Lo que despierta en mí
POV: Hannah Clifford
El silencio después de la posibilidad real de no estar solo nunca más no cayó sobre Ethan.
Cayó sobre ella.
Como si la presencia hubiera girado su atención —no con violencia, no con brusquedad— sino con una suavidad que resultaba aún más inquietante.
Una suavidad que decía:
Ahora tú.
Hannah.
Es tu turno.
La figura pulsó.
Un destello lento, profundo, casi… cálido.
Hannah sintió un tirón en el pecho.
No el mismo que antes.
Este era distinto.
Más fino.
Más preciso.
Como si la presencia hubiera encontrado un punto exacto dentro de ella y lo hubiera tocado con un dedo invisible.
Ethan la miró, preocupado.
—Hannah…
¿Estás sintiendo algo?
Ella no respondió de inmediato.
Porque sí, estaba sintiendo algo.
Algo que no sabía nombrar.
Algo que no sabía si quería nombrar.
La figura pulsó otra vez.
Un tono más íntimo.
Sí.
Eso.
No huyas.
Hannah tragó saliva.
—Ethan… —susurró—.
Creo que… ahora es conmigo.
Él dio un paso hacia ella, instintivo, protector.
—Estoy aquí.
La presencia no se opuso.
No se tensó.
No pulsó con advertencia.
Al contrario.
La figura emitió un destello suave, casi aprobatorio.
Sí.
Juntos.
Pero ahora ella.
Hannah sintió que el tirón en su pecho se expandía hacia la garganta, hacia la base del cráneo, hacia un lugar dentro de ella que siempre había mantenido cerrado.
No por miedo.
Por costumbre.
Por supervivencia.
Ethan la observaba con una mezcla de preocupación y reverencia, como si estuviera viendo algo que no debía tocar, pero que tampoco podía ignorar.
—Hannah… —dijo él, con la voz baja—.
¿Qué estás sintiendo?
Ella cerró los ojos.
Y entonces lo entendió.
No era miedo.
No era vergüenza.
No era dolor.
Era resistencia.
Una resistencia tan antigua que ya formaba parte de su identidad.
Una resistencia que había construido para no depender, para no necesitar, para no romperse.
La figura pulsó.
Un destello más profundo.
Sí.
Eso.
Esa eres tú.
Esa es tu barrera.
Hannah sintió un escalofrío.
—Ethan…
—Su voz tembló—.
Creo que…
Creo que llevo años…
—Buscó aire—.
Años evitando sentir demasiado.
Él frunció el ceño, suave, sin juicio.
—¿Por qué?
Ella abrió los ojos.
Y la respuesta salió antes de que pudiera detenerla.
—Porque cuando siento demasiado…
—Su voz se quebró—.
Pierdo el control.
Y cuando pierdo el control…
—Tragó saliva—.
Me rompo.
La figura reaccionó.
Un pulso más fuerte.
Sí.
Ese es tu núcleo.
Ese es tu miedo.
Ethan dio un paso más cerca.
No para presionarla.
Para sostenerla.
—Hannah…
No tienes que romperte aquí.
Ella negó lentamente.
—No es eso.
Es que…
—Su respiración tembló—.
Tengo miedo de que si dejo que alguien entre…
—Lo miró directamente—.
Si te dejo entrar…
No pueda volver a cerrarme.
La figura pulsó.
Un destello suave.
Correcto.
Ese es el riesgo.
Ese es el paso.
Ethan sintió el golpe de esas palabras.
Pero no retrocedió.
—Hannah… —susurró—.
No quiero que te cierres.
No quiero que vuelvas a estar sola por dentro.
No quiero que tengas que protegerte de mí.
Ella sintió un nudo en la garganta.
No por miedo.
Por reconocimiento.
Porque él había dicho exactamente lo que ella nunca se había permitido admitir:
Que su mayor miedo no era sentir.
Era ser vista.
La figura pulsó una última vez.
El tono se volvió claro.
Definido.
Inconfundible.
Ahora sí.
Hannah.
Abre.
Un poco.
Solo un poco.
Hannah inhaló bruscamente.
Ethan también.
Y el capítulo se acercó a su cierre con una verdad que la atravesó por completo:
La presencia no quería romperla.
Quería que dejara de romperse sola.
Y lo que estaba a punto de enfrentar…
no era la presencia.
Era la parte de sí misma que siempre había temido mostrar.
El tirón en su pecho no se detuvo.
Se volvió más fino, más preciso, como si la presencia hubiera encontrado un hilo interno —uno que ella llevaba años tensando sin darse cuenta— y ahora lo estuviera aflojando con una delicadeza insoportable.
La figura pulsó.
Un destello lento, profundo.
Hannah.
Aún no.
Aún falta.
Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No era miedo.
Era anticipación.
Como si algo dentro de ella estuviera a punto de moverse por primera vez en mucho tiempo.
Ethan seguía frente a ella, respirando con ella, sosteniéndola sin invadirla.
Su presencia era un ancla.
Un punto fijo en medio de algo que se estaba abriendo dentro de ella con una suavidad casi dolorosa.
—Hannah… —susurró él—.
No tienes que hacerlo sola.
Ella lo miró.
Y por un instante, sintió que la presencia no era la única que la estaba viendo.
Ethan también la veía.
No la versión fuerte.
No la versión controlada.
No la versión que nunca se quiebra.
La veía a ella.
La figura pulsó otra vez.
Un tono más íntimo.
Sí.
Así.
Déjate ver.
Hannah tragó saliva.
La resistencia dentro de ella —esa barrera que había construido con tanto cuidado— vibró como si estuviera a punto de ceder.
—Ethan… —dijo ella, con la voz baja—.
Hay algo que…
—Buscó aire—.
Algo que nunca he dicho.
Ni siquiera a mí misma.