La Anomalia I El reloj del fin

Capítulo 9 La Puerta del Tiempo

El miedo en la voz de El Primero fue lo que hizo correr a Mateo.

No los golpes.

No la puerta destrozándose.

No la palabra Recolector.

Fue escuchar terror en alguien que llevaba siglos atrapado dentro de una reliquia.

Porque si El Primero tenía miedo...

Entonces ellos no tenían ninguna posibilidad.

—¡Muévanse! —gritó Valeria.

Los dos abandonaron la habitación secreta mientras otro impacto sacudía el edificio.

El refugio entero parecía estar desmoronándose.

Detrás de ellos, el libro antiguo seguía abierto sobre la mesa.

Las páginas pasaban solas.

Los relojes detenidos marcaban las tres con treinta y tres.

Y el símbolo de la Séptima Reliquia brillaba con intensidad creciente.

Como si algo hubiera despertado definitivamente.

Llegaron al pasillo principal justo cuando una explosión arrancó la puerta de entrada.

El metal salió despedido.

Las paredes temblaron.

Y entonces apareció.

El Recolector.

Mateo sintió que todo el aire abandonaba sus pulmones.

La figura era alta.

Demasiado alta.

Vestía una armadura negra formada por piezas imposibles que parecían moverse por sí solas.

No tenía rostro.

Donde debería haber una cara solo existía oscuridad.

Vacío.

Nada.

Y sin embargo ambos sabían que los estaba observando.

El Recolector avanzó un paso.

El tiempo pareció ralentizarse.

Las luces parpadearon.

Las computadoras explotaron en chispas.

Y todos los relojes del refugio se detuvieron.

—¿Qué es? —preguntó Mateo.

Valeria apenas logró responder.

—Lo que el Ministerio usa cuando algo no debe existir.

Aquella respuesta fue peor de lo esperado.

El Recolector levantó una mano.

El reloj de plata comenzó a vibrar salvajemente.

Mateo sintió un dolor insoportable en el pecho.

Como si alguien intentara arrancarle el corazón.

—¡Mateo! —gritó Valeria.

Él cayó de rodillas.

Las voces regresaron.

Miles de ellas.

Todas al mismo tiempo.

Gritando.

Advertencias.

Nombres.

Recuerdos.

Siglos de memorias acumuladas dentro del reloj.

Y entonces una sola voz consiguió imponerse sobre las demás.

La voz de El Primero.

—Ya no queda tiempo.

La realidad se quebró.

Literalmente.

Frente a ellos apareció una grieta.

Una fisura suspendida en el aire.

Como una fractura en un espejo invisible.

A través de ella podían verse estrellas.

Engranajes.

Torres imposibles.

La misma ciudad que Mateo había visto en sus sueños.

La ciudad fuera del tiempo.

El Primero habló nuevamente.

—La puerta está abierta.

Valeria abrió los ojos.

—No...

—¿Qué pasa? —preguntó Mateo.

Ella parecía incapaz de creer lo que veía.

—Esa ciudad es real.

—¿Qué?

—Los Guardianes la llamaban Cronópolis.

La Ciudad del Tiempo.

Mateo observó la grieta.

Sentía que algo dentro de él respondía.

Como si hubiera estado esperando aquel momento toda su vida.

Aunque era imposible.

Porque hasta hacía una semana ni siquiera sabía que la magia existía.

El Recolector avanzó.

La grieta tembló.

Las paredes comenzaron a derrumbarse.

Todo el refugio estaba colapsando.

—¡Tenemos que irnos! —gritó Valeria.

—¿Adónde?

—¡A cualquier parte!

El Primero respondió antes que ella.

—No.

La voz resonó por toda la habitación.

—Solo existe un camino.

La grieta creció.

Los engranajes del otro lado comenzaron a girar.

Mateo sintió que el reloj ardía en su mano.

Y entonces comprendió.

No con la mente.

Con el corazón.

Con el instinto.

Con algo más profundo.

La Séptima Reliquia no era el reloj.

Nunca lo había sido.

El reloj era una llave.

Y él...

Él era la puerta.

El Recolector levantó ambas manos.

La realidad empezó a romperse.

Las paredes desaparecieron.

Las calles exteriores dejaron de existir.

La ciudad misma parecía doblarse sobre sí misma.

Valeria tomó la mano de Mateo.

—Escúchame.

—¿Qué?

—No importa lo que pase.

No permitas que te cambien.

Mateo la observó.

Por primera vez desde que se conocieron, parecía vulnerable.

Asustada.

Humana.

—Valeria...

—Promételo.

—Lo prometo.

Ella sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Triste.

Y luego lo empujó.

Directamente hacia la grieta.

—¡VALERIA!

El mundo desapareció.

Mateo cayó.

No hacia abajo.

Ni hacia adelante.

Ni hacia atrás.

Cayó a través del tiempo.

Millones de imágenes pasaron a su alrededor.

Imperios naciendo.

Civilizaciones muriendo.

Océanos retrocediendo.

Montañas elevándose.

Estrellas explotando.

Todo ocurrió al mismo tiempo.

Y luego...

Silencio.

Mateo abrió los ojos.

Estaba de pie.

La ciudad de sus sueños se extendía frente a él.

Cronópolis.

Las torres gigantes.

Los relojes imposibles.

Los engranajes colosales.

Todo era real.

Todo existía.

Y al final de una enorme avenida de piedra negra había una figura esperándolo.

Vestida completamente de negro.

Inmóvil.

Paciente.

El Primero.

Esta vez no era una voz.

Era una persona.

Real.

Presente.

Mateo comenzó a caminar.

Cada paso resonaba en aquella ciudad vacía.

Cuando finalmente estuvieron frente a frente, El Primero sonrió.

No parecía un monstruo.

No parecía un villano.

Parecía un hombre cansado.

Muy cansado.

Como alguien que había esperado demasiado tiempo.

—Hola, Mateo.

La voz era exactamente la misma.

Mateo sintió un escalofrío.




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