La reunión que cambió el cielo
El reloj del observatorio marcaba las 3:12 am, pero Hannah sentía como si el tiempo hubiera dejado de existir.
La pantalla frente a ella mostraba los datos de Chile y Japón, alineados con los suyos en una sincronía inquietante.
Un ciclo perfecto.
Un pulso.
Un latido.
La estrella estaba respirando.
O al menos, eso parecía.
Hannah se frotó las sienes, intentando ordenar sus pensamientos.
El cansancio le pesaba en los párpados, pero la adrenalina la mantenía despierta.
No podía permitirse flaquear.
No ahora.
A su lado, Ethan revisaba los espectros con una concentración feroz.
Su ceño fruncido, su mandíbula tensa, sus dedos moviéndose con precisión sobre el teclado…
Era imposible no mirarlo.
Y eso la irritaba.
—Necesitamos organizar la presentación —dijo Hannah, rompiendo el silencio.
Ethan no levantó la vista.
—Ya lo estoy haciendo.
Ella frunció el ceño.
—¿Sin consultarme?
—No necesito consultarte para ordenar datos —respondió él, calmado.
Hannah apretó los labios.
—Pero sí para decidir qué vamos a decir.
Ethan se detuvo.
Levantó la mirada.
Sus ojos verdes parecían más oscuros bajo la luz tenue.
—¿Qué quieres decir, Hannah?
Ella respiró hondo.
—No podemos exagerar. No podemos especular. No podemos sonar como si estuviéramos viendo algo… imposible.
Ethan la observó un segundo demasiado largo.
—¿Y si lo es?
Hannah sintió un escalofrío.
—No lo digas.
—¿Por qué no?
—Porque no sabemos nada aún.
Ethan se inclinó hacia ella.
—Sabemos que no es ruido.
Sabemos que no es un error.
Sabemos que no es un fenómeno conocido.
Y sabemos que está ocurriendo en tres observatorios distintos.
Hannah tragó saliva.
—Eso no significa que sea… algo extraordinario.
—¿Y si sí lo es?
Ella lo miró, con el corazón acelerado.
—No podemos decir eso frente a la NASA.
Ethan sonrió apenas.
—No dije que lo diríamos. Solo dije que lo pensaras.
Hannah sintió el rostro arder.
—No quiero pensarlo.
—Pero lo haces —respondió él, suave.
Ella apartó la mirada.
—No importa lo que piense. Importa lo que podamos demostrar.
Ethan asintió.
—Entonces demostremos algo.
Hannah lo miró, confundida.
—¿Qué?
Él señaló la pantalla.
—Que no estamos viendo un fenómeno aislado.
Que no es un error.
Que no es coincidencia.
Que es un patrón real.
Hannah respiró hondo.
—De acuerdo. ¿Cómo lo hacemos?
Ethan se levantó.
—Con un análisis comparativo.
Tres observatorios.
Tres instrumentos distintos.
Tres condiciones atmosféricas diferentes.
Un mismo resultado.
Hannah sintió un impulso extraño: orgullo.
Ethan era brillante.
Molesto, arrogante, insoportable…
pero brillante.
—Bien —dijo ella—. Hagámoslo.
Trabajaron en silencio durante varios minutos.
El tipo de silencio que solo existe entre dos personas que se entienden demasiado bien.
Sus manos se movían casi al mismo ritmo.
Sus respiraciones se sincronizaban sin querer.
Sus cuerpos se inclinaban hacia la pantalla al mismo tiempo.
Era ridículo lo bien que funcionaban juntos.
Y eso la asustaba más que cualquier anomalía estelar.
—Hannah —dijo Ethan de pronto.
Ella levantó la vista.
—¿Qué?
Él dudó.
Solo un segundo.
Pero suficiente para que ella lo notara.
—No quiero que tengas miedo —dijo él.
Hannah sintió un nudo en la garganta.
—No tengo miedo.
—Sí lo tienes —respondió él, sin dureza—. Y está bien.
Ella apretó los labios.
—¿Y tú? —preguntó ella, casi sin voz—. ¿Tú no tienes miedo?
Ethan sostuvo su mirada.
—Tengo miedo de muchas cosas.
Hannah tragó saliva.
—¿De la estrella?
—No —susurró él—. De lo que pueda significar.
De lo que pueda cambiar.
De lo que pueda destruir.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Y de mí? —preguntó, antes de poder detenerse.
Ethan iinhaló bruscamente.
Sus ojos verdes se clavaron en los de ella.
—Sí —respondió él, sin dudar—. De ti también.
Hannah sintió que el aire se volvía más pesado.
Demasiado íntimo.
Demasiado peligroso.
—Ethan… —susurró ella.
Pero antes de que pudiera decir algo más, la pantalla principal se iluminó con un mensaje nuevo.
Conexión entrante — NASA, ESA, JAXA, ALMA, Mauna Kea.
Reunión comenzará en 10 minutos.
Hannah sintió el corazón detenerse.
Ethan también.
—Es ahora —dijo él.
Hannah respiró hondo.
—Sí.
Ethan se acercó un paso.
Ella no retrocedió.
—Hannah —dijo él, con la voz baja—. Pase lo que pase ahí… estamos juntos en esto.
Ella lo miró.
Y por primera vez, no vio a su rival.
Vio a su aliado.
A su igual.
A alguien que podía romperla…
y sostenerla.
—Lo sé —susurró ella.
Ethan asintió.
—Vamos.
Hannah tomó aire.
Se enderezó.
Y caminó hacia la consola para iniciar la reunión.
El mundo entero estaba a punto de escuchar lo que ellos habían visto.
Y nada volvería a ser igual.
El contador en la pantalla marcaba nueve minutos para la reunión.
Nueve minutos.
Nueve minutos para que el mundo entero escuchara lo que ellos habían visto.
Nueve minutos para que su vida cambiara.
Hannah sintió un temblor en las manos.
No era miedo.
Era la sensación de estar al borde de algo inmenso, como si estuviera parada en el filo de un precipicio mirando un horizonte que nadie había visto antes.
Ethan se movía a su lado con una calma que la irritaba y la tranquilizaba al mismo tiempo.
Era como si él estuviera hecho para momentos así: presión, incertidumbre, peligro.
Ella no.
Ella siempre había sido la que se preparaba, la que estudiaba, la que necesitaba control.