Ninguno de los dos habló durante varios minutos.
La pantalla seguía mostrando el mismo mensaje.
PROTOCOLO DE CONTENCIÓN
EN CASO DE DETECTARSE ACTIVIDAD RELACIONADA CON LA SÉPTIMA RELIQUIA, AUTORIZAR INMEDIATAMENTE LA ELIMINACIÓN DEL HEREDERO.
Mateo lo leyó una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Esperando que las palabras cambiaran.
No lo hicieron.
—Eso soy yo, ¿verdad? —preguntó finalmente.
Valeria no respondió.
Y aquel silencio fue suficiente.
Mateo soltó una risa amarga.
—Genial.
—Mateo...
—No, en serio.
Hace tres días mi mayor preocupación era un cargamento de perfumes falsificados.
Ahora existe una orden secreta para matarme.
Valeria cerró los ojos.
—No sabemos si habla de ti.
—Claro que sí.
La pantalla dice heredero.
El reloj me llama heredero.
Las voces me llaman heredero.
Hasta el tipo que vive dentro del reloj me llama heredero.
Valeria no pudo discutir eso.
Porque era verdad.
La mañana llegó gris y fría.
La tormenta había desaparecido, pero el cielo seguía cubierto de nubes.
Mateo observaba la ciudad desde una pequeña ventana del refugio.
Abajo, la vida continuaba.
Autos.
Personas.
Cafeterías.
Oficinas.
Miles de individuos viviendo días normales.
Mientras él intentaba averiguar por qué una organización secreta quería borrarlo de la existencia.
—Encontré algo.
Valeria estaba sentada frente a una montaña de documentos.
Mateo se acercó.
Ella parecía agotada.
Había pasado toda la noche investigando.
—¿Bueno o malo?
—Las dos cosas.
—Perfecto.
Ya me acostumbré.
Valeria giró una carpeta digital.
En la pantalla aparecía una fotografía antigua.
Muy antigua.
El papel estaba amarillento.
Deteriorado.
Pero todavía podían distinguirse varias figuras.
Siete personas.
Vestidas con túnicas oscuras.
De pie frente a una estructura enorme.
—¿Quiénes son?
—Los Guardianes del Tiempo.
Mateo observó la imagen.
—Parecen sacerdotes.
—Muchos creían que lo eran.
—¿Y no?
—No exactamente.
Valeria amplió la fotografía.
Señaló a cada una de las figuras.
—Según los registros, existían siete custodios originales.
Siete guardianes.
Siete reliquias.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Siete?
—Sí.
—Pensé que eran seis.
—Eso cree todo el mundo.
El Ministerio incluido.
Valeria abrió otro documento.
Esta vez un texto escrito a mano.
Parte estaba destruida.
Pero aún podían leerse algunas líneas.
Las primeras seis reliquias fueron forjadas.
La séptima nació.
Mateo permaneció inmóvil.
El silencio llenó el refugio.
—¿Nació?
Valeria asintió lentamente.
—Eso fue exactamente lo que pensé.
—Una reliquia no puede nacer.
—Yo también creía eso.
—Entonces...
Valeria tragó saliva.
—Quizá nunca fue un objeto.
La idea tardó varios segundos en asentarse.
Cuando finalmente lo hizo...
Mateo sintió que el corazón se detenía.
—No.
—Mateo...
—No.
—Escúchame.
—No.
Porque ambos estaban llegando a la misma conclusión.
Y ninguno quería pronunciarla.
Entonces el reloj comenzó a vibrar.
Los dos se quedaron inmóviles.
La plata emitía una luz tenue.
Casi imperceptible.
Las manecillas avanzaban hacia atrás.
Lentamente.
Como si alguien estuviera girándolas desde otro lugar.
Mateo sintió el familiar escalofrío recorrerle la espalda.
—Otra vez no...
La luz aumentó.
Y las voces regresaron.
Decenas.
Cientos.
Miles.
Susurrando al mismo tiempo.
Era imposible entenderlas.
Pero esta vez algo era diferente.
Por primera vez las voces no sonaban confundidas.
Sonaban emocionadas.
Como si estuvieran esperando algo.
Como si reconocieran una señal.
Y entonces una destacó sobre las demás.
La voz de El Primero.
—Ya comenzó.
Mateo sintió que la habitación desaparecía.
—¿Qué comenzó?
No hubo respuesta inmediata.
Solo silencio.
Después...
—La convergencia.
Valeria palideció.
—No.
—¿Qué significa eso?
Ella estaba mirando el reloj.
Y parecía más asustada que nunca.
—Es una leyenda.
—¿Qué clase de leyenda?
—Una muy mala.
El Primero habló nuevamente.
—Las siete piezas volverán a reunirse.
El reloj brilló.
Las luces del refugio se apagaron.
Y durante una fracción de segundo, Mateo vio algo.
No con los ojos.
Con la mente.
Una visión.
Un océano negro.
Torres imposibles.
Engranajes del tamaño de montañas.
Y seis puntos de luz despertando alrededor del mundo.
Uno en Europa.
Otro en Asia.
Dos en América.
Uno en África.
Uno en algún lugar que no reconoció.
Todos brillando al mismo tiempo.
Todos respondiendo a una misma llamada.
Mateo retrocedió.
La visión desapareció.
La habitación regresó.
Valeria estaba igual de pálida.
—¿Lo viste?
—Sí.
El miedo se instaló entre ambos.
Porque significaba que aquello no estaba ocurriendo solo allí.
Estaba ocurriendo en todas partes.
Un sonido interrumpió el silencio.
Bip.
Bip.
Bip.
Una de las computadoras del refugio acababa de encenderse sola.
Valeria corrió hacia ella.
La pantalla mostraba un mapa mundial.
Varias ubicaciones parpadeaban en rojo.
Seis puntos.
Exactamente seis.
Los mismos que Mateo acababa de ver.
—No puede ser...
—¿Qué es eso?
Valeria comenzó a escribir frenéticamente.