El refugio quedó en silencio.
Un silencio pesado.
Peligroso.
La voz metálica había desaparecido de los altavoces.
Pero el mensaje seguía brillando en la pantalla.
OBJETIVO CONFIRMADO
PROTOCOLO DE ERRADICACIÓN ACTIVADO
Mateo no podía dejar de mirar su propia fotografía.
Era extraño.
Surrealista.
Como si estuviera viendo la ficha de búsqueda de otra persona.
—Diez minutos —murmuró.
Valeria ya estaba moviéndose.
Abriendo cajones.
Guardando documentos.
Desconectando equipos.
—No tenemos diez minutos.
—La computadora dijo que sí.
—La computadora trabaja para ellos.
Mateo no pudo discutir esa lógica.
Cinco minutos después estaban empacando todo lo indispensable.
O al menos aquello que Valeria consideraba indispensable.
Para Mateo aquello parecía una mezcla absurda.
Tres computadoras.
Un libro encadenado.
Dos discos duros.
Una pistola.
Cuatro artefactos de cobre.
Y una cafetera portátil.
—¿La cafetera es necesaria?
—Absolutamente.
—¿Más que la pistola?
—Mucho más.
Mateo suspiró.
Valeria parecía sorprendentemente tranquila para alguien perseguida por una organización capaz de alterar gobiernos y borrar personas de la historia.
Y precisamente por eso le preocupaba.
Entonces ocurrió algo.
El reloj comenzó a vibrar.
Una vez.
Dos.
Tres veces.
Mateo sintió el frío recorrerle la mano.
—Valeria.
Ella levantó la vista.
—¿Qué pasa?
—Otra vez.
El reloj brilló.
Pero esta vez no aparecieron voces.
Ni visiones.
Ni dolor.
Solo una sensación.
Una certeza.
Como si alguien estuviera intentando señalar una dirección.
Mateo giró lentamente.
Y terminó mirando una pared del refugio.
Una pared completamente normal.
O eso parecía.
—¿Qué estás viendo?
—No lo sé.
Se acercó.
La sensación aumentó.
El reloj vibró con más fuerza.
Mateo apoyó una mano sobre el concreto.
Y escuchó un clic.
Valeria abrió mucho los ojos.
—No me digas...
La pared comenzó a moverse.
Polvo cayó desde el techo.
El concreto retrocedió lentamente.
Revelando una puerta metálica oculta.
Ambos se quedaron inmóviles.
—¿Sabías que estaba ahí?
—No.
—Yo tampoco.
Mateo observó la puerta.
El reloj seguía brillando.
Como si estuviera satisfecho.
Como si hubiera encontrado algo.
—Eso no me gusta.
—A mí tampoco.
La puerta conducía a una pequeña habitación.
Muy antigua.
Más antigua que el edificio.
Más antigua que cualquier cosa que debería existir allí.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos.
Engranajes.
Diagramas.
Y relojes.
Docenas de relojes.
Todos detenidos exactamente a la misma hora.
Las tres con treinta y tres.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Qué lugar es este?
Valeria parecía igual de confundida.
—No tengo idea.
Eso era una mala señal.
Porque Valeria casi siempre tenía alguna idea.
En el centro de la habitación había una mesa.
Y sobre la mesa descansaba un libro.
Cubierto por una gruesa capa de polvo.
Mateo se acercó.
El reloj vibró nuevamente.
—Creo que quiere que lo abra.
—Esa frase nunca termina bien.
—Lo sé.
Aun así abrió el libro.
Las páginas estaban llenas de dibujos.
Mapas.
Anotaciones.
Cálculos imposibles.
Y una frase repetida una y otra vez.
Miles de veces.
Como una obsesión.
Como una advertencia.
Como una plegaria.
La puerta debe permanecer cerrada.
Mateo tragó saliva.
—Eso tampoco me gusta.
—Empieza a ser una costumbre.
Entonces escucharon un golpe.
Lejano.
Pero poderoso.
El edificio entero tembló.
Los dos levantaron la vista.
—Nos encontraron.
Otro golpe.
Más cerca.
Luego otro.
Valeria sacó la pistola.
Mateo observó la puerta secreta.
—¿Hay otra salida?
—Espero que sí.
—Eso no sonó muy convincente.
—Porque no lo fue.
El reloj volvió a vibrar.
Más fuerte que antes.
Y las páginas del libro comenzaron a pasar solas.
Una tras otra.
Rápidamente.
Como si una mano invisible las estuviera buscando.
Finalmente se detuvieron.
En una ilustración.
Una imagen antigua.
Muy antigua.
Mostraba siete círculos.
Seis alrededor de uno central.
Cada círculo contenía un símbolo distinto.
Pero lo que hizo que la sangre de Mateo se congelara fue otra cosa.
El círculo central.
Tenía exactamente el mismo símbolo que aparecía grabado en su reloj.
Y debajo podía leerse una frase.
La Séptima Reliquia no será encontrada.
La Séptima Reliquia encontrará.
El silencio llenó la habitación.
Mateo sintió un nudo en el estómago.
—Valeria...
Ella parecía incapaz de apartar la vista de la página.
—Lo sé.
—Creo que empiezan a confirmarse nuestras sospechas.
Valeria asintió lentamente.
—Sí.
—Y eso es malo.
—Mucho.
Porque aquello significaba una cosa.
La reliquia no había sido descubierta por Mateo.
La reliquia lo había estado buscando.
El tercer golpe fue tan fuerte que parte del techo se agrietó.
Polvo y yeso cayeron sobre ellos.
Las luces parpadearon.
Luego se apagaron.
Solo quedó la iluminación azulada que emitía el reloj.
Y entonces una nueva voz resonó en el refugio.
No era la de El Primero.
No era metálica.
No provenía de los altavoces.
Parecía estar en todas partes.