mateo sintió un escalofrío.

—¿Quién era?

Valeria tardó unos segundos en responder.

—Nadie lo sabe.

—¿Cómo que nadie?

—Nadie conoce su nombre real.

Ni su origen.

Ni siquiera saben si era humano.

El silencio llenó la habitación.

—Eso no tiene sentido.

—Bienvenido al mundo de las reliquias cronológicas.

Mateo se dejó caer en una silla.

Valeria abrió otro documento.

Uno mucho más antiguo.

—Escucha esto.

Su voz se volvió más baja mientras leía.

—"El Primero no creó las reliquias para controlar el tiempo."

Mateo permaneció inmóvil.

—Entonces ¿para qué las creó?

Valeria continuó leyendo.

Y cuando terminó la frase, incluso ella pareció arrepentirse de haberla pronunciado.

—"Las creó para escapar de él."

El apartamento quedó en silencio.

Mateo sintió que algo frío se instalaba en su estómago.

—¿Escapar hacia dónde?

—Eso mismo se preguntó el Ministerio durante trescientos años.

Nadie encontró una respuesta.

Porque no existía.

Al menos no en aquellos archivos.

Lo único que encontraron fueron referencias.

Rumores.

Fragmentos.

Pistas rotas.

Todos los documentos terminaban igual.

Con páginas arrancadas.

Datos eliminados.

Nombres borrados.

Como si alguien hubiera querido que la verdad desapareciera.

Y quizá lo había conseguido.

Hasta ahora.

La madrugada llegó lentamente.

La tormenta había terminado.

Por primera vez la ciudad estaba en calma.

Mateo se acomodó en un viejo sofá.

El agotamiento finalmente empezó a vencerlo.

—Descansa —dijo Valeria.

—No creo poder.

—Lo harás.

—¿Y tú?

—Seguiré investigando.

Mateo asintió.

No tenía fuerzas para discutir.

Cerró los ojos.

Y el sueño llegó casi de inmediato.

La ciudad no existía.

O al menos no pertenecía a ningún lugar que Mateo hubiera visto antes.

Las calles eran enormes.

Construidas con una piedra oscura que parecía absorber la luz.

Torres gigantescas se elevaban hacia el cielo.

Torres que no tenían ventanas.

Ni puertas.

Solo inmensos relojes incrustados en sus paredes.

Miles de ellos.

Todos marcando horas diferentes.

Todos moviéndose en direcciones distintas.

Mateo caminó entre aquellas construcciones imposibles.

No sabía cómo había llegado allí.

Pero sabía una cosa.

Aquello no era un sueño.

Podía sentirlo.

Era otra cosa.

Algo más real.

Más profundo.

Más antiguo.

El aire estaba inmóvil.

El cielo era gris.

No existía el sol.

Ni la luna.

Ni estrellas.

Solo tiempo.

Tiempo por todas partes.

Entonces vio la montaña.

Al principio creyó que era una cordillera.

Luego comprendió que no.

Era una máquina.

Una estructura gigantesca hecha de engranajes.

Ruedas.

Esferas.

Mecanismos imposibles.

Algo tan enorme que parecía sostener el mundo entero.

Y frente a ella había un hombre.

Vestido completamente de negro.

Observando el mecanismo.

Esperando.

Mateo sintió que el corazón dejaba de latir.

Porque sabía quién era.

No sabía cómo.

Pero lo sabía.

El Primero.

El hombre permaneció inmóvil.

Durante varios segundos.

Luego giró lentamente.

Y lo miró.

Directamente.

Como si hubiera sabido desde el principio que estaba allí.

Como si hubiera estado esperándolo.

Mateo sintió que el aire desaparecía.

Los ojos del hombre eran extraños.

Antiguos.

Tristes.

Y aterradoramente inteligentes.

—Aún llegas demasiado temprano.

La voz resonó por toda la ciudad.




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