La noche que no terminaba
El viento golpeaba las paredes del observatorio con una fuerza irregular, como si la montaña respirara.
Hannah Clifford subió los escalones de metal con el cuello del abrigo levantado, sintiendo cómo el frío se filtraba por la tela y le mordía la piel.
La noche estaba despejada, un cielo negro y profundo que parecía extenderse más allá de cualquier límite humano.
Ese cielo era lo único que la mantenía en pie.
Empujó la puerta pesada de la cúpula y entró.
El interior estaba tibio, iluminado por luces tenues que apenas delineaban las sombras de los equipos.
El telescopio principal descansaba en posición neutral, como un animal gigante esperando órdenes.
Hannah dejó su mochila sobre la mesa y se acercó a la consola.
La pantalla se encendió, bañando su rostro en un brillo azul que resaltó sus pecas, sus ojos marrones intensos y ese sonrojo natural que nunca desaparecía del todo.
Su cabello castaño, largo y ligeramente ondulado, cayó hacia adelante cuando se inclinó para revisar los parámetros.
—Buenas noches, preciosa —susurró al telescopio, como si fuera una vieja amiga.
El zumbido del motor respondió, suave, casi afectuoso.
Hannah sonrío apenas.
Ese sonido era más constante que cualquier persona en su vida.
Mientras ajustaba la calibración, un pensamiento incómodo cruzó su mente: él también estaría observando esta estrella.
Él también habría notado la anomalía.
Él también estaría obsesionado.
Ethan Sutherland.
Hannah apretó los dientes.
No quería pensar en él.
No quería recordar su voz, su mirada, su presencia.
Pero era imposible ignorarlo cuando trabajaban en el mismo campo, en el mismo proyecto, en el mismo observatorio.
Y cuando él era el único que podía seguirle el ritmo.
La puerta del pasillo se abrió con un golpe seco.
Hannah no necesitó girarse para saber quién era.
Su cuerpo lo reconoció antes que su mente: la tensión en los hombros, el calor repentino en el pecho, la irritación mezclada con algo que no quería nombrar.
—Clifford —saludo Ethan, su voz grave llenando la sala.
Hannah se volvió lentamente.
Ahí estaba.
Alto, imponente, 1.90 de pura presencia física.
Cabello negro, ligeramente desordenado, como si el viento lo hubiera tocado con intención.
Ojos verdes que parecían analizarlo todo, incluso a ella.
Cejas pobladas que le daban un aire serio, arrogante, imposible de ignorar.
Su chaqueta oscura marcaba la forma de sus hombros anchos y su cuerpo musculoso.
Era irritante lo bien que se veía.
Irritante lo mucho que la afectaba.
—Sutherland —respondió ella, sin emoción.
El dejó una carpeta sobre la mesa, sin apartar la mirada de ella.
—Pensé que tenías el turno de mañana —dijo él.
—Lo cambié —respondió Hannah, volviendo a la consola.
—¿Por qué?
—Porque puedo.
Ethan soltó una risa suave, casi imperceptible.
—Siempre tan encantadora.
Hannah ignoró el comentario.
No iba a darle el gusto de reaccionar.
—¿Qué quieres? —preguntó ella.
—Observar la misma estrella que tú —respondió él, como si fuera lo más obvio del mundo.
Ella giró la silla para enfrentarlo.
—Hay miles de estrellas disponibles.
—Pero solo una importa —dijo él, inclinándose hacia ella—. Y tú lo sabes.
Hannah sintió un escalofrío.
No por él.
Por la verdad en sus palabras.
—No estoy aquí para competir contigo —mintió.
Ethan arqueó una ceja.
—Claro que no.
Ella lo fulminó con la mirada.
—¿Qué te hace pensar que quiero competir?
—Tu existencia —respondió él, sin dudar.
Hannah sintió el corazón saltarle en el pecho.
No sabía si quería golpearlo o besarlo.
Y eso la irritaba aún más.
—Eres insoportable —murmuró.
—Y tú eres brillante —dijo él, sin sarcasmo.
Ella parpadeó, sorprendida.
Ethan rara vez la elogiaba.
Y cuando lo hacía, sonaba como una confesión.
—No necesito tus cumplidos —dijo ella.
—No era un cumplido —respondió él—. Era un hecho.
Hannah sintió el sonrojo subirle a las mejillas.
Odiaba que él notara esas cosas.
—¿Vas a trabajar o vas a molestarme toda la noche? —preguntó ella.
—Puedo hacer ambas —dijo él, tomando asiento a su lado.
Ella lo miró de reojo.
Demasiado cerca.
Demasiado grande.
Demasiado él.
—No te pedí que te sentaras aquí —dijo ella.
—No pediste que no lo hiciera —respondió él.
Hannah apretó los dientes.
—Eres imposible.
—Y tú eres predecible —dijo él, sin mirarla.
Ella se giró hacia él, indignada.
—¿Predecible?
Ethan finalmente la miró.
Sus ojos verdes parecían atravesarla.
—Siempre vienes aquí cuando estás nerviosa —dijo él—. Cuando estás triste. Cuando estás obsesionada.
—No sabes nada de mí —susurró ella.
—Se más de lo que crees —respondió él, bajando la voz.
Hannah sintió que el aire se volvía más pesado.
Demasiado íntimo.
Demasiado peligroso.
—No te acerques a mí así —dijo ella, retrocediendo un poco.
—No me acerqué —dijo él—. Tú te alejaste.
Ella tragó saliva.
No sabía cómo responder a eso.
La pantalla emitió un pitido.
Ambos giraron al mismo tiempo.
La estrella había cambiado.
Otra vez.
Ethan se inclinó hacia la consola, su brazo rozando el de ella.
Hannah sintió un calor inesperado recorrerle la piel.
—¿Lo ves? —dijo él.
—Lo veo —susurró ella.
—No es aleatorio —dijo él.
—No lo sé —respondió ella, aunque sí lo sabía.
—Sí lo sabes —dijo él, mirándola.
Ella sostuvo su mirada.
Por un instante, el universo pareció detenerse.
—No voy a dejar que me ganes —dijo ella.
Ethan sonrío, lento, peligroso.