La noche en la montaña era tan fría que parecía capaz de quebrar el aire.
El viento arrastraba un silencio antiguo, uno que solo existía en lugares donde la humanidad no había logrado imponer su ruido.
Ella siempre pensó que ese silencio era lo más parecido a la verdad.
El observatorio se alzaba como un gigante dormido, blanco y solitario, con su cúpula metálica apuntando al cielo como un ojo que nunca parpadeaba.
Había pasado tantas noches allí que ya no distinguía entre vigilia y sueño.
Solo existía la luz de las estrellas, los datos, y ese vacío interno que ninguna ecuación podía llenar.
Hannah encendió la consola.
El telescopio respondió con un leve zumbido, como si despertara de un letargo.
La pantalla mostró el campo estelar que había estado siguiendo durante meses: una región aparentemente insignificante, una estrella de magnitud débil que no llamaba la atención de nadie más.
Excepto de él.
Ethan Sutherland.
Apretó los dientes al recordarlo.
Su rival.
Su sombra.
Su espejo invertido.
El único que había cuestionado su interpretación, el único que había visto el mismo patrón imposible en la luz estelar… y el único que había tenido la audacia de decirlo en voz alta.
Ella no lo soportaba.
No soportaba su seguridad, su precisión quirúrgica, su manera de mirar el cielo como si fuera un rompecabezas que él podía resolver mejor que nadie.
No soportaba que él entendiera cosas que ella también entendía, pero que no quería admitir.
Y, sobre todo, no soportaba que él la viera.
Porque él la veía.
Veía la grieta detrás de su mirada.
Veía la obsesión que la mantenía despierta.
Veía el dolor que ella escondía detrás de cada cálculo perfecto.
La estrella parpadeó en la pantalla.
Un cambio mínimo, casi imperceptible.
Pero ella lo sintió como un golpe en el pecho.
—Otra vez… —susurró.
El patrón estaba allí.
Una variación en el espectro que no tenía explicación.
Un comportamiento que no encajaba en ningún modelo conocido.
Y sabía que él también lo vería.
Sabía que, en algún lugar del otro lado de la montaña, él estaba mirando la misma estrella, con la misma mezcla de fascinación y miedo.
La noche avanzó.
El cielo parecía inclinarse sobre ella, pesado, inmenso, indiferente.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a un presentimiento.
No sobre la estrella.
Sobre él.
Sobre lo que iba a pasar cuando sus caminos chocaran de nuevo.
Porque el cosmos podía ser infinito, pero el observatorio no lo era.
Y tarde o temprano, tendrían que enfrentarse.
No como científicos.
No como rivales.
Sino como dos almas rotas que habían encontrado, en la misma estrella, una razón para seguir respirando.